Si tuviese que hablar de mis sueños no sabría por dónde empezar.
¿Qué si duermo bien? Por supuesto. No tengo nada por lo que preocuparme.
Bueno sí, quizás por la comida que tenga que preparar mañana. Y eso, de verdad, cada vez me cuesta pensarlo un eterno verano.
Antes vivía conmigo mi cuñada Amelia. Quedó viuda con sesenta años y decidió que nos hiciésemos compañía. Por cierto, una pesadilla de mujer. Nada le caía en gracia. Todavía oigo sus quejas «Julieta, esto está soso», «Julieta, hoy le has puesto demasiada sal», «Julieta, el pescado está demasiado crudo…»
¡Hasta las narices me tenía!
Pero un buen día, se marchó. Al otro mundo, quiero decir. Tan solo se llevó unos estornudos de caballo y una toalla de playa. No es que fuera pobre, no, es que justo salió de la ducha cuando le sobrevino el ataque al corazón. La echo de menos. Nadie como ella para una buena partida al chinchón.
Al quedarme sola, mi hijo Rosendo pensó que debía marcharme a una residencia de ancianos. Pero no entraba en mis planes eso de dedicarme a comer y pasear como si ya estuviese chocheando. Con ochenta años estaba estupenda. Y poder disfrutar con mis amigas de toda la vida de los viajes a Benidorm, no tenía precio.
¿Pero qué os estaba contando? Ah sí, mis sueños… son baratos, no creáis. Si los vendiese al peso seguramente no sacaría ni para una barra de pan. Pero me lo paso en grande.
Una tarde de verano, llamaron a la puerta una pareja de jóvenes. Dos muchachos fuertes y bien trajeados. De esos que de haberlos pillado en mis años mozos hubiesen llevado los baldes de agua del lavadero a casa sin despeinarse. Querían venderme algo de unas fibras ópticas. Y la verdad sea dicha, yo, para coser, ya no estoy como antes. Así que los despaché con un café con leche y unas pastas caseras. Se fueron más contentos que unas castañuelas. Se ve que lo de comer tres veces al día no lo llevaban muy bien. Pues a lo que iba. Recuerdo que esa misma noche soñé con ellos. Allí estuvieron los dos dándole a la escoba y a la fregona. Me dejaron la casa como los chorros del oro. Lo malo, que al día siguiente descubrí que había sido un sueño. Ya veis, sueños de pobre. Pero no veáis cómo disfruté dándoles órdenes de pasa el trapo por aquí, limpia el polvo de allá. Qué cosas…
Hoy, sin embargo, he soñado algo extraño. Estaba preparando las croquetas para mi hijo. Esas que tanto le gustan desde pequeño. Suele venir a recogerlas con su mujer Amparo. Se están un ratito conmigo, charlamos de nuestras cosas y luego se llevan la comida preparada para dos o tres días. El caso es que estaba terminando la masa, que olía de maravilla, y me ha dado un vahído. No he tenido tiempo de asirme al fregadero, y me he caído de bruces al suelo. De pronto he notado las lágrimas de Rosendo en mi cara.
Creo que ha sido mi último sueño.
©2021, texto y foto, Anabel Lora Mingote