El último regalo

Por Karina Miñano Peña

No puede dormir. No quiere dormir. ¿Para qué?, no tiene sentido, piensa. Faltan apenas doce horas y estas caminan sin prisa. Él ya no siente el dolor de la tortura. Aliviado, mira por la ventana a la luna majestuosa vestida con su mejor brillo allá en lo alto. Se vuelve hacia el reloj, las agujas están en el mismo lugar. Nada se ha movido en esta noche muda, donde ni siquiera el silencio quiere interferir.

No se arrepiente, sabe que siempre puede dar marcha atrás, incluso en el instante final. Tal vez son las últimas dudas. Repasa en su memoria, todo está en orden. Si pudiera se levantaría de esa cama y se echaría a correr. Sí, correr es lo que más desea. Se lamenta de haberle pedido a su hija que cerrara la ventana pues de pronto quiere llenarse de la fresca brisa. Inhala el aire apelmazado de su habitación, cierra los párpados, agranda sus fosas nasales, hace un esfuerzo por retenerlo como si fuera la esperanza enana que se tropieza con la vida, pero su cuerpo es frágil y rendido lo deja escapar a porrazos. Otea de nuevo la hora para notar que han pasado diez minutos, nada más. Los momentos finales siempre son largos. En el cielo varias estrellas rodean la luna y vibran vigorosas. Entonces, le vienen unas ganas irresistibles de escribir. Es una urgencia nueva, un repentino anhelo que se hace intenso bajo la luz que atraviesa la ventana. Coge su pinza, larga extensión de sus manos que ya no tendrá que usar. Con poca dificultad logra abrir la primera gaveta de su cómoda y saca un cuaderno, muerto, vacío de significado. Nunca tuvo el aliento para plasmar algo sobre él. Hoy es diferente. Toma el bolígrafo de su mesilla. Juguetea con él entre los dedos. Tenía tanto que decir hace un minuto. La hoja en blanco lo intimida. No sabe cómo comenzar. Ruega por inspiración, solo quiere la primera palabra.

Miedo. ¿Tengo acaso miedo? Estoy seguro, muy seguro, pero… ¿Cómo será? Hace un año cuando la idea vino a mi cabeza me aterré. Luché hasta que me di cuenta de que era una guerra sin posibilidades, una pérdida de energía, esmero tirado a la basura. Estos seis meses han sido los mejores de mi vida. Jamás me había sentido tan amado. Estoy muy contento. He visto a todos los que fueron importantes en mi vida. Incluso a mi primera novia. Qué encuentro tan bonito. También estoy feliz porque mi decisión ha causado admiración y respeto incluso entre aquellos que no están de acuerdo conmigo. Y, aun así, siento algo que es muy parecido al miedo”.

Hace una pausa para acomodar la almohada. El esfuerzo lo abruma. Descansa, respira y confirma que no hay dolor. Quiere continuar con lo que parece ser una carta a sí mismo.

“Sé que no hay nada después, al menos eso creo. Y, sin embargo, ahora que estoy tan cerca las dudas me asaltan. ¿Cómo será?, ¿cómo puedo estar tan seguro de que después no hay nada?, ¿dolerá? Hasta ayer las preguntas de rigor y la seguridad en mis respuestas, en mi voz. Sí, sí, sí estoy seguro. No quiero dar marcha atrás. No es vida vivir así, con este padecimiento que me quema, muerde mi piel y mis intestinos y que me hace suplicar por el fin. Qué cruel es el deseo ajeno de intentar convencerme de que debo pelear hasta el final y dejarlo todo a un milagro, sin considerar mi sufrimiento. Lo peor pasó, ya todo se dijo, ya todo está arreglado… ¿Dormirá mi hija o estará despierta contando las horas como lo estoy yo? No me arrepiento de esta decisión, difícil al principio y fácil ante el desgarro y el ahogo. No, no quiero recordar ese infame dolor. Estoy en paz”.

El cansancio le llegó de golpe luego de releer la nota. Cerró el cuaderno y lo guardó en el cajón de su mesita. Falta mucho, se dice sin ánimo. Qué ansias de correr tiene, de sentir el fresco de la madrugada en el rostro, en los brazos, en la piel. La luna ha seguido su camino, debe estar muy arriba, no se la ve más por la ventana. Tan solo están los luceros, todavía envueltos en su danza alegre. Ojalá su hija bajara a abrir la ventana, ojalá el tiempo pasara rápido, ojalá cayera dormido. Falta poco a pesar de la lentitud de los minutos. No volverá a ver la noche, han pasado tantas por su vida y es la primera vez que la contempla de verdad. Hermosa, callada, solemne. Qué tonto he sido, murmulla. Hasta ese mismo momento no se había dado cuenta de la oscuridad, ni de las estrellas, ni de la luna. Y entonces comprende que es un regalo de los astros confabulados. Sonríe. Sí, estoy listo, dice en voz alta mientras cae adormecido.


©2021 Karina Miñano

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2 respuestas

  1. Bella Karina,
    Al igual de los relatos anteriores te dire que hè viajado a las Filipinas para introducirme en la belleza del lenguage, paisaje y los vaivenes emocionales.
    En este relato de realidad y ficción donde rompes las horas, el reloj, los sueños.
    El personaje piensa intensamente.
    Desea encontrarse en si mismo, su boligrafo, su cuaderno, sus notas de alivio y desesperación de vivir asi.
    Sus fuerte emociones que es producto de su enemigo; el miedo, la soledad .
    De hacer de su vida algo creible.
    Su hija.
    Su actitud de la vida para conextarse de sensaciones, del momento de su encuentro su realidad. Un regalo que se lo dio el mismo, reflexcionando. Una sonrisa.
    Aprendo mucho de tus relatos. Gracias. Un abrazo de distancia.
    Todo es grave en el

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