Doy un respingo en el taburete. Sin venir a cuento mi amiga ha golpeado la taza de café boca abajo sobre el platillo con un golpe seco, y la ha vuelto a girar.
—Léeme los posos del café
Ordeno y mando, como siempre son las conversaciones con ella. No sin esfuerzo intento no soltar una carcajada por la histriónica escena. Pero qué piensa Mariola, qué soy la pitonisa Lola, me pregunto para mis adentros con la certeza de que sea una broma, aunque su cara se ha avinagrado con la pregunta que no he pronunciado en voz alta.
Consigo despegar los labios y se me escapa un tenue bufido que no logra pasar de largo.
—¿Te hace gracia?
Su boca se tuerce en un rictus de desagrado. Las uñas de cerámica recién pintadas de rosa tamborilean en la mesa de madera reclamando una pronta respuesta. Mi incomodidad va en aumento. Retuerzo las manos bajo la mesa y cuento hasta diez no vaya a ser que le diga todo aquello que llevo guardado durante estos quince años de sufrida amistad.
Fijo la mirada cansada y triste en la suya, y viene a mi mente, no sé por qué, los versos de Bécquer «…dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul…» Sus pupilas azul zafiro presagian tormenta si no respondo.
—No. No tiene ninguna gracia y no, no sé qué quieres que te diga.
Mis palabras han sonado bruscas, aunque no he elevado el tono de voz, lo justo para que solo ella pueda escucharlo, que es lo que más le fastidia, aunque mi cuerpo me ha traicionado y se ha inclinado demasiado hacia adelante con ganas de darle un buen bofetón en esa preciosa cara llena de pecas con el deseo de que deje de ponerme en ridículo en los lugares más concurridos.
—Eres una inútil ¿lo sabías, Maite?
Como para no saberlo si me machaca con la frase de marras día sí y día también. No respondo, claro. Me muerdo el carrillo derecho y siento el sabor de la sangre pasear por mi lengua. Una vez más. Cualquier cosa que diga lo usará para humillarme en la nueva cafetería, muy top, abarrotada de público.
—Por cierto, pagas tú.
Se levanta del asiento con una dignidad que no posee en su metro cincuenta y cinco y sus sesenta kilos envueltos en un traje de chaqueta azul marino de raya diplomática que la hace más esbelta de lo que es. El pelo largo, liso, teñido de un rubio deslumbrante, recogido en una coleta alta, danza al igual que un péndulo cuando se gira para mirarme de frente.
No he conseguido despegar la lengua del paladar. Me alegro de que las manos sigan en el regazo fuera de su vista para que no vea las marcas de las uñas en mis palmas. Me sonrojo de vergüenza al comprobar que el joven moreno y bien parecido de la mesa de al lado no se ha perdido ni un ápice de la conversación. Me guiña un ojo cómplice y me sonríe dejando ver una dentadura blanca y perfecta que, sin duda, ha pasado por una ortodoncia.
Mariola que nunca pierde detalle de lo que ocurre a su alrededor se queda parada frente a mí con su bolso Hermés colgado de su antebrazo izquierdo, y apunta al chaval con las gafas de sol de Armani que lleva en la mano derecha.
—¿En serio? ¿Te crees que le gustas a ese bombón? ¡Mírate, por favor! —Me hace un repaso de arriba a abajo y pone los ojos en blanco como si yo fuese una don nadie.
Su tono de voz estridente por la rabia ha subido tres octavas y varias personas se giran para mirarla. Acaba de conseguir un punto en su lista de «yo soy la reina del local». El joven chasca la lengua con desdén y a media voz lo escucho decir «qué insoportable, por favor».
Abro la boca para reprocharle a Mariola su poca educación, pero las palabras desfallecen mucho antes de llegar a las cuerdas vocales que hierven por gritar y salir de allí a toda prisa. Mi amiga se yergue desafiante en su casi metro sesenta. Sabe muy bien que no voy a montar una escena y que en un par de días se me pasará el mosqueo. El chico recoge su bandeja y se levanta. A medio camino entre la barra y nosotras, se gira para mirarme. Su voz grave y serena hace que mi estómago se retuerza y se me erice la piel de gusto.
—Estás invitada al té de menta y regaliz y tú, —lanza a Mariola una mirada que la penetra hasta el tuétano haciéndola retroceder un par de pasos— me debes un smoothie, dos cookies de chocolate y el batido de fresa que habías pedido para llevar. Apunta, Esteban —se dirige al camarero que hay tras la barra que asiente sin rechistar.
Mi amiga muda, por primera vez en muchos años, me hace un gesto con la mano hacia arriba para que me levante y salgamos de allí.
—Te quedas un poco más, ¿verdad? —el estómago vuelve a corretear alocado con solo escuchar su voz. Me giro hacia la barra. Lo miro a esos ojos oscuros que juegan con los míos a ver quién se devora antes—. Ah —prosigue dirigiéndose a Mariola que sigue muda de asombro— cierra la puerta al salir.
Texto y foto: Anabel Lora Mingote