Zapatos rojos

Por Anabel Lora Mingote

Es uno de esos días que por mucho que intentes peinar los rizos rebeldes, sonrías ante el espejo o pellizques tus mejillas para que adquieran ese tono rosado que tu piel cetrina por el invierno rechaza con una rojez nada halagüeña, te sientes un asco.

Y aun así, abres el armario de la ropa invernal, sosa y aburrida, como la semana que encaras después de haber sido despedida de la casa de los «Señores» por no haber participado en los juegos tan divertidos del queridísimo «Señorito Albert». Un joven de veinte años que persigue faldas como quien colecciona cromos. Para sus padres el correr detrás de las «chicas de la casa» es de lo más entretenido. A nosotras, la cocinera, la doncella, y la profesora, que soy yo, no nos lo parece. Claro, es nuestra opinión… Ah, ya, que no tenemos.

Como os decía, cuando abres ese trozo de madera que lo mismo sirve de despensa que de armario, intentas elegir el conjunto menos deprimente de los que cuelgan en las perchas forradas de seda. Sí, seda. Es lo único delicado y alegre que hay en él. Bueno, no. También están mis flamantes zapatos de aguja de color rojo carmín. Me los regaló la Señora Dorsie en mi vigésimo segundo cumpleaños. Lo cierto es que nunca hasta hoy había tenido el valor de ponérmelos. Ha sido verlos, y una mano invisible me ha arrastrado a cogerlos, olerlos, que por cierto huelen… hum… cómo huelen a cuero nuevo y limpio… Los he acunado como un recién nacido; como un preciado tesoro que guardo entre tanta baratija y traje solemne. 

Ayer tarde me llamaron de la oficina de empleo para «Señoritas de bien». Y debo serlo, sino, no me habrían llamado, digo yo. Al menos el título de profesora debe servir para algo. Solo deseo que no me lleven de institutriz a otra casa con niños groseros y malcriados. Y eso que el «Señorito Albert» no estará bien criado, pero sus facciones son de lo más agradables. Aunque no por ello voy a dejar que se inmiscuya dentro de mis faldas horrendas, negras y austeras. Al fin y al cabo, son  mis faldas. 

Apenas han dado las siete de la mañana. Un coche negro ha venido a recogerme a la puerta de casa. Su chofer, muy amable, me ha abierto la puerta con diligencia y me ha ofrecido sentarme en la parte trasera del automóvil. En estos momentos me encuentro fatal. De no ser por este trabajo, la semana que viene no podré pagar a la casera y me echará a la calle sin ningún miramiento. De vez en cuando me topo con la mirada del chofer que me mira de reojo a través del retrovisor. Una media sonrisa calienta mi ánimo a punto de desfallecer ante el nerviosismo de no saber hacia dónde nos dirigimos. La Señora Walls de la oficina de empleo me dijo en confidencia, que era una casa con mucho tronío y que iba a encajar a las mil maravillas. Según la Señora Walls llevaban años esperándome. Por educación no me eché a reír ante semejante estupidez, sin embargo, a veces un halago sienta fenomenal. 

Tras un par de horas de viaje, el chofer detiene el automóvil. Abre la puerta, y me ayuda a salir del coche. Al bajar, reparo que se ha fijado en mis zapatos que desafían al resto de la vestimenta. «Buena elección», me dice. Ambos sonreímos. Nos despedimos con un ligero cabeceo. Me dirijo con paso firme hacia la enorme mansión de los Bristol. Los tacones de mis zapatos de aguja resuenan por el pavimento de adoquines que llevan hasta la puerta principal. Me siento fuerte y segura. Nada como un buen par de tacones para enfrentarte a tu pasado. No todos los días se conoce, después de treinta años, a tu verdadera madre. Yo también se hacer deberes. Por algo soy profesora.


Texto y foto: Anabel Lora Mingote


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5 respuestas

    1. La altura siempre nos cambia la perspectiva y si además son unos zapatos que te hacen sentir poderosa…
      Leila, mucjas gracias. Me alegra que hayas disfrutado y te haya sorprendido el relato. Un abrazo.

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