Invitada Septiembre 2026: Adriana Curiel

La muerte del tiempo

María levantó la cabeza con mansa lasitud. No reconoció aquel cuarto impoluto. Cada objeto emanaba una luz con colores jamás vistos. Apenas reparó en que estaba flotando, cuando dos hombres vestidos con overoles herméticos caminaron a través de ella.

Dio vuelta asustada y se vio a sí misma tumbada, cubierta por una máscara de oxígeno. Un filamento plateado la unía a su ombligo corpóreo. Antes de poder regresar al refugio de su cuerpo una nube grisácea la detuvo. La hizo mirar sus manos. Cuanto más las veía, mayor era la nitidez de su figura.

Alzó la cabeza, la nube amorfa tenía su cordón brillante. La fluorescencia y el volumen del mobiliario remitían al universo visual de los videojuegos de realidad virtual.

Sin despedirse, aquel ente singular se esfumó atravesando el techo. María fue tras él, curiosa. Apoyó con cautela una mano sobre la losa por donde había escapado, y se emocionó al darse cuenta de que podía cruzarla. Lo persiguió de piso en piso hasta llegar a la azotea.

Los vapores grises habían mutado, tomando la forma de una figura humana. María se acercó despacio, el extraño la invitó a sentarse a su lado para admirar juntos la ciudad en calma, cobijada por la noche.

La contaminación les cerró el privilegio de las estrellas; no importó, la postal ofrecía cientos de luces parpadeantes de la metrópoli insomne. Al presentarse, Paolo contó cómo descubrió la manera de separarse de su cuerpo aún siendo un niño. Había viajado por todo el mundo, incluso al fondo del mar.

Paolo no requería hablar para comunicarse. Reproducía mensajes en su mente. Cada imagen emanaba aromas y sensaciones. A María le parecían tan íntimos como sus propios recuerdos. Después de prestarle atención, sintió necesario tener sus propias vivencias. Le rogó que le enseñara a moverse en ese espacio sin fronteras. El experimentado viajero le pidió subir a la cornisa.

—Esto es muy real. No parece un sueño —dijo sin lograr controlar el vértigo.

—Porque no estás soñando —respondió Paolo, abrazándolo el miedo.

Extraordinario en su naturaleza, María decidió dejarse guiar sin resistencia.

—Tu memoria debe esforzarse por desaprender lo vivido. Es ella quien te previene de saltar. Sólo deséalo. El tiempo es la cárcel del cuerpo.

Le tomó varios intentos transportarse sin ayuda. Cuando confió en sí misma, condujo a Paolo a los sitios donde había creído ser feliz.

—¿Cómo sé que no es un sueño?

—Vamos a donde nunca hayas estado.

María lo tomó como un desafío, decidida a conocer el mundo. Un año antes, María fue reconocida como la mejor residente de medicina interna del hospital. El mismo en donde ahora estaba internada. Era una mujer sana, solía cuidarse. Las fiestas le resultaban una pérdida de tiempo. A las cinco de la mañana comenzaba el cronómetro. Treinta minutos en la caminadora, diez para tomar un baño, tender la cama, vestirse. Desayunar fruta, pan tostado, café. Llegar al hospital. Revisar pacientes. Dar consultas. Atender cirugías. Comer ensalada. Hacer siesta. Estudiar casos difíciles. Leer. Hablar con familiares. Regresar a casa. Prender la televisión. Cenar en la cama. Apagar la luz. Ahora estaba ahí, en un sueño sin fin con un ser intangible probando por primera vez las mieles de la felicidad.

Tumbados en un campo de girasoles recorrieron laberintos dentro de la mente del otro, en un baile sublime que no requería de sudores para alcanzar el éxtasis. María deambuló por montañas, caminó sobre mares, se internó en la selva. No sentía cansancio, pero intuía pausas, tal vez de días. Después de un largo viaje, regresaba a su agonizante cuerpo desde donde volvía a emprender el vuelo.

La presencia de Paolo le sanaba el pensamiento. Sus vapores habitaban su alma dolorida, desanudaban, con paciencia, el amasijo de sentimientos acumulados con los años. Sin darse cuenta, esa pesada carga la había vuelto intolerante, obligándola a permanecer en soledad. La nueva María era grácil, volaba sin prisas, ofrecía la sonrisa a todo lo que encontraba en el camino.

El filamento plateado intensificó su luz, purificándole las entrañas. María tuvo miedo. Cuanta más salud recuperaba, más difícil era salir de su cuerpo. Un día, la lucha por desprenderse le pareció interminable. Cuando lo logró, descubrió a Paolo vigilando su agitada respiración.

La pareja se elevó en silencio. Escogieron distraerse entre dunas del desierto. Ayudando al viento con su tarea, hicieron figuras en la arena. Cruzaron ríos, cascadas, mares infinitos, hasta detenerse en el pico de una montaña nevada. María acurrucó sus cavilaciones en la cálida densidad de Paolo. No imaginaba un sentimiento tan perfecto. El amor le brotó por los poros como lágrimas de luz.

En la plenitud sintió cómo el veneno que la mantenía dormida desaceleraba su efecto obligándola a regresar. La fortaleza adquirida fue nimia ante el desasosiego de perderlo.

—¿Si no vuelvo a verte? ¡Enséñame a desprenderme! —le suplicó.

—Es tu hora de vivir y mi tiempo de morir.

María quiso aferrarse. La felicidad, volátil, se le desvanecía entre los dedos.

—Probablemente ni siquiera me recuerdes —dijo la nube entre susurros.

La silueta marchitó sus vapores, de verde tornasol intenso volvió a su amorfa figura gris, hasta desintegrarse.

María regresó como estampida al cuerpo. Abrió los ojos, la mano entrelazada a la suya era la de una enfermera. Le habían retirado máscara y tubos.

—Vuélvanme a dormir —imploró.

Apretó los párpados. Las palabras de la enfermera eran un zumbido lacerante. María prefirió seguir la voz del barbitúrico que todavía recorría su sangre. Escarbó en la memoria remembranzas de aguas cristalinas, en su lugar encontró un mar espeso como petróleo, supurando dolor. El líquido amargo bombeó llanto por las venas y se detuvo en su corazón.

María pudo ver al personal médico apresurar maniobras de reanimación. Un choque eléctrico la devolvió a la piel verdosa. Pestañeó por última vez. Viajó en caída libre, devorada por la tierra, sin intención de sujetarse.

Se detuvo en un espacio apagado, donde no había materia. Tampoco encontró colores, sabores ni olores. Sin movimiento. La muerte del tiempo.

 

Foto: Adriana Curiel

Adriana Curiel

Adriana Curiel ha combinado el periodismo financiero con las letras. Nació en la jungla asfáltica de la Ciudad de México y desde joven se sintió atraída por el terror que se esconde en lo cotidiano y por el encuentro de psiques perturbadas detrás de hermosas fachadas. Mexicana sonriente, con más pecas que pecados y diletante soñadora de la literatura, ha construido una larga trayectoria en el periodismo de negocios. Ha publicado en medios internacionales como Mergermarket, Financial Times, Forbes y Latam Investor, y en México colaboró para El Financiero y la revista Obras, de Grupo Expansión.

Linkedin: Adriana Curiel

 

 

Alguien dijo que las casualidades no existen. Conocí a Adriana en un taller de escritura de viajes. Ella venía de la jungla asfáltica de la ciudad de México yo del lluvioso Oviedo. Su voz al otro lado de la pantalla hablaba con claridad y precisión sobre los textos de otros compañeros. Certera, precisa, dulce y directa. Yo no me atrevía a hacerlo, así que la admiré casi al instante. Cuando la leí entendí aquello de que las casualidades no existen. Su relato de viaje «Polizón» trataba sobre el mismo tema que el mío. Pero lo hacía a través de frases secas, cortas, con las palabras justas, sin perder un ápice de ritmo en sus diálogos llenos de vida e ironía. Pude adivinar al mejor Hemingway, el periodista y cuentista. La conexión fue inmediata. Su viaje, pensé, era el mío. Poco después, por puro azar nos conocimos y nos hicimos amigas. Y el azar quiso seguir con su juego y me hizo viajar a ciudad de México que ahora, también es un poco mía. Cuando leo a Adriana, veo a Mariana Enriquez, a Lucía Berlín, a Truman Capote y a Chris Offutt. La veo en cada uno de mis admirados escritores y ahora, tengo la enorme suerte de compartir su prosa con todos vosotros.

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