Tus ojos oscuros como el olvido

Se me había soltado la cadena de la bici bajando la cuesta del colegio. De repente, «clac», los pedales sueltos, girando sin control. Perdí el equilibrio y me caí sobre el barro, manchándome la falda y los calcetines. Javi primero se rio, pero luego me ayudó a levantarla y a empujarla. Vamos a casa del viejo, dijo, él tiene de todo, seguro que tiene una cadena.

El viejo vivía al final del pueblo. Lo recogía todo, lo coleccionaba todo. Muchos vecinos iban a su casa antes que a la tienda. Los niños íbamos a veces a curiosear y a reírnos de él. Pero nunca pasábamos más allá de la cancilla. Nos daba miedo. 

Dejamos la bici apoyada en la valla y nos acercamos a la casa. La hierba estaba seca, el suelo pisoteado y lleno de hoyos. A la derecha se apilaban ruedas formando columnas. Ruedas de coche, ruedas de moto, ruedas de bicicleta. Una rueda de tractor se apoyaba sobre las demás como una entrada a otro mundo. Tapacubos cromados y brillantes, tapacubos negros, tapacubos oxidados, tapacubos sucios de tierra y cagadas de pájaros. En la parte cubierta bajo un techo de uralita un carrito de supermercado lleno de herramientas: martillos, destornilladores, llaves inglesas, sierras, guantes amarillos con los dedos aplastados y doblados, guantes con los dedos rotos como para manos mancas, alicates, cajas llenas de tornillos, de tuercas, de clavos…

De la parte de atrás de la casa llegaban ruidos, golpes, un repiqueteo por encima de una música de tango. Javi me susurró que llamase al viejo, que le preguntase por la cadena de la bici. Pero a mí me daba miedo, su mirada torva, su barba amarillenta, su abrigo roído, su acento argentino de voz cascada. Pero también me daba miedo caminar en medio de toda aquella chatarra, en medio de los peluches destripados, de las muñecas lisiadas o descabezadas, de sus miembros de plástico: brazos, piernas, cabezas separadas de sus torsos desnudos. Miedo de encontrar un animal muerto o la tumba de su mujer. En el colegio se rumoreaba que la había matado y enterrado en el jardín. En el incendio del que todavía se podían ver las manchas negras en la fachada y la ventana del ático ciega, sin cristales. 

Javi volvió a insistir. Llama al viejo, venga. Entonces me di cuenta de que no sabía el nombre del viejo. Siempre lo llamábamos el viejo loco, o el Argentino. Tomé aire y apreté los puños. Tenía la garganta seca. Señor… Dije con una voz tan pequeña como una mota de polvo. Javi me dio un codazo. ¡Señor! El repiqueteo se detuvo, el tango sonaba ahora inteligible, tus ojos oscuros como el olvido, cantaba un hombre con acento como el del viejo. 

Apareció detrás de una montaña de botellas de plástico de todas las formas y colores, con una barra de hierro en la mano. Lo olí antes de verlo, el tufo del cigarro corto y grueso que apretaba con los dientes. ¿Qué queréis? Su voz resonó como si estuviera enterrada en algún lugar de su chaqueta de lana. Javi echó a correr, me salpicó de barro de un charco y desapareció detrás de la verja. Yo también quise correr, pero en lugar de eso me quedé paralizada, mirando al viejo, a la brasa ardiente del cigarro. A las briznas de ceniza que caían y se posaban sobre su chaqueta.

Apunté a mi bicicleta. La cadena, dije, está rota. Ven. Lo seguí hasta el garaje. Una enorme mesa de madera ocupaba el centro. En ella una radio abierta enseñaba sus tripas como un animal atropellado. En torno a ella había piezas de diferentes tamaños. En el tocadiscos el vinilo giraba, la voz del cantante se oía ahora clara, veinte años no es nada. 

Revolvió en un armario apoyado contra la pared. Cuadros antiguos abarrotaban las paredes ocultando las manchas de humedad. Paisajes de cazadores con perros, de mujeres lavando en el río, frutas en jarrones, barcos que se perdían en el horizonte de un mar gris. Sobre una cómoda una muñeca tuerta observaba la estancia. Llevaba un vestido rosa con un cuello blanco sucio y tenía el pelo alborotado y despeinado, como si acabase de levantarse de la cama. Su único ojo tenía unas pestañas larguísimas. 

Vamos, dijo el viejo con algo en la mano. Me llevó hasta la bicicleta. La levantó y le dio la vuelta como si no pesase nada. Le quitó la cadena. Los dientes están dados de sí, ¿ves? Reparé entonces en sus manos. Estaban manchadas de grasa negra. Pero lo que me impresionó fue su piel. Era fina y arrugada como un papel mojado, en algunas zonas como mordida, solo pergamino sobre los huesos. Me acordé de la historia del incendio y sentí una punzada en la tripa. Colocó la nueva cadena y giró los pedales. Satisfecho, volvió a darle la vuelta y la apoyó contra la cancilla. Se me quedó mirando, los dientes amarillos mordiendo el cigarro como si fuera un dedo muerto. El humo flotando en el aire entre él y yo. 

Gracias, dije. Iba a darme la vuelta para irme cuando el viejo tronó. ¿No vas a pagarme? Se me paró el corazón. Di un paso atrás, pisé algo húmedo y blando. No tengo dinero… Tenés una deuda, pues. Fue su respuesta. Se dio la vuelta y se volvió en dirección al tango, tu ausencia duele más que el adiós. 

Tardé mucho en contárselo a mi madre. A ella no le gustaba que hablase con desconocidos ni que me alejase de la casa. Pero la deuda me atormentaba. Por las noches soñaba que el viejo me perseguía, con su puro encendido y su olor a humo. Tenés una deuda… Me despertaba sudorosa y asustada. La bicicleta era un recuerdo permanente. Javi me decía que lo olvidase, que todo aquello que el viejo tenía era basura de los otros, que no le pertenecía, que no tenía derecho a cobrar por ello.  

Mi madre me escuchó con atención, la visita al viejo, las pesadillas. Cuando terminé mi relato sonrió. Estoy de acuerdo con Armando, dijo. ¡Armando! Así que así se llamaba el viejo. Tienes una deuda. Lo correcto es que la saldes. Pero yo no tengo dinero… No necesitas dinero. Armando trabaja con el trueque. ¿Sabes lo que es el trueque? Consiste en intercambiar cosas. Lo que una persona necesita a cambio de lo que le falta a la otra. Piensa en ello, qué tienes que podría serle útil a Armando. Aquello me hizo reflexionar mucho. Repasé mis pertenencias. Mi ropa, mis libros del colegio, mis libros de lectura, mis cuadernos de notas, mis cuadernos de dibujo, mis lápices y pinturas, mis juegos de mesa, la raqueta de tenis, la comba, las muñecas. La más nueva, Alicia, la que me habían regalado por mi primera comunión, con su traje blanco inmaculado, su volante al cuello, su pelo rubio y liso. 

No me atreví a dársela en persona. En lugar de eso la dejé apoyada contra la cancilla, envuelta y protegida dentro de una bolsa de plástico. A Armando no lo vi, pero lo oí trastear en el garaje acompañado de uno de sus tangos, cada giro es un viaje al pasado. Al día siguiente la bolsa ya no estaba. Imaginé a Alicia en el lugar de la muñeca tuerta, sus dos ojos verdes abiertos observándolo trabajar. El cigarro encendido entre sus dientes, el humo formando remolinos a su alrededor.

Las pesadillas cesaron, pero echaba de menos a Alicia. O más bien me intrigaba saberla testigo mudo. Una tarde me acerqué a la casa del viejo después del colegio. Esta vez no me paré en la valla, sino que caminé muy despacio, hacia el tango, un paso al frente, un latido atrás. Con pasos inseguros y silenciosos llegué hasta el garaje. Otra vez lo olí antes de verlo. Reparaba un motor, manipulaba sus tripas de cables de colores. No levantó los ojos, solo dijo: Acércame las tenazas. 


Texto: Pilar Pérez

Foto: Creada con la IA


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