Es sábado. Y no uno cualquiera. Rosaura y yo debutamos ante un público exigente; casi dos mil quinientas personas, nada menos que en La Berliner Philharmonie, en Berlín-Tiergarten. Vamos, un sueño hecho realidad.
Rosaura no es la de siempre. La noto distante. Me ha agarrado sin ningún miramiento dejándose llevar por esa rabia, de la que a veces, no se puede evadir y, casualmente en esos instantes, soy yo quien está más a mano.
Salimos al escenario. Entiendo una reacción nerviosa ante un momento así, pero no es lo habitual en Rosaura. Antes de cada actuación siempre medita durante unos minutos y consigue relajarse.
¿Estará bien mi princesa?, me pregunto con pesar. Ella, la que me adora y anhela casi con lujuria para disfrutar la mayor parte de su tiempo conmigo; no la reconozco. Ella, la que me aprisiona entre sus manos y labios creando algo único y mágico que trasciende más allá de nosotros; se encuentra a años luz del escenario.
Hoy las sensaciones son diferentes.
Siento su tristeza atravesando cada poro y fibra de su piel mientras me acaricia, o al menos lo intenta, entre nerviosos movimientos. La mayoría de las veces lo hace con cariño, con suavidad, arrancándome gemidos en las notas más altas. La humedad de su boca suaviza mi caña y el aliento recorre todo mi cuerpo. Pero hoy, las yemas de sus dedos normalmente cálidas, se sienten frías y rígidas, golpeándome con fuerza, casi me atrevería a decir, con desagrado. Me apasiona cuando une sus labios con amor en mi boquilla. Hoy siento el sabor a la sangre que ha debido hacerse con la rabia con la que me presiona.
Mi reina, mi dueña, toca con una pasión desmedida que rasga el aire con notas fuertes y envolventes.
«La mayoría de las veces lo hace con cariño, con suavidad,
arrancándome gemidos en las notas más altas»
¿Cuál es su dolor, por qué no podré yo acariciarla de igual modo? El sonido en otras ocasiones limpio, sale ronco y aunque lo intento, me siento chirriante y molesto. Ella se enfada, mece su cuerpo hacia los lados, patea el suelo, y sobre las llaves caen gotas de rocío saladas. ¿Acaso está llorando?
Enmudezco. Se hace el silencio.
A pesar de mis sensaciones la ovación estalla en el Gran Salón.
Sufro y maldigo en mi fuero interno por ser un humilde saxofón. Por no ser capaz de librar mis propias batallas y luchar por ella.
Hoy no ha sido un buen día.
Texto: Anabel Lora Mingote
Foto: Marta y Peio Hermoso
Escucha Hoy no ha sido un buen día en la voz de Anabel
2 respuestas
Me sorprendió. Gracias por este relato.
Me alegro que te haya sorprendido. Muchas gracias por dedicarme un ratito, Mayte.