Postales de Navidad

Por Anabel Lora Mingote

Tengo una cajita donde guardo los pequeños tesoros de mi niñez. Es curioso, pero todos los años, llegadas estas fechas, me sacude un arrebato de limpieza. Y esa cajita cada vez contiene menos tesoros. Tal vez porque me voy despojando de esa mirada infantil que sucumbe a la ordenada adulta que quiere tener todo impoluto. 

Voy sacando uno a uno los cachivaches que contiene. El último, debajo de la pila cromos de mariposas, está la primera felicitación navideña de la que soy consciente. Imaginaos a una niña de cuatro años armada con papel y bolígrafo. Ni qué decir, que en cuanto mi madre soltó la postal de sus manos, voló hacia las mías y el nacimiento se convirtió en un arte de garabatos solo comprensibles por mi mente de cría. 

Los recuerdos atraviesan mis sentidos como si fuese ayer. Me siento en el suelo. La infancia hay que saborearla a la altura correcta y no escudriñarla desde arriba. Sonrío al pasar los dedos por esa entrañable postal deslucida y ajada. Cierro los ojos. La huelo. Chocolate con canela, palomitas de maíz hechas en la sartén y turrón del duro, al tiempo que mi madre y yo vemos en la televisión nuestro deporte favorito, el patinaje artístico sobre hielo. 

El calorcito del momento ha caldeado mi alma que llevaba un tiempo en stand by por los sinsabores de la vida. Es el mismo que me pellizca para que salga de ese sopor y ponga manos a la obra. El envío de las postales navideñas. Una agradable tradición familiar que he adoptado con mucho cariño. 

Todos los años me acerco hasta el estanco que está una calle más abajo, y compro las postales que necesito dependiendo de para quién van a ir dirigidas. Importa tanto la imagen, como los colores. Y desde luego el texto no será un simple ¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo! Ninguna persona es igual, tampoco su situación personal. 

La lista de destinatarios está en constante evolución. Los huecos que deja la vida son reemplazados por familiares y amistades nuevas. Incluso, envío postales que sé de buena tinta que no van a traer una de vuelta. Pero eso es lo de menos. Mis deseos navideños los envío de todo corazón. 

Llegará un día en el que el recuerdo de mis tesoros me deje allí anclada. Que la señora pulcra y ordenada se siente en el suelo con papel y bolígrafo, y solo desee seguir haciendo garabatos.

Mientras eso ocurre, sea como fuere, este año, me acercaré hasta el estanco. Quién sabe si tú estarás entre mis destinatarios para desearte que disfrutes de esta vida a ratos buena, a ratos caprichosa, y que nunca olvides que a tu alrededor siempre hay alguien que necesita de una palabra de ánimo o de una sonrisa. Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo. 


Texto y foto: Anabel Lora Mingote


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2 respuestas

  1. Me ha encantado, evocador, cargado de imágenes que te transportan.

    Mis primeras letras fueron sobre un libro de recetas gordo y con ilustraciones de pasteles preciosas, el Recetario de Doña Petrona, quizás ya quería escribir mi primera receta, o mi primer poema con sabor a vainilla.

    1. Los recuerdos y sobre todo cuando son entrañables, siempre nos dan calorcito en el corazón. Me alegra que te hayan traído recuerdos tan agradables como ese recetario de cocina que tiene una pinta estupenda. Ese poema con sabor a vainilla tiene que ser precioso. Muchas gracias por tus palabras, Leila.

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