Bosque y su fábula

Por Ruth Iturriaga de Segall

Cómo recordar las aventuras que tuvieron los turistas, los “gringos” cuando arribaron en el conocido pueblo del monte solitario.
Se encaminaron con inciertos pasos a una oficina sin recursos en la plaza mayor.
Mientras los pueblerinos atentos de las nuevas aventuras del lugar.
Y así comienza el relato.
¡Oh!, noche horrible de pesares.
Qué extraña voluntad tenían los turistas por oír y sentir las locuras del misterioso bosque.
Todo arreglados y nerviosos, partieron con el guía oficial.


Los pueblerinos no solo los llamaban los de allá: “los de sangre fría, nortinos altos, rubios y de ojos azules, “con su mal español”.
Allá vienen, se reían burlescamente con cara de inocencia.
Que divertidos son ellos.
Fuera de estas fábulas escuchaban los visitantes oír maravillas.
El guía, un indio adiestrado, sabía las astucias de la torpeza de ellos.
¡Tomando un poco de aquí y de allá comenzó con su habilidad de gran orador!
Escuchai* en su “mejor” español.
Yo lo voy a’icir, *digo con guen* fin.
Con un impulso natural, el guía relacionó su arte creativo en convertirlo en una noche cadavérica.
Con un sorbo de su bota* tomo aguardiente para comenzar la noche fría en el misterio de las fábulas del bosque.
En su mal español de’ían: “Mamitaaa, Mamitaaa” Esto es lo que nos faltaba, repetían los forasteros. Ánimo y vamos caminando por el sendero. No habían caminado ni cien metros cuando un torrente de hojas cayó sobre sus cuerpos. Abrigados y apretando sus dientes escuchaban las copas de los árboles en movimiento, hojas de frondosos árboles caídos. Ciegos de miedo. Luchaban cautivados por huir y todo en vano. El horror y el silencio, la soledad, la sombra y la sonrisa sádica, eran los habitantes de ese paradisiaco lugar. Ya no caminaban sino que arrastraban sus pies por lo que iba sucediendo en el camino. Se enrizaban sus cabellos, parecían clavos de hierro del horror que escuchaban. Temerosos de las miradas del grupo. Se reducían y contradecían volviéndose sombras, silencio, soledad y una amplia sonrisa sádica. Aparentar una nueva sádica situación sorprendente, decía el guía. El guía miraba con entusiasmo el ardor humano que empezaba a enrarecer el bosque. Entre las hojas subía un envoltorio de ecos suspendidos en el ambiente frío y escalofriante. De sus hombros los forasteros sentían la presencia de la magia nocturna. El guía les de’ia: Mirai* y escuchai* que invade la espesura. Miedo del látigo nocturno asolador. ¡Oh! Cruel. La vida y la ilusión nos abandonan. Percusión horrorosa. A lo lejos los veía el señor búho. Que torpes son los hombres, expresaba. La voz qu’es agora* sale bien caro con u’te.*
Era lo que nos faltaba agora*, decían los gringos. Ya no podéis volver, tomando de nuevo su traguito. Satisfecho de lo macabro de los fantasmas nocturnos. Interiormente, se reía. Vamos gringos de M?????. Lo pensaba. Arriba los culos y a caminar para encender el guego*.
De repente una ronca voz de silencio vibro en el lugar elegido.
Uno de ellos.
Noooooo, viene por mí.
No seas idiota.
Es tu imaginación.
Abrázame.
No me dejes sola.
El otro se reía a carcajadas.
Miren me aprieta el silencio.
Oíd: El silencio di’e*: Advierto, ustedes han entrado a mi hogar.
Los gringos inmovilizados de miedo al escuchar el grito nocturno,
abarcando un espacio inconmensurable, en la imposibilidad
de moverse y de expresar gestos.
Se sentían atrapados por la oscuridad del silencio.
El fuego no los calentaba, más bien helado de una extremada
palidez de sus rostros restaba angustia en sus fisonomías.
Quien anda aquí en mi vida aislada, expresó una voz.
Bien; cuántas veces me parece que mi vida se precipita
en un abismo sin fondo.
Soy soledad, hermana del silencio y de otros fantasmas.
Habitamos en nuestro bosque ideal.
En este caso, les advierto, estaba segura de que, si de repentizar
hubiese sentido, esta interrupción les haría llevar en sus pieles
que es la soledad.
Iros. Quiero seguir en mi lecho dorado de gusanos.
El momento advierto las causas precisas de su malestar
y destruir el mal de aquellos malvados.
En ese rincón del tiempo nos aguardaba una noche sollozante e infausta,
los árboles con hojas crujientes cerraban el cielo.
No hubo encanto de locuras ni osadía.
Ella osada en la noche sofocante y sombría que no florecía las horas
del extraño devorante sensación.
Y así, saliendo en el cuadro nocturno en el bosque
un fantasma que se sentía bello como la noche.
Los forasteros desgarrados y desolados mirando
el fuego que se extendía.
La sombra se clavaba en las entrañas como una sombra feroz.
Les decía en voz dulce y cínica.
Sé mío, cuerpo.
Eres el milagro de esta sombra tuya y mía.
Ella se engastaba en sus líneas fulgurosas.
Sombra mía y tuya de nuestra belleza.
Ellos, imploraban.
¡Ah! Tu sombra me asustas.
Déjame ir.
No, eres mío.
En ese festín la sombra llamó al móvil, a la sonrisa sádica
para conjurar un plan diablico en el bosque de leyendas.
Hicieron el ritual con ecos macabros para que en un oscuro
bosque pudieran escuchar el eco del bosque en gotas
que bajaban de los árboles desnudos.
Se complacían de la inocencia de los huéspedes.
Se sentían poderosas echando al abismo el sueño de los gringos.
JA, JA Y JAAAAAA
Ya las ramas de los árboles aquí no tienen hojas,
estaban desnudas y parecían negras siluetas nocturnas.
Ellas manifestaban un latido de felicidad escondiendo
su identidad congelada por el frío del otoño y el invierno.
La sonrisa sádica y sofisticada llamo a sus hermanos del bosque.
No había comunicación.
Fatal, tenemos que encontrarlos.
Estos recuerdos deben perdurar.
En vida inservible para estos turistas que
les envuelve la angustia con un manto extraño
que en todo lugar puede crecer.
Entretanto el guía que había tomado su traguito, dormía
como una flor nocturna.
Los sueños fueron pesadillas en esa noche de custodia.
Apareció en todas partes en el pueblo burlándose
del pretencioso guía el dicho “El que ríe al último ríe mejor” …


  • Escuchai*: Escuchen
  • Yo lo voy a ’icir* digo con guen*: decir— buen.
  • La voz qu’es* agora* sale bien caro con u’te*: ahora —- usted
  • Era lo que nos faltaba agora*, decían los gringos: ahora.
  • En su mal español de’ían*: “Mamitaaa, Mamitaaa: decía, Mamita.
  • guego*: fuego
  • di’e*: dice

Texto y foto:Ruth Iturriada de Segall


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