Nunca se me dieron bien las multitudes, tampoco los grupos de WhatsApp , ni las cenas de más de cuatro. Tiendo a centrarme en una o dos personas y a menudo, alguien se siente ofendido por mi falta de atención. Por eso no me sorprendió cuando Amaya se fue. La noticia corrió como humo por las escaleras y huecos del vecindario. Antes de que su marido pudiese recuperarse del shock, el resto ya habían empezado a cuchichear en los rellanos y fabular historias improbables en el portal. La policía descartó su desaparición. Amaya se fue con una carta de despedida, o para ser más exactos, con una nota, sin ninguna explicación de los motivos, ni a dónde iría. Sencillamente se fue con la promesa de volver. ¿Cuándo? Eso era un interrogante que se atragantaba en la garganta de Vicente cada vez que intentaba hablar del asunto. —Es como si se la hubiese tragado la tierra— me confesó angustiado el día que nos encontramos en el ascensor—. —Amaya perdió a sus padres hace años y no se habla con sus hermanos. Tampoco tiene amigas, salvo tú. Pero… Tú no sabes nada, porque si así fuese, me lo contarías, ¿verdad?
Yo asentí avergonzada. ¿Se lo habría confesado? En su momento recibí la noticia encogiéndome de hombros. Bajo mi punto de vista había tardado demasiado en largarse. ¿Quién soportaría cuidar de cinco hijos durante media vida? ¿Quién, salvo Amaya, tendría la paciencia de soportar a un grupo de más de cinco cada día? Era su familia. Fue ella fue quien escogió esa vida. Sentenció Manuela, la vecina del sexto. Pero yo seguía dándole vueltas a lo azaroso del destino. La famosa vida que creemos escoger. ¿Realmente Amaya la había elegido? ¿Cómo podía hacerlo? No sabía cómo sería su marido veinte después, ni si sus hijos beberían dos litros de leche al día o serían buenos estudiantes. Por no saber, ni siquiera sabía si serían guapos, altos, bajos, enfermizos, cariñosos o despistados. Así que Amaya se encontró con una prole de tres hijos y dos hijas, sin un ápice de gracia, indolentes, quejicas, glotones y poco atentos. Nada de eso era probable, porque Amaya era la mujer más dulce que había conocido desde mi llegada al edificio. Comía como un pajarillo y al caminar parecía rozar el suelo, como si volase a un palmo de distancia. Amaya fue la única en recibirme cuando llegué desde mi pequeña ciudad, con un bizcocho de bienvenida. Vicente, su marido, me arregló la televisión, algún enchufe y quiso presentarme al padrino de uno de sus hijos, según él buen partido para una chica soltera como yo. Me libré a duras penas de los posibles penaltis. Pero siempre le agradeceré el gesto. Uno cariñoso, por supuesto. Hasta pasé pena por él cuando Amaya le abandonó. También por mí, porque echaba de menos su sonrisa de buenos días y la llamada una vez por semana para ver si estaba bien o quería un poco de lasaña del día anterior. Nunca fui ni seré así. Las discusiones de sus hijos arañaban el techo de mi habitación a diario y yo aspiraba a que acabasen por irse lejos, como hacen casi todos los hijos al alcanzar la mayoría edad. Amaya hacía lo que podía. Había dejado de trabajar porque a Vicente le iba bien como abogado. Entre eso y la herencia de sus padres, habían conseguido llevar una vida aceptable. Amaya asistía a escondidas a clases de teatro una vez por semana. Yo era su excusa. Todos los jueves teníamos una cita en el gimnasio, pero no era así. Lo confieso, me sentía muy feliz por encubrirla. —¿Por qué no se lo cuentas a Vicente, mujer?—. Amaya guardaba silencio. Después, resumía su respuesta con un: Es mejor así.
Los días se convirtieron en semanas y los meses en días, pero Amaya no regresaba. Vicente empezó a ponerse en lo peor. Lo peor significaba la ausencia definitiva. Las hojas de los árboles se hicieron con las calles y poco a poco borraron los rastros del cruel verano. Siempre me gustó pasear en otoño, ensimismarme en el campo, con la vaga esperanza de tropezarme con alguna idea fantástica o, sencillamente, con la posibilidad de vivir otra vida. Quizá fue eso lo que buscaba Amaya, una vida distinta a aquella con la que se tropezó mientras jugaba a la gallinita ciega, dando palos al aire, hasta darse de bruces con la mujer de ahora, transformada, distinta. Pensé en esa ligereza tan necesaria y difícil de afrontar cuando la volví a ver. Tardé en reconocerla, su pelo parecía de otro color, su ropa, sacada de una tienda de segunda mano y esa mirada, tan alejada de este mundo, y, sin embargo, cargada de tantas certezas. Tal fue fuese un error, me dije. Pero había algo inconfundible en Amaya: su sonrisa. Esa permanecía intacta. No era para mí. Leía sentada en un banco, en la Cittá Alta de Bérgamo durante mis vacaciones. Ella caminaba con un grupo de personas sacadas de un cuadro de Lautrec, parecían ilustres vagabundos, tal vez artistas o ambas cosas a la vez. Hablaban en italiano, reían y parecían ensimismados en una irrealidad tan suya como ajena. Fue entonces cuando caí en la cuenta: eran más de cinco.
Texto y foto: Patricia Bernardo