La máquina de café
La acecho desde mi escritorio. Es una de esas máquinas de café enormes, como una cabina telefónica de los ochenta. De hecho no me extrañaría que escondiera dentro una persona. Una persona cabreada, para ser exacta. Al menos conmigo.
Confieso que adoro el café, que lo disfruto. Tal vez el café de la máquina de la oficina no pueda considerarse tal. Quizá llamarlo café es ser demasiado benevolente con ese líquido oscuro y caliente con que la máquina nos obsequia, no sé qué diría un barista al respecto. Pero en los días grises, cuando el viento aúlla, la lluvia golpea los cristales, en el ordenador las páginas Excel comienzan a bailar y a salirse fuera de la pantalla y las luces fluorescentes marean con su intermitencia, necesito un café. Es una necesidad física, imperiosa. Y es entonces cuando nuestra guerra empieza.
Me gusta el café solo, muy cargado, con una pizca de azúcar. La máquina lo sabe, estoy segura. Sé que lo sabe porque llevo pidiéndoselo cinco meses, desde que mi empresa decidió sustituir la anterior, tan servicial y fácil de usar, por esta nueva obra de ingeniería con pantalla táctil llena de códigos, sensor de temperatura y frontal dinámico que cambia de fondo temático cada media hora.
La máquina juega conmigo. Le pido un café solo y me pone uno con leche. Le pido un nuevo café solo y me sirve un chocolate. Cuando llego temprano por las mañanas y me he saltado el desayuno le pido un capuchino, pero ella me ofrece un cortado. Es algo personal, es entre ella y yo.
A veces intento confundirla, volverla loca probando combinaciones imposibles de códigos numéricos de café. Ella no se deja engañar, incluso sabe cuándo el café es para mí aunque lo pida uno de mis compañeros. Se cree muy lista. Pero yo lo soy más.
La máquina está enamorada. De Natasha, la secretaria de mi departamento. Se ha dejado embaucar por su flirteo, por sus faldas cortas, sus pantalones ajustados, sus zapatos de tacón de vértigo y su melena larga y lisa. Cuando Natasha pasa por su lado la acaricia con sus manos de manicura francesa. Juro que he visto a la máquina de café ruborizarse y ronronear como un gato.
A Natasha nunca le da el café equivocado. Ni demasiado caliente ni demasiado frío, ni demasiado cargado ni demasiado amargo. Siempre le da el café perfecto, el que ella pide, el que ella quiere. Natasha no necesita teclear el código. Un día vi un café preparándose en respuesta al taconeo de sus zapatos rojos.
Odio a esa máquina. Es algo visceral. Esta oficina no es lo bastante grande para las dos y no seré yo la que se vaya, no señor. Lo haré parecer un accidente. Un cortocircuito. Una subida de tensión. Los fusibles se queman, los cables arden. Esas cosas pasan todos los días. Hoy es un día tan bueno como cualquiera. Ya no queda nadie, estoy sola. La veo desde mi escritorio. Ella no sabe lo que le espera.
Foto: Pilar Pérez
Pilar Pérez es gallega aunque actualmente reside en Holanda. Es ingeniero de telecomunicaciones pero la literatura siempre ha sido una de sus pasiones. Ha participado en varios cursos de escritura de la Escuela de Escritores, con los que ha publicado un par de sus cuentos, así como en la revista de la Oficina Europea de Patentes.
También ha colaborado con STET, The English Theater como crítica de varias de sus representaciones.
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- admin
Estimados lectores les presentamos a nuestra invitada especial del mes de julio: Pilar Pérez. ingeniera apasionada por la literatura. Comparte su relato La máquina de café con todos nosotros.