La mano de Dios

Tenía diecisiete años cuando decidí dejar mi vida en manos de Dios. 

«Estaba escrito» era la conclusión de mi abuela a cualquier acontecimiento trágico en el pueblo. Por ejemplo: se ha muerto de meningitis el niño del panadero. «Estaba escrito». Las lluvias han desbordado el río e inundado la cosecha de los vecinos. «Estaba escrito». O, su favorita y que siempre me impresionaba con su contundencia: «Es la mano de Dios».

Según mi abuela, el mundo se regía por la mano de Dios, que hacía y deshacía a su antojo. Un día en que proclamó su consabida respuesta a un desastre que oímos en la radio, le pregunté: Abu, pero ¿la mano de Dios lo decide todo? Me respondió convencida: La mano de Dios gobierna el mundo. Algunas personas lo llaman la Providencia, otras el destino, pero es la misma cosa. Todo lo que pasa y lo que nos pasa está ya escrito, nada podemos hacer por cambiarlo. Todo está ya decidido por nuestro creador. No debemos lamentarnos ni rebelarnos, todo tiene una razón, aunque en el momento no la conozcamos. Es mejor aceptar el poder y la sabiduría de Dios nuestro Señor. 

Por aquella época yo estaba en el instituto y aquello me dio mucho en qué pensar. Era muy buena estudiante. Hincaba los codos y no me metía en líos. Sin embargo, vivía preocupada por el futuro, por los resultados de los exámenes, por qué carrera cursaría en la Universidad, por si llegaría a la nota de corte, si conseguiría un empleo… La vida ante mí me daba miedo, era un túnel profundo y oscuro. Me despertaba por las noches sudando y apretando los dientes, soñaba que me perseguían monstruos sin cara. Sufría palpitaciones y continuos dolores de cabeza que no se me calmaban con nada. Mi madre me envió unos días con sus padres. Creyó que el aire fresco del pueblo me ayudaría y no se equivocaba.

Después de aquella conversación con mi abuela decidí probar, dejar de obsesionarme y confiar todo a la mano de Dios. Mis notas bajaron un poco ahora que no vivía estresada por los estudios. Y es que, si todo estaba ya escrito, ¿por qué preocuparme? ¿para qué mortificarme? Entré en la universidad y estudié economía siguiendo el consejo de mi padre, que dijo que así podría trabajar en la empresa de su hermano. Empecé a salir con Pablo cuando este me lo pidió y nos casamos cuando yo ya tenía un puesto fijo con mi tío. Fue él quien lo propuso, claro. En realidad, dejé de tomar la iniciativa. Si todo estaba ya decidido, ¿por qué comportarme como si el futuro dependiera de mí? Mucho más fácil era abrir la puerta a lo que de todos modos habría de llegar. Tuvimos a Clara y luego al pequeño Pablo. La parejita, como siempre había querido Pablo el mayor. Todo el mundo me decía que tenía la vida perfecta y aquello a mí me sonaba a palabras vacías, a la foto de unos desconocidos en un marco recién comprado. 

La semana pasada mi madre me contó que mi abuela estaba enferma. Nada grave, probablemente una gripe, dijo. Vive sola en el pueblo desde la muerte de mi abuelo y me preocupé. Cogí el coche y fui a verla. La encontré sentada en el porche envuelta en su toquilla, mirando el horizonte. Allí, bajo el sol de primavera, con su sombrero de paja, me pareció muy pequeña. Como si hubiera encogido, como si se hubiese vuelto una niña, delgada y menuda, con la piel blanca como la nieve. Cuando me vio se levantó y me abrazó. Un abrazo fuerte y cálido de huesos de pajarillo. Tomamos un café y charlamos sentadas en el banco. Me preguntó cómo me iba con el trabajo, con los niños, con Pablo, cuáles eran mis planes para el futuro. Le respondí que todo iba bien, muy bien, aunque el adverbio me sonó como eco en una lata vacía. Y que no tenía planes a la vista. Por supuesto que no tenía, lo dejaba todo en manos de Dios, que en este caso se había materializado en la mano de Pablo. Después de un silencio me miró largamente con sus ojos oscuros y pequeños. Luego observó el horizonte por encima de los tejados, las nubes que cruzaban el cielo formando figuras. Me acordé de mis juegos de niña. Mira aquella nube, es un dragón, un cisne, un cocodrilo. Si pudiera volver atrás, dijo, haría las cosas de otra manera. La miré confundida. ¿Qué cosas, abu? Tantas cosas. No me habría casado tan joven. Ni tenido hijos tan pronto. Habría sido más aventurera y probado suerte en la ciudad. Habría buscado otra vida. Pero no me atreví. Tuve miedo de dejar a mis padres, mi pequeño mundo conocido. Me quedé aquí como una planta atrapada en su maceta, con las raíces creciendo y enredándose sobre sí mismas, chocando contra las paredes de terracota. 

No supe qué contestar. Miré al suelo, a las puntas de mis zapatos, que necesitaban urgentemente un cepillado.

De camino a casa no lograba concentrarme en la radio, así que la apagué. Pablo me llamó y me preguntó a qué hora llegaría. Miré el reloj del salpicadero y calculé que me quedaban 45 minutos. Estupendo, dijo, ¿qué te apetece para cenar? Miré el horizonte. Dos nubes blancas y espesas flotaban juntas unidas por un jirón que se deshilachaba. Una de ellas parecía una cara que me miraba con ojos vacíos. Decide tú. 

Me acercaba a la autopista. No conocía otro camino, temía perderme si continuaba por carreteras secundarias. Estaba a punto tomar el desvío cuando un conejo se cruzó en el camino. El frenazo me aceleró el pulso y me cortó la respiración. Por suerte no me seguía nadie. Con las manos pegadas al volante observé al animal, paralizado frente a mí. Sus ojos me miraron y sus orejas se movieron hacia los lados como antenas. Le hice señas desde el coche, animándolo a moverse. Giró a la derecha y dio tres saltos rápidos, su cola subiendo y bajando con cada uno de ellos. Luego se detuvo. Volvimos a mirarnos. Dio dos nuevos botes, esta vez a la izquierda, antes de volver a detenerse. Parecía completamente perdido. Vamos, vamos, me oí susurrar. Tú puedes, le decía con los ojos. El conejo entonces volvió a girar a la derecha, trotó de nuevo con saltos ágiles y graciosos, corrió hasta el borde de la carretera, dejó el asfalto, cruzó la cuneta, entró en el descampado y brincó y brincó hasta que desapareció entre la maleza. 


Texto: Pilar Pérez

Ilustración: La creación de Adán de Miguel Ángel


Escucha La mano de Dios en la voz de Pilar

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