Etiqueta de vida

No voy a negarlo. Me gusta el mar. También la montaña. No entiendo la obligación de elegir entre uno u otro. Por qué, qué necesidad hay de añadir una etiqueta más. 

La vida es una constante etiqueta, y no es cosa de la sociedad o del sistema, sino de cada persona. Nos empeñamos en etiquetar cada elección que hacemos. En cuestión de fútbol, por ejemplo, hablando de los equipos más «importantes» de mi país, o eres del Barcelona o eres del Madrid. Afinando un poco la cuestión sería ¿te gusta el fútbol o el tenis? Y si ya queremos rizar el rizo y entrar en polémica culinaria ¿eres de tortilla de patata con o sin cebolla? Ahí ya se desata una guerra incomprensible que acaba etiquetando a unos de puritanos y a otros…, mejor dejarlo.


A cada respuesta vamos marcando a la persona encuestada y colocándola en su correspondiente casillero. Por cierto, ¿jazz o country? No, es broma.


Todo esto viene a colación de que me niego a escoger entre el mar o la montaña. Me gustan ambas opciones dependiendo de lo que necesite en cada momento. Y ahora, en este preciso instante, desde luego que sale ganando el mar. Y no, no voy a desvelar si me gusta más la tortilla de patata con o sin cebolla. Ni tan siquiera si me gusta o no la tortilla. Lo dejo a su imaginación.


Estoy divagando, lo sé, e incluso estoy perdiendo el hilo de mis propios pensamientos. El motivo es que no quiero despedirme de esta playa en concreto. He decidido romper mis propias reglas y etiquetar mis reflexiones. Y voy a ponerles, pese a todo, una de color verde esperanza, llamada amor.


Me casé hace sesenta y nueve años. Ahí es nada. Lo hice con un joven adorable, a veces refunfuñón, pero ¿quién no lo es? donde su gran corazón eclipsaba todo lo demás. Fuimos felices, con sus más y sus menos, como es habitual en una pareja. Hasta que, es triste decirlo, el destino le echó un pulso, y el juego terminó para mi gran amor. Han pasado cinco largos años con sus días, semanas y meses. Todos y cada uno de ellos vividos a través del sopor que se consigue gracias a unas buenas pastillas. Y todos ellos sin regresar a este lugar. Desde entonces, cada julio, mi corazón se ha ido oprimiendo un poco más hasta dejarme varada en la orilla como una barca vieja y anquilosada.


Recuerdo las cumbres nevadas de los Picos de Europa donde celebramos nuestra luna de miel con tan solo veinticinco años. Fueron siete días de completo frenesí. Solo puedo decir que no sé cómo no se derritieron las montañas y nos acusaron del actual cambio climático. Vivíamos y hacíamos la vida en el norte del país. La vuelta a casa fue acompañada de sendas neumonías así que decidimos que las próximas vacaciones serían en la playa.


Nada del cantábrico con su oleaje bravo y enérgico, que te envuelve en su marejada y te escupe al medio del mar sin ningún miramiento. De modo que cada verano, en julio, año tras año, íbamos al encuentro del mar ronco, del sabor suave a veces meloso de las olas mediterráneas.


He recorrido muchos kilómetros para acudir a una cita que era ineludible.


Hoy he regresado. He vuelto a este mar tras cinco años aferrada a un marco de fotos que prometía un paraíso juntos. He venido a reclamar esa promesa de amor infinito. Y como si él supiera que estoy aquí, que el mar cantábrico me daba vida a pesar de veranear en el mediterráneo, el día ha amanecido cabreado, con más nubes que claros, con la mar revuelta, y en la playa, la bandera roja ondeando al viento.


Desde mi nueva perspectiva, hace un día espléndido. No podrían haber lanzado mis cenizas en un lugar mejor.


Escucha Etiqueta de vida en la voz de Anabel

https://soundcloud.com/liberemos-las-palabras/etiqueta-de-vida-anabel-lora-mingote


Texto y foto: Anabel Lora Mingote


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