La niña del vestido azul

Las sirenas antiaéreas dieron el primer aviso de alerta la mañana del 30 de noviembre de 1939. La ciudad de Helsinki amanecía con una ligera capa de nieve. En su cielo se percibía una claridad que muy pronto sería oscurecida por el continuo desfilar de aviones de guerra soviéticos a punto de bombardear a la joven capital finlandesa.

La imaginación de Armi no llegaba tan lejos para suponer que este día aviones similares a los de juguete de su hermano Heikki, serían los protagonistas del firmamento.  Ella estaba ocupada vistiendo a su muñeca Antonia. Eran las ocho de la mañana, hora de ir a la escuela. Tenía siete años y había comenzado el colegio hacia dos meses. Antonia, con su bonita cara de porcelana, era de momento su mejor amiga y la acompañaba todos los días. 

Hacía frio, y las dos necesitaban llevar puesto su abrigo de invierno. El de Antonia era de terciopelo violeta, tenía sombrero a juego y botitas hechas de gamuza delicada al tacto. En realidad, era una muñeca preciosa, con ojos pintados color marrón, cejas muy finas, y labios entreabiertos de ligero tono rosado, suaves a la vista y tan reales que, de un momento a otro, daba la impresión de que Antonia estaba a punto de articular palabra. 

Seguían ahí, eran sirenas eléctricas, con dos señales: una señal de alerta creciente y menguante, y la otra con un tono constante avisando a la gente que podía salir de su escondite. Esa mañana la alerta aumentaba en magnitud e intensidad. El mensaje era claro: guarecerse o salir de la ciudad. El sonido venía acompañado de fuertes explosiones que en cuestión de minutos se acercaban a su edificio. 

—Armi, vamos, tenemos que salir de casa. Nos avisan que hay peligro en el aire…—era sorprendente la calma en la voz de su madre Terttu. 

—¡Armi! Nos vamos, pero hija, llevas puesto el vestido de los domingos.

—Sí, mamá, quiero llevarlo conmigo, por favor. 

Cerraron la puerta de un portazo, sus vecinos corrían escaleras abajo. Había ruido, voces en alto, explosiones a lo lejos; como si fueran fuegos artificiales que anticipaban desgracia en lugar de festejo. El refugio antiaéreo del edificio se localizaba a unos metros de distancia. Pero la gente corría tan deprisa y a todos lados que cuando Terttu vio el autobús acercarse a la parada, decidió que era mejor subirse y tratar de salir de la ciudad. 

A empujones se acercaron. No eran los únicos con la misma idea de montarse a un autobús. Tampoco fueron los únicos en salvarse cuando la bomba que venía en picado detonó a unos cuantos metros de ahí. Armi alcanzó a abrazar a Antonia, antes de salir disparada hacia la acera opuesta. 

Fueron las primeras víctimas de la guerra de invierno en Finlandia.

Sobre destrozos, sangre y polvo de nieve, yacía una niña hermosa.

La niña del vestido azul.  


Texto y foto: Mayte Calderón Grobet


Escucha La niña del vestido azul en la voz de Mayte

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