He decidido pasar unos días en un pueblo.
Uno cualquiera.
Uno de esos que me devuelva a la verdadera civilización, a su tiempo y a sus gentes. Sin prisa, pero sin pausa. Que no me entretenga con noticias ni charlas vacuas, miradas vacías o sonrisas gratuitas y torcidas.
Viajo ligera de equipaje. Así lo decidí anoche mientras ordenaba mis pensamientos y hacía lo propio con mi mochila de marca. La pobre cargaba con demasiados tropiezos, remiendos, remilgos, vidas trasnochadas… Una oleada nauseabunda sacudió mi estómago haciendo peligrar todo ese mundo angustiado y fatuo, y a punto estuvo de ser abrazado por las llamas de la chimenea. Y sin embargo, ganó la batalla la pena, el cansancio, y acabé por guardarla en el fondo del armario, llevándome tan solo, mi viejo monedero, uno desgastado, de aquella época en la que todavía me cabían los vaqueros de saldo; y unos bocadillos.
Me he despertado temprano y tras un buen desayuno, ha comenzado la aventura. Unos cuantos kilómetros engullidos sin hacer ninguna parada, me han llevado hasta la entrada de un pueblo pintoresco. La plaza, bastante amplia y engalanada como si fuesen las fiestas, me ha dado la bienvenida. Las piernas me piden un respiro y las estiro recorriendo sus callejuelas asfaltadas. Las casas más bien de ladrillo cara vista que de piedra antigua de sillería, me devuelven una realidad bien distinta a la que estaba buscando. Da la impresión de ser un pueblo prefabricado, una mala copia de una gran ciudad. Tiendas de móviles, antenas wifi y parabólicas campan por los distintos barrios. No se oye ni un pájaro.
Los perros no ladran ¡Chist, calla!
Los gatos no maúllan ¡Chist, calla, calla!
Los niños pequeños no lloran al tropezar y caerse al suelo ¡Chist, calla, cariño, calla!
Los niños y jóvenes sentados en el suelo, recogen polvo frío para el futuro mientras dialogan entre ellos a través de su pared de emojis y frases cortas. Noto que mis piernas flojean y no es por el cansancio. Es la pena y la rabia que va ganando puntos y se burla de mi búsqueda.
Llego a una pequeña fuente donde un corro de señoras se encuentran intercambiando recetas con el teléfono móvil. Me acerco a la más mayor que se luce con los rayos de sol de primavera. Al verme comienza a decir ¡Ay en mis años mozos, si yo le contara…!
— ¡Chist, calla mamá! No molestes a la chica.
—No me molesta, señora.
—Nah, déjala que vaya rollo…
—No, de verdad, no me molesta.
—Nada, nada, mamá, tú al sol, tranquila…
La señora me mira con ojos de lástima, cansados, aburridos de ese anochecer prematuro.
Decido marcharme sin haber probado bocado en busca de otro pueblo.
Del verdadero.
De ese en el que los niños juegan por la calle con las piedras y el barro. En el que los jóvenes se parten de risa, o lloran, todos juntos, mientras comparten charlas. De esos pueblos en el que los ancianos se juntan en un corro y cuentan sus batallas y cuando llega un extraño las comparten, quiera el viajero o no, escucharlas.
Necesito vida, de la de verdad. Sin aditivos.
Escucha Vida sin aditivos en la voz de Anabel
Texto y foto: Anabel Lora Mingote