Acabo de llegar a casa. Ni siquiera soy consciente de cómo lo he logrado.
Sin duda, lo ideal sería adormecer el tormento que estoy sufriendo por un largo tiempo. Necesito estar solo. Quiero estar solo. Lamer las heridas sin testigos. Sin tener que dar explicaciones a nadie. Por qué, para qué. ¿Qué hay de verdad en sus amables intenciones?
Los pensamientos ebrios de dolor necesitan rendir culto a Baco. Me planto frente al que hace unos años era un espléndido mueble bar con un gran surtido de botellas de diferentes colores. En estos momentos no le hace justicia. Una solitaria botella, un Reserva Rioja, descansa en la balda central. Qué mejor que ser besado por su toque frío y pasar página.
Sin embargo, titubeo. Siento la boca seca, un regusto a bilis me quema por dentro, y beber, lo que se dice beber en plan me cojo una cogorza y me olvido de todo, no me apetece nada.
Pero allí, a tres palmos de distancia, la muy ladina me mira de reojo. Como todas las féminas, tiene algo que hechiza tus sentidos. Intenta seducirte para que sucumbas a sus deseos, que aunque no lo sepas, también son los tuyos. Oscura, pelirroja y desnuda, cubierta tan solo por una sabanita de nada con letras de imprenta, me lanza una mirada desafiante.
Sus guiños provocadores me arrancan una sonrisa fiera.
¿Qué más da si me pierdo entre sus afrutados besos y el insinuante calibre de su cuerpo?
La tomo entre mis manos casi con reverencia acariciando su desnudez. Intento aspirar su aroma sin despojarla de sus ataduras. Sus guiños provocadores me arrancan una sonrisa fiera. La agarro con más fuerza como si con ello pudiese librarme de su tentadora invitación.
Disculpa querida, le digo, pero necesito saciar mi verdadero deseo. Y por muy hermosa que seas, no se encuentra en el rubí líquido de tus besos, sino en los abrazos tiernos de mi amante; me miento descaradamente.
Por un instante imagino a Baco despotricando por mi cobardía.
Sonrío con desgana, por no llorar. Vuelvo a dejarla en su altar de cristal, donde resplandece con ese brillo de astucia que da el paso de los años.
Quizás una ducha fría me siente mejor.
Texto y foto: Anabel Lora Mingote
Escucha Un toque de placer en la voz de Anabel
2 respuestas
Anabel siempre me sorprendes. Un gusto leerte
No sabes cuánto me alegra que te haya gustado, Esther. Muchas gracias por pasarte por aquí.