Empoderada

Este año he decidido tomármelo con calma. Olvidar el estrés, reducir la jornada de trabajo de 14 horas a diez, y viajar un poco más. Sí, porque yo lo valgo, como dice el anuncio de L’Oreal. Y no es que me sienta como esas bellezas despampanantes de ojos bien cargados de rímel y toppers de colores, con labios pulcramente definidos en rojo borgoña, el pelo liso y brillante como la seda y un cuerpazo de los que retuerces la cabeza como un búho entre admiración y envidia. No me parezco a ellas ni de globo.

Más bien soy una chica resultona de metro setenta, con melena a la cintura color madera de roble, rizada y encrespada como si me hubiese tragado un estropajo, unos ojos que si consigo delinear bien el contorno son atrayentes gracias a su iris verde, y las pestañas kilométricas, un punto a favor del rímel, da la sensación de que te abanico cuando estamos a treinta grados en el metro. Sí, señora, esa soy yo, como canta la muchacha del Sueño de Morfeo. Así, hablando de corrido y sin anestesia. Igual por eso me dejó mi segundo marido. Bueno, no, Carlos me dijo que me dejaba por intensa. Sí, hombre, sí. ¿Qué se pensaba, que tenía una cápsula de Nespresso entre las manos? ¡Anda ya! Excusas a otra. ¿No será qué tenía un lío con la vecina del quinto? Le pilló in fraganti su jefe cuando se fue de vacaciones a Cádiz. La vio con ella y se suponía que Carlitos estaba de baja «malo malísimo» en la cama por la gripe. Ahí lo dejo.
El caso es que en enero comencé a ir a terapia con una psicóloga, Lola. He descubierto que a veces el teléfono engaña. Lola no tiene secretaria. No es que no pueda permitírsela. Prefiere llevar el negocio ella sola. El caso es que cuando concertamos la cita, su tono de voz tan bajito y suave, me hizo creer que era una muchacha tímida. Al conocerla en persona he descubierto que es una tía con los ovarios bien puestos. Aparte de su altura, uno setenta y cinco, y cuarenta años, viste, como quien dice, de Prada; es decir, se deja una pasta gansa en ropa de marca para ir elegante por la vida. Eso sí, nada discreta para mi gusto: que si rojos y blancos los pantalones de pata ancha, azul eléctrico la blusa de raso, una blazer color marfil, unos zapatos Manolo Blahnik, para ser exactos, unos Carolyne 70 Pink SATIN Slingback Pumps, que se los quitaba y me los metía al bolso, sin ningún miramiento, oiga, en cuanto ella se descalza para ponerse un té y encender una varita de incienso japonés con aroma a sándalo.

Sí, porque yo lo valgo, como dice el anuncio de L’Oreal.

Si te fijas en mi vestuario, y siendo dos años más joven que ella, podría pasar, así sin exagerar, por su madre. Lola no se sienta; se desliza en la silla con sus piernas estilizadas en plan porte regio elegante, toda mona, y su pelo moreno brillante bien peinado hacia atrás recogido en una coleta alta. Las cejas negras desafiando la gravedad y los labios rojos pasión. A ver, que como me dice ella, «Merche, chica, solo se vive una vez y hay que vivir la vida como te guste y te haga feliz, no como quieran los demás». Y a Merche, es decir, a mí, que me hace falta poco para que me animen a ir de compras, pues allá que voy con mi guisa de siempre, a comprar detallitos que antes ni hubiese reparado en ellos. Pero eso; detallitos. No hay que pasarse.
Yo le digo que sí, que tiene razón y me empodero que no veas. La palabra empoderar se las trae ¿verdad? Es así como me EM-PO-DE-RO, como que te tragas el mundo. Pero a mí la palabra me sabe a polvorón intentando decir Pamplona. En la consulta me sabe a lujo, a esos cafés que te dejan el gusto en el paladar y te relames de tal forma que parece que acabas de entrar en éxtasis. Pero cuando salgo de allí… ay cuando salgo… la palabra se me cae a los talones. Se resbala entre los pliegues de la lengua que se hace un bolo, y claro, Lola tiene razón, pero cuesta, uff, me supone todo un mundo.
El caso es que en la última consulta, el pasado jueves, Lola me dijo que probase a no llamar a mi ex por teléfono y así evitar enfrentamientos. Me recomendó enviar wasaps: cortos y concisos. Más moderno, actual y quizá menos temerario que mis llamadas telefónicas. Pero claro, olvidó decirme algo: «si bebes, no wasapees».


Texto y foto : Anabel Lora Mingote


Escucha Empoderada en la voz de Anabel

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