Renacer
Se despierta mareada y se queda acostada en la cama, evaluando qué tan grave es su resaca. Mira a su alrededor y espera a que su vista se acostumbre a la poca luz que entra por la ventana, a través de las cortinas polvorientas de terciopelo azul. Uno de los cuadros, el más amarillento de todos, le parece de una fealdad ofensiva. Quiere secarse entre las piernas, deshacerse de los vestigios de la noche de sexo alcoholizado que tuvieron. Decepcionada, nota que no tiene una toalla a mano. Tras dudarlo unos segundos, se limpia con el conejo de peluche de la hija de Johan. No siente vergüenza y eso la sorprende. Sin embargo cuando lo ve sucio, le parece que el conejo la mira y la juzga. Tiene varias llamadas perdidas de su hermano. Con la mano temblando por un mal presentimiento, presiona la tecla verde. Oye la voz familiar de su hermano diciéndole «Papá murió». Lo oye sollozar. «Creen que fue un infarto. Gladys lo encontró cuando vino a prepararle la cena y llamó a la policía. Le están haciendo una autopsia, es lo que hacen en estos casos». Le pregunta cuándo será el sepelio. «Apenas liberen el cuerpo. Así que si querés estar, tenés que venir mañana. Más no lo puedo postergar».
Llama a Johan para pedir ayuda, para desahogarse. No le contesta. Debe estar atendiendo pacientes. Piensa a quién más puede llamar. No se le ocurre nadie. Es como si su mente hubiera perdido la capacidad de razonar y de tomar decisiones. Cuando quiere buscar pasajes a Buenos Aires nota que las manos le empiezan a temblar y no recuerda las páginas web que venden vuelos. Suena el teléfono. Es Johan. «Mi papá murió anoche, no sé qué hacer. «. «No puedo ayudarte. Estoy atendiendo pacientes …». Ella le corta en medio de la frase. Siempre lo mismo. No recuerda la última vez que se sintió apoyada. Al principio le atrajo que fuera médico, que ayudara a tanta gente. Siendo oftalmólogo, a veces él bromea que es como Jesús porque hace ver a los ciegos. Los pacientes lo aman y le traen regalos. Ella solo siente enojo y ganas de gritarle. Trata de calmarse y toma una aspirina contra la resaca. Mientras espera que haga efecto, se acuesta boca arriba con las piernas y brazos extendidos, como un savasana, la posición final de la clase de yoga. Mira el techo amarillento y lleno de humedad. Se concentra en el sonido de su respiración. De vez en cuando un auto pasa por la calle. Y en medio de la oscuridad comienza a ver imágenes, como si sus recuerdos hubieran organizado una función de cine. Tiene seis años, se le cae un disco al piso, su papá le grita «tarada», ella llora. Más tarde le viene a pedir disculpas. Tiene siete años, es su cumpleaños. Al soplar las velitas pide tres deseos. Uno de ellos es que su papá sea inmortal. Tiene ocho años, le regala una radio casetera y el casete de Like a virgin de Madonna, su cantante favorita. Le llegan imágenes de él ya mayor, con los dientes apretados y la mirada fría, rugiendo que las mujeres son todas unas putas. Parece reprobar todo lo que ella decide, hace, piensa y hasta dice. Siente una mezcla de enojo, tristeza y resignación. Nunca más va a poder pedirle perdón por no haber creído en ella y no haberla apoyado en el camino que ella eligió.
Mira a su alrededor y se pregunta si lo que ve es lo que elige. ¿Qué vería su papá si en ese momento la mirara? ¿Una mujer talentosa, libre, aventurera, que escribe poemas brillantes que podrían ser descubiertos en cualquier momento? ¿O una cuarentona sin hijos, con aun menos ambición que talento, haciéndose pasar por artista? ¿Y qué pensaría de Johan?, a quien jamás conocerá. ¿Lo consideraría el hombre adecuado para su hija, un médico trabajador y responsable que lograría darle estabilidad y contención? ¿O lo vería como ella misma cada vez más lo ve, aunque le cueste admitirlo: un hombre obsesionado con su trabajo, emocionalmente ausente, traumatizado por la infidelidad de su exmujer? ¿Y su relación con su hija?, tan parecida a su mamá y todavía durmiendo en la cama con él y con su conejito. Abre la cortina, se sienta y vuelve a mirar bien. Solo hay cuadros amarillentos, fotos de perros fallecidos y otras fotos de él veinte años más joven, todavía con pelo y sin sobrepeso. Parece un museo de la tristeza. Enfrente de ella, un piano desafinado que nunca toca nadie, cumple función de altar para lo especial y diferente: una colección de fotos de la hija, con un sweater de colores alegres y una sonrisa radiante. Es como si el deterioro y la tristeza de su entorno fueran una protesta, como si Johan estuviera acusando al mundo de ser injusto y detestable, con la imagen resplandeciente de su hija como única excepción, como única esperanza de belleza y de salvación.
Toma el conejo y lo lleva a la cocina. Lo lava con agua tibia y detergente y lo deja a secar sobre una mesada donde cae un rayo de sol. Se prepara un café y saca un pasaje a Buenos Aires para esa misma noche. Le manda un mensaje a su hermano para avisarle a qué hora llega y ofrecerle su ayuda para organizar el velatorio. Termina su café y sale a la calle. Cuando está saliendo, oye una voz diciendo «adiós». Primero alucina que el conejo de peluche se está despidiendo de ella. Luego reconoce su propia voz. Ha llegado el momento de despedirse de Johan, sus fantasmas y su incurable tristeza. Deja las llaves dentro y cierra la puerta por última vez. Es un día fresco y soleado, casi de primavera. Se va caminando, con su mente llena de recuerdos y su cuerpo lleno de adrenalina.
Texto y foto: Cecilia Cattaneo
Nací en las latitudes sureñas, en el país del tango y de Jorge Luis Borges. Luego salí del país para explorar mis raíces familiares y culturales en la patria de Goethe -en la cual leí mucho (pero no suficiente)-. Me recibí de traductora. Hoy en día vivo en el país de Spinoza, en la ciudad de la paz y justicia: La Haya. Además de estar sumergida en la maternidad de dos pequeños seres humanos multiculturales, también disfruto a diario de mi compañero gatuno, mi compañera perruna junto a mis grandes amores: la playa y el bosque. Espero leer mucho más, también, escribir. Estoy muy agradecida de contribuir a este hermoso blog.
- Patricia Cardona Roca
Conocí a Cecilia en un taller de escritura online durante la pandemia. Sus textos me llegaban y muchas veces me transportaban a Buenos Aires, ciudad mágica que podido experimentar gracias a ella. No sé si hay una manera más hermosa de conocer a alguien que a través de su escritura. Y aunque no nos contásemos lo que estábamos viviendo nos delatábamos con nuestra visión del mundo muchas veces compartida. Para mí es un gran placer que haya querido participar en este blog y estoy encantada de presentárosla. No os perdáis su relato.