Rasquiña
Empezó esta mañana, mientras trabajaba en una tienda de ropa vintage en el centro de Ámsterdam. Varias veces pasé mis uñas sobre mi lunar, una mancha de jaguar que abarca medio brazo derecho. No le presté atención, pero la carne pedía algo que lo rascara con más ganas: un bolígrafo, unas tijeras, una percha… lo que fuera para aliviar la rasquiña. Al terminar la jornada, ya en la calle, levanté la manga de mi blusa y examiné mi brazo: estaba caliente y una pequeña roncha roja asomaba en mi piel veteada. “Quién sabe qué me picó”, pensé. Soplé, bajé la manga y me puse la chaqueta. Subí a mi bicicleta en dirección a casa en Nieuw-West. Tuve que parar en Kinkerstraat y después en Postjesweg para abrir la chaqueta y arañarme por encima de la blusa. “¿Seré alérgica a esta tela?”, me pregunté.
En mi estudio de veintiocho metros cuadrados, me quité los zapatos y me desparramé por fin en el sofá tras ocho horas de pie. Me quedé en calzones. Miré el lunar que seguía enrojecido y ardía. Froté más duro, pero me detuve al notar una pequeña línea recta que se abría en la piel. Respiré. Me quedé inmóvil en silencio, dejando que el cuerpo cayera pesado. Pasaron unos minutos cuando, con los ojos cerrados, sentí que mi brazo derecho temblaba. Lo dejé pasar. Sin embargo, la tembladera se sentía más espesa y lenta, más machacona. Entonces miré.
La herida en mi lunar se había agrandado. Se abría y se cerraba como unas fauces en pleno bostezo. Enterré mis uñas para abrir más aquel hueco hondo. Vi un mundo callado, atravesado por un rugido que venía de muy lejos, de otro tiempo. Acerqué mi oreja, pero tuve que retirarla porque el volumen subió hasta acribillar mis tímpanos. En un segundo, esa boca animal estornudó con tanta violencia que me tumbó por completo en el sofá.
Una explosión de aguasangre emergió como un chorro incesante. Con él vino el olor a aguamasa que ensolvó el espacio y contrajo mi garganta en una arcada. Se mezclaron voces y ruidos de pueblo paisa un domingo. Me tapé los oídos, pero fue inútil. Un líquido blanco me recordó a la leche que recogía en la pesebrera. Retorcí mi cuello en medio de la bulla y el tufo a sudor de soldado. Un cristo de ojos morados y hombros rotos chocó contra la pared. Guayabas podridas se aplastaron en la ventana y el cementerio enrastrojado, con todas las tumbas llenas, se despedazó contra el techo.
Mi cuerpo se entiesó. El chorro empezó a menguar. Los objetos descendieron; se posaron en mi brazo en el orden exacto de una maqueta de El Tigre. En un zarpazo, las fauces se los tragaron y todo calló de nuevo.
Volví a mirar mi mancha felina y acaricié con las yemas el rasguño que seguía ahí. La rasquiña también.
Catherine Acevedo Restrepo
(El Tigre, Antioquia, Colombia, 1988). Periodista y comunicadora audiovisual graduada de la Universidad Rey Juan Carlos, con másteres de Ficción en Cine (URL) y Dirección (ECIB). Ha escrito guiones, dirigido cortometrajes y un documental. Reside actualmente en Ámsterdam, donde a través del club de lectura del Instituto Cervantes de Utrecht, descubrió los talleres de poesía que la llevaron a la escritura. Sus textos exploran el desarraigo y la memoria del territorio a través de la metamorfosis animal y el surrealismo.
- Patricia Cardona Roca
Conocí a Catherine en un taller de escritura poética impartido por nuestra fundadora, Karina Miñano. Desde el primer día me cautivaron sus voces tanto la literaria y como la fonética.
Cuando Catherine lee sus poemas con una sonrisa, parece fresca. Cuando las palabras y las metáforas se asientan, te crujen como a un glaciar: despacio y de manera estrepitosa. Días después, las imágenes que ha creado siguen emergiendo, y a la vez hace que te preguntes qué pasó en realidad. Es incómoda. Es bella. Esta vez nos regala prosa. Lee tres veces su relato Rasquiña.