El niño se despertó sobresaltado y bañado en sudor. Había vuelto a soñar que el monstruo lo perseguía para comérselo. Se levantó y recogió al Sr. Perro, tirado junto a la cama. Abrazándolo recorrió el pasillo en penumbra hasta la habitación de sus padres. Sentía el suelo helado a través de sus pies desnudos. La puerta estaba entornada, como siempre, porque su padre quería oírlo si lo llamaba por la noche. La empujó despacio, entró y se aproximó a la cama.
La mujer dormía en el lado de su madre. Verla le hizo doler el estómago. Su padre le había dicho que le diera tiempo, que Luisa era muy buena y lo quería mucho. Que pronto serían buenos amigos, y que nunca, nunca olvidarían a mamá. El niño la miró, su cabeza sobre la almohada. En lugar de los rizos negros de su madre, que olían a flores y se estiraban y se encogían y flotaban sobre la almohada, Luisa tenía el pelo liso y descolorido, que se pegaba a su piel blanca. El niño apretó más fuerte al Sr. Perro, miró a su padre al otro lado de la cama, destapado, roncando como un ogro, y volvió a su cuarto. Vio la mancha en la sábana y suspiró. Se acostó sobre aquella humedad y aroma familiar y volvió a taparse con la manta.
Durante el día jugaba en el jardín. Su juego favorito era montar el zoo. Cuando su madre aún estaba lo hacían juntos. Sacaban a los grillos de sus agujeros molestándolos con pajitas que giraban entre los dedos índice y pulgar, y competían cazando saltamontes. Y siempre, siempre ganaba la madre. El niño admiraba la rapidez con la que esta era capaz de atrapar los insectos en su puño, justo cuando se disponían a saltar. A él casi siempre se le escapaban y a veces los apretaba tan fuerte que los convertía en un amasijo pardusco y pegajoso de patas todavía temblorosas.
El padre se ocupaba de cosas de mayores y no tenía tiempo para jugar con él. Sobre todo, los días que Luisa venía a casa. De vez en cuando ella le preguntaba, ¿quieres que juguemos juntos?, pero un día él le llevó una araña redonda de patas larguísimas y ella lanzó un chillido y se escondió detrás del padre.
El niño buscaba bichos e insectos y los metía en una caja de zapatos a la que había hecho pequeños agujeros en la tapa. Les daba de comer briznas de hierba u hojas de lechuga e intentaba distinguir los cantos de los grillos. Algunas mañanas se encontraba con que los animales se habían descontrolado durante la noche, que un lagarto se había comido los saltamontes o que la rana había saltado de la caja y croaba escondida bajo su cama.
Le gustaba estudiar a los habitantes del zoo. Había leído que a las lagartijas les crecía una cola nueva cuando se les cortaba, pero hasta el momento sus experimentos no habían dado resultado y la caja tenía ya varias colas que, después de moverse enloquecidas una vez separadas del cuerpo, se pudrían estáticas o servían de alimento a las hormigas, mientras sus anteriores dueños mostraban en su lugar un muñón verde pálido.
Al escorpión lo descubrió una tarde bajo una piedra y lo atrapó como vio hacer en su libro de naturaleza, en un bote de cristal. Inmediatamente se convirtió en el miembro más interesante del zoo. Admiraba su cuerpo articulado, negro con brillos azules, su cola que se arqueaba en posición de ataque cuando con un dedo daba toquecitos al cristal. Lo alimentaba con grillos y gusanos que introducía con mucho cuidado a través de una abertura en la tapa. Luego lo observaba. El escorpión sujetaba las presas entre sus pinzas y les clavaba el aguijón antes de devorarlas. El día que atrapó la culebra pensó en celebrar una pelea entre los dos. Tal vez invitaría a algún niño de la escuela, pensó, pero cambió de idea.
Llevaba en la cama un rato que le pareció larguísimo, demasiado excitado para dormir. Oía a su padre y a Luisa charlando en el salón, comentando una película. Se preguntaba cuándo se irían a acostar. El sueño empezaba ya a vencerlo cuando oyó los gritos. Primero agudos y cortos, luego convertidos en lloros. El padre irrumpió en su cuarto y lo llevó a su dormitorio tirándole del brazo. Marcos, ¿por qué has hecho esto? Tenía los ojos rojos y la boca apretada, apuntaba a la cama abierta. Luisa, apoyada contra la pared del otro extremo del dormitorio, apretaba su camiseta con los nudillos blancos.
El niño miró a Luisa y luego al padre. Dijo que quería jugar conmigo, respondió, así que traje el zoo aquí.
Luisa soltó un hipido. En su lado de la cama la rana se escondía bajo un pliegue de la manta, mientras entre colas de lagartija, saltamontes y gusanos, el escorpión luchaba contra la culebra.
Texto: Pilar Pérez
Ilustración: Jan van Kessel – Dragon fly moths spider beetles with strawberries