Por Elena Azcondo
Vivían de aquí para allá Sin nada definitivo. En una casa de cimientos que no tocaban el suelo, con armarios, con maletas.
Maletas sobre maletas y en su interior, más maletas. Estarían pocos días, habían concertado con tiempo, con un cariño especial, el encuentro. Eran viejos amigos. Conocerían su nueva casa. Había una foto en la habitación. Era un dormitorio austero una cama sin cabecero, una colcha y un cojín. No había ni perchero. Solo un armario empotrado. Ella alabó su utilidad. Aunque su vista, la dirigía hacia otro lado. Su amiga comentaba. –Es el único que tenemos, aquí nos tiene que caber todo–. Ella escuchaba y asentía. Mientras, su atención, tímida, pudorosa, un poco avergonzada quedó atrapada en la intimidad de la habitación. Una foto, no muy grande, sin un marco relevante. En blanco y negro, desnudos, sonrientes. Miraban pícaramente. Inmortalizaban un momento, que guardaba otro momento que fijaba una declaración frente al tiempo. Solos, sin color, desnudos. Ella: ¿Te fijaste en la foto? Le dice complacida, mientras descansa recostada sobre su cuerpo. Él: La de su dormitorio. Ella: Nosotros no tenemos. ¿No nos atrevemos? A mí me gusta. Él: A mí también. Colgaron una foto No muy grande, en blanco y negro. Miraban pícaramente. Desnudos, entre sábanas, sonrientes. Una foto en la pared. Y el tiempo dejó de contar. El tiempo no dijo nada. Cuando todo fue certero. Un solo armario. En él siguen las maletas; quien es viajero, es viajero. Ahora comparten espacio, maletas sobre recuerdos. Recuerdos que guardan maletas. Maletas que albergan recuerdos. Cuando fueron foto fija. El amor de toda la vida.
Texto y foto: Elena Azcondo