Invitado febrero 2026: Salvador Elio Galvaz

Aquello de las raíces

Habían pasado cinco meses desde que llegué a Ámsterdam y ya sentía el fracaso en el fondo de mi paladar. Quise pensar que al volver a Guayaquil encontraría la perspectiva para discernir propósitos que vayan más allá de placeres inmediatos.
¿Cuánto tiempo debía pasar para volver a Ámsterdam y dejar de culparla?
Dos semanas debían ser suficientes.
Cuando entré a Madre Paz, encontré a Tito, y lo abracé porque me encantaba verlo, con su sonrisa de sorprendido y sus ojos de quererme mucho. «¡Tonta! ¿Por qué no me dijiste que venías?». Y las paredes de siempre con sus colores pasteles, y los carrillones de viento y los cristales colgando del enrejado del techo.
Bailábamos, o algo así, porque, como otras veces, Tito hacía lo que podía. Y otros bailaban a nuestro alrededor. Otros que a lo mejor ya conocía de antes.
Uno de ellos me miraba, alguien que no conocía, y le devolví la mirada. Se acercaba, o me acercaba yo a él. Tocaba mi cintura y yo olía su cuello. Lo besé con el sabor marchito de mi cerveza en el paladar, con el sabor de su sudor y su perfume que recogía en mi lengua.
Estacionamos atrás de las canchas de las Lomas de Urdesa, en un pequeño mirador. Bajo la noche caliente del invierno, las luces de Guayaquil eran asterismos incoherentes de gases neones que no formaban nunca constelaciones. Mirábamos la ciudad. El viento llegaba con soltura y traía consigo su olor de siempre, a caucho quemado y dulce de pechiche.
«¿Qué piensas?». Me preguntó, y era lo que ya había pensado antes, lo que recordaba haber pensado hace lo que parecía una vida atrás. «Que las noches de invierno en Guayaquil no suenan a jazz». «¿No? ¿Y a qué suenan?». «A villancicos agudos». Respondí sin dejar de mirar el cielo con estrellas, porque solo en ese momento recordé que tenía meses sin ver Se reclinó sobre mí para volver a besarme. Me bajó el pantalón y se puso de rodillas, con la ciudad en frente, con Guayaquil entero viéndonos, apuntándonos en el pecho con sus láseres multicolores.
Era una ciudad voyerista, que se excitaba y se escandalizaba a la vez con mis jadeos, con sus labios apretándome mientras él se masturbaba sobre esa colina, mientras terminábamos juntos dejando nuestro semen evaporarse sobre el polvo gris. Con nuestras camisas abiertas y las gotas de sudor resbalando sobre nuestros pechos, cayendo sobre sus cejas por su frente alzada, mirándome a los ojos.
Reí, y mis risotadas empañaron las vibraciones vidriosas de los cientos de miles de villancicos que se sacudían en la noche.

Los finales de año me compelían a introspecciones preplaneadas. Me era inevitable pensar que había dejado más futuro frente al mar que tocaba mis pies, que el que había logrado encontrar bajo mis pasos sobre los adoquines huecos de Ámsterdam. Era como si lo vivido afuera se disolviera por completo al regresar. Y, luego, aquello de las raíces. Mis pies anclándose siempre al suelo de estas orillas por enormes que sean mis alas. Mis alas de mariposa, de guacamayo rojo.
Entré solo a esa fiesta. Entré despacio, examinándome, verificando que mi homosexualidad no incomode.
«No mires», porque mirar es peligroso.
Pero igual lo hacía. Había aprendido ya a mirar con descaro.
Y lo miraba a él, a quien sabía que incomodaba más. Lo miraba mientras, tal vez nervioso, Sebastián sostenía con aún más propósito la mano de su mujer. Y lo veía evitarme, lo veía disimular nervioso bebiendo de su whisky, fumando de su cigarrillo. Lo miraba no mirarme.

Reconozco que sentir que irrumpía me hacía sentir más en control. Me aligeraba y me permitía por fin estirar las alas. Y lo hacía cada vez con más descaro, empujando con atrevimiento el límite de lo que pensaba que estaban dispuestos a aguantar de mí. Provocando. Porque, ahí, en esa fiesta, ser yo provocaba. Porque serlo y sonreír, y girar en la pista de baile, y moverme como sea que la música se arropara a mi cuerpo, porque serlo y no esconderlo, los jodía.
Entré al baño. Sebastián estaba de pie frente a uno de los urinarios y me puse junto a él. «Esto me trae buenos recuerdos».
Sentí su irritación en su respiración. Pero su irritación debía también ser excitación. Y sonreía, porque me sentía triunfante, porque mi osadía me empoderaba, porque su erección era en realidad un acto de rendición.
«¡Qué chucha me ves, maricón de mierda! —Y al gritar me empujó con fuerza contra el urinario y me sostuve para no resbalar contra la cerámica meada—. ¡Dime pues maricón de verga! ¡Qué tanto miras pues!».
Sus ojos verdes estaban más llenos de miedo que de rabia. No dije nada. Me escupió y se fue. «Muérete de una vez».
Las manos me temblaban. Me miré al espejo mientras me enjuagaba, porque quería reconocerme así, en ese momento. Reconocer al detalle quién en verdad era yo, ahí.
Salí del baño y, sin pensármelo mucho, caminé hacia donde estaba él con su esposa y sus amigos. Me detuve unos pasos antes. «¡Oye, Sebastián! —grité. Su mirada se congeló y sus hombros se encogieron como anticipándose a mis palabras—, ¿Cuántas veces más hay que darte por el culo para que por fin reconozcas lo que eres?».
Se quedó paralizado, sin decir nada. Un segundo más. Dos segundos. Silencio. Hasta que reaccionaron y comenzaron a correr hacia mí, hasta que su mujer comenzó a gritar incoherencias.

Corrí.
Corrí hacia atrás, hacia los muelles. Corrí saltando las jardineras. Corrí empujando, esquivando. Me seguían, cada vez más cerca. Y corría cada vez más rápido, sintiendo la sombra de sus manos estiradas acercarse al cuello de mi camisa. Los sentía rasparme la espalda con sus pasos, con sus gritos: «¡Maricón!».
Corrí y con cada paso que daba sentía que despegaba. Que mis alas de murciélago se desplegaban enteras contra el viento de la madrugada y que mis pies se desenraizaban por fin de ese suelo.

Ilustración: Salvador Elio Galvaz

Salvador Elio Galvaz

(Guayaquil, 1979) es el seudónimo de un autor ecuatoriano. Su obra se sitúa en el cruce entre la autoficción, la novela de formación y la exploración de las violencias íntimas que atraviesan el deseo y la memoria en contextos sociales de desigualdad. Escribe desde una perspectiva marcada por la observación del cuerpo, el silencio familiar y las tensiones entre pertenencia y libertad, con una prosa sensorial y contenida.

Ha publicado las novelas Pasado el tiempo de admiración (2020) y Ajeno (2023), textos que dialogan entre sí como variaciones sobre la búsqueda de identidad, el despertar sexual y la experiencia de la migración. Actualmente vive en La Haya, Países Bajos.

Conocí a Salvador a través de amigos comunes. Nos encontrábamos por las calles de La Haya paseando en una terraza en verano o en la cola de la boulangerie francesa de moda. No supe de su pasión y su talento por la escritura hasta que una amiga me regaló su libro firmado y dedicado por él. La estilosa letra ya invitaba a leerlo, lo mismo que el título: Pasado el tiempo de admiración.

Descubrí en su lectura a un escritor valiente y honesto. Su libro me llevó de viaje a Guayaquil. Me habló de miedos y de valentías, de amistades y familia. En una lengua que es la mía, pero es distinta, que tiene otro color y otra música. Y con ella me llevó de la mano de sus personajes, me sumergió en una historia humana y cercana. Leer a Salvador es viajar, es reflexionar, es sentir. 

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