Como flores en tu falda
No podían creerlo, las tres viajarían juntas, y menos podía creerlo ella; una semana antes había llegado de México, un viaje que no había terminado como lo soñó y 8 días después abordaría de nuevo un avión rumbo a Italia con dos amigas. Un viaje que prometía alegrías, regalo de su madre para superar la tristeza que se había traído en la maleta de aquellas tierras aztecas. Y es que, a ella, conforme pasaban los días, el miedo también le crecía, seguía sin comprender lo que había sucedido y la posible consecuencia que echaría por la borda todos sus sueños; por ello agradecía a su madre y su intuición, que la desnudaba con solo mirarla, que le hiciera aquel regalo. Quería alejarse, sanar físicamente sin su escrutinio y lograr comprender la situación que la sobrepasaba. Tendrían como centro de operaciones Sicilia. Al llegar, inmediatamente quedó atrapada por el azul del mediterráneo, la luz del verano, los largos paseos por el muelle al atardecer, la calidez de su gente y el helado de pistacho y chocolate que era insuperable. Su melena larga jugueteaba libre con la brisa marina y sus pies ligeros con aquellas sandalias que apenas los vestían caminaban sin prisas. Aparentaba desenfado, pero en su mente, oculto, un solo pensamiento que no podía contarle a sus amigas. Un secreto quemaba sus entrañas. Como era de esperar, a tres jóvenes veinteañeras, dos de ellas estudiantes de Arquitectura, les faltarían días para llenarse de tanto. Italia se agigantaba ante sus deseos de conocerla. Tenían que elegir y no era tarea fácil. Finalmente, se decidieron: Roma, Florencia, Siena, Milán, Venecia. Fueron días de intensidad alucinante, llenándose las miradas de paisajes, esculturas, monumentos; Camila, trataba de colmar su mente de aquello y vaciarla del vago y doloroso recuerdo, cansar su cuerpo con la algarabía de esos días que no daban tregua. Solo las noches se le hacían interminables con pensamientos que llegaban en forma de destellos, imágenes, sensaciones dolorosas y aquella cara, que, de ángel, ahora parecía demonio. Anna y Cata, eran hermanas; Anna estudiante de Ingeniería buscaba explicaciones a todo, era práctica, tajante, nunca dudaba; Cata y Camila, admiraban la belleza, los trazos, las formas, la armonía, las texturas, se podían quedar quietas ante cada maravilla, observando, admirando, sin importar el tiempo, cosa que Anna no soportaba. Camila, al llegar a Florencia, conocía ya cada calle, su estructura urbana, cada museo, cada monumento, dos semestres atrás había estudiado la Ciudad, su historia, su arquitectura, sus secretos ocultos ante los ojos de la mayoría, así que allí prescindieron del guía. Aquel día salieron las tres de fiesta; era una noche fresca de verano y les apetecían unas copas en modo relajado, sin apuro. Camila llevaba una hermosa falda en tonos ocres con estampado de flores, un sombrero de ala ancha complementaba el look para protegerse del sol en las largas caminatas, una oportunidad de lucir aquel accesorio que le fascinaba; al llegar la noche soltó su melena, pintó sus labios de rojo, quedando lista para la ocasión. Ella no lo sabía, pero a pesar de sus 22 años, de saber de perdidas, miedos, fracasos, su fortaleza emocional sobresalía y atraía. Ya era su tercera semana de viaje por aquel hermoso país, casi cinco de aquello y estaba expectante, ansiosa, sin embargo, de cara al mundo, todo iba bien, ella formando parte de una típica postal de verano. Comenzaban los ochenta y su piel olía a L’Air du Temps; cursaba octavo semestre de la carrera, había perdido a su padre dos años atrás, un duro golpe en especial para ella. Era hija de inmigrantes, por tanto, su familia en aquellas tierras caribeñas era pequeña, su mundo se limitaba al pequeño núcleo de hermanos, mamá y papá; no había primos, tíos, los amigos eran los del cole y la universidad. Cuando él murió, repentinamente, se sintieron solos, desvalidos y ella perdió a su amigo, su gran defensor, a su primer admirador, a esa persona que le brillaban los ojos de orgullo escuchando sus pequeñas cosas. Un hombre que había dejado todo en su tierra para huir de las ataduras impuestas por tradición, de un corazón noble, que amaba a su familia con locura. Quizás, su único error, fue sobreprotegerlos y no prepararlos para el mundo que no era tan amable, tan afable, tan bondadoso como aquel hogar donde convivían tres culturas diferentes, dos creencias distintas, donde nada estaba impuesto. Aquel viaje a México surgió tras una llamada inesperada, una ilusión ofrecida, una alegría en medio de la tristeza que habitaba en la casa. Italia era un oasis lleno de espejismos, lo sabía, pero luego de 4 copas esa última noche en la Toscana, los pensamientos profundos se alejaron, ocupando su lugar las risas por nada, la ligereza las arropaba con dulzura envolviéndolas de dicha, solo faltaba la luna llena para que fuera perfecta aquella escena nocturna; Cata y Camila reían a carcajadas, Anna espantada por el escándalo, ellas totalmente desinhibidas efecto de aquel vino tinto de notas afrutadas; de pronto Camila dejó de reír levantándose abruptamente, aquella sensación caliente y húmeda tan esperada llegaba en medio de las carcajadas, preguntando con asombro —¿me manché?— tratando de mirarse preocupada. —Tranquila, son como flores en tu falda —contestó Anna Comenzó a llorar en medio de su risa histérica; llegaba la tan esperada, con retraso, al fin llegaba, esa que se llevaba parte del miedo y le devolvía los sueños, que con cada gota lavaba su vientre de aquel veneno que no pudo sembrarse. Llegaba el alivio del aquel peso, de la huella física que hubiese sido dolorosa y perenne; en esta ocasión, el llanto de su vientre era liberador, una sonrisa amarga. Con él, su cuerpo sanaba, no así su alma, porque allí sembrada estaba la duda, la sensación de culpa, el no atreverse a llamar aquel inefable acto por su nombre, el miedo que la acompañaría toda su vida. ¿Acaso siempre vería el lobo en cada esquina?
Texto: Leila Abidar
Foto: Jeannette Eloisa Muntaner @elomunt
Soy madre de 3, arquitecto de profesión, emprendedora y ahora Inmigrante; pudiera decirse que soy una persona que avanza en este mundo de imposibles y vientos en contra, con ilusión, deseos y proyectos.
En este tramo que transito, en el que voy acumulando meses, años, amigos, familia, esa masa de agua, azul, inquieta por estos días, de la Ciudad de Barcelona, me acompaña y me hace sentir que volví al origen, a esa España distinta que dejó marchar a mi mamá, a ese Mediterráneo que vio crecer a mi papá y donde soñó muchas veces escapar. Vuelvo, sin la ventaja de la juventud de cuando ellos se marcharon, vuelvo un poco derrotada por la tierra donde nací, huyendo de ella y su desgracia, la que he tenido que abandonar dejándolo todo: casa, recuerdos, pertenencias, títulos, logros, algunos sueños atrapados entre las montañas andinas. Ahora, en la escritura de mis versos, en mis palabras sencillas, encuentro refugio a mis ansias, deseos y todas las ganas para seguir.
@labidar @versosdelcamino
- Anabel Lora Mingote
El destino me llevó a ella. O más bien las redes sociales, que es donde la conocí. Me perdí en sus versos. En el calor y el desgarro de sus palabras. En el mensaje que entre líneas recoge el dolor, la alegría, el sufrimiento, las penas y la esperanza que recorre su vida. Leila es una mujer bandera. De esas personas que pones como ejemplo de entereza, fuerza y optimismo. Es muy madre y es muy de verdad. Tiene un rostro que enmarca una mirada que habla por sí sola. De sus idas y venidas en el mundo. Pero ante todo, una sonrisa que muestra la ilusión por la vida y por los suyos. Me acerqué a sus versos, me atraparon. Y siguió su persona. Grande y hermosa. Leila tiene mucho que contar a través de sus poemas y sus textos. Y hoy, aquí en Liberemos las Palabras, tenemos el honor de contar con ella. Lee Como flores en tu falda.