Aquella primavera se había instalado en la ciudad de Cuernavaca con una comodidad que no sorprendía a los habitantes.
A la hora del almuerzo, por la ventana que daba al jardín, Guadalupe contempló el festín de colores esparcidos por todo el pasto. Eran los pétalos de la flor de mayo los que tapizaban gran parte del césped. Formaban una alfombra natural. Algunos descansaban sobre las briznas de hierba; otros brillaban en la superficie de la pileta. Había mañanas en las que la quietud premiaba al observador y algún colibrí parecía suspender el tiempo mientras sorbía el néctar de una flor. Momentos que no pasaban desapercibidos para Pita Amor, nombre con el que Guadalupe había ya publicado varios poemarios.
En casa de Carito, su hermana mayor, encontraba la paz que tanto necesitaba. Se preguntaba si aquel colibrí que sorbía el néctar de las flores blancas del manzano y las amarillas del tusílago tendría tiempo para relajarse. El pájaro actuaba como un alma sin descanso, batiendo sus alas a una velocidad extraordinaria. Era ágil y fuerte a la vez, cualidades que ella admiraba y deseaba. Necesitaba volver a sus cuadernos. Maniobrar las palabras para construir versos como un ave en vuelo.
Disfrutaba del café muy caliente con piloncillo y canela, pero la taza se le había enfriado en las manos, tan distraída estaba con el espectáculo primaveral.
«Reloj, no marques la hora, porque voy a enloquecer…» Sonaban Los Tres Caballeros desde algún recuerdo de su memoria. Esta era una de las canciones favoritas que había quedado prendida como escapulario al cuerpo. Le salía de dentro a modo de oración. «Reloj, detén tu camino, porque mi vida se apaga…»
«Es la estrella que alumbra mi ser. Yo sin su amor no soy nada.» Aquella balada la acercaba al niño que se había ido, en un más allá sin tiempo.
La pileta de Carito había devorado la vida de Manuel, su único hijo, con apenas un año y medio de edad. La ausencia del niño había dejado también sus cuadernos en silencio.
Mediada la canción, notó el pecho sin aire.
—No me encuentro muy bien —le dijo a su hermana.
Era un poco más de lo que acostumbraba a decir. Tenía la boca seca y la mente dispersa. La angustia conocida le oprimía el pecho y un enjambre de palabras le bullía en la cabeza como zumbido hiriente.
«No, no es después de la muerte, cuando eres, Dios, necesario; es en el infierno diario, cuando es milagro tenerte…»
En la casona había fiesta. Todos los años en esta fecha, su hermana invitaba a las amigas a celebrar el diez de mayo, Día de la Madre en México. Una ironía cruel, pensaba Guadalupe. Las invitadas venían dispuestas a darle a su admirada poeta la fiesta de su vida, para hacerla olvidar, aunque fuera solo por un día.
—Te están esperando. Solo quieren saludarte. Por cierto, Concha Armenia me ha insistido mucho en que te quiere dar un abrazo —murmuró Carito.
Guadalupe dejó la taza sobre la mesa. El café había formado un cerco oscuro junto al borde.
—Ya sé lo que quieren.
Desde el comedor llegó una carcajada, seguida del tintineo de una cucharita. Alguien preguntó por ella. Otra voz respondió que había que animarla. Concha entró en la habitación y se acercó con los brazos abiertos.
—¡Pita! Tanto tiempo sin verte, guapa —sonó la voz costeña de su vieja amiga canaria.
—¡A mí nadie me toca! —gritó Guadalupe.
Los brazos quedaron suspendidos un instante. Después Concha los bajó.
—No les pidas que me hagan olvidar —añadió, mirando a Carito.
—No se los he pedido —respondió su hermana.
—Diles que el corazón de Pita Amor palpita con la sangre de Manuelito.
Concha Armenia permaneció a su lado. No intentó ofrecerle nada, ni llevarla al comedor.
Guadalupe volvió los ojos hacia la ventana, en un intento por localizar al colibrí. Lo buscó entre las ramas y sintió una irritación absurda por su partida.
—Tráeme el cuaderno.
Guadalupe oyó hablar a su amiga en voz baja; luego todo pareció quedarse en silencio. Cuando regresó, dejó el cuaderno y la pluma junto a la taza del café.
—¿Quieres que me vaya?
—Puedes quedarte.
Guadalupe abrió el cuaderno. Durante un rato sostuvo la pluma sin escribir.
Al fin, Pita Amor escribió el nombre de su hijo.
Esta vez no quiso cerrar el cuaderno. Los Tres Caballeros volvieron a sonar.
«Detén el tiempo en tus manos, haz esta noche perpetua. Para que nunca se vaya de mí. Para que nunca amanezca…»
Texto y foto: Mayte Calderón Grobet