Aventura en el bosque

Si te dijera que la vida hay que vivirla como un cuento de aventuras, y que ese cuento puede leerse de diferentes formas, contener finales abiertos, ser reescrito cada día.

Si te gustan las historias, esta puede ser una de ellas.

No recuerdo haberme adentrado en un bosque en mis años de juventud. Sin embargo, existían en mi imaginación. Ahí caminaba entre gigantes cubiertos de musgo, otros de copas frondosas con hojas saturadas de piñas como si fueran una armadura. Podía distinguir entre su follaje enormes bocas que cantaban al son del viento. 

Fueron las andanzas de «Los cinco», la serie de libros publicados por Enid Blyton hace más de cincuenta años, las que me inspiraron. Las peripecias de tres hermanos, la prima Georgina y el perro Timoteo, resolviendo misterios o remando en bote hacia una isla para descubrir un tesoro escondido. Chicos llenos de coraje y valentía me enseñaron que la vida contiene misterios, desafíos, y vivencias increíbles que solo hay que atreverse a encontrar. 

Me mostraron el camino hacia los bosques nórdicos. 

Hace unos cuatro años tuve la fortuna de encontrarme con «el coleccionista», como se hacía llamar, ya que le gustaba visitar faros suecos y coleccionarlos como memorias fotográficas. Nos hicimos amigos, convertidos en «Los dos» y no solo seguimos coleccionando linternas de luz, sino también sucesos.   Me habló de la existencia de un faro de solo seis metros de altura, construido en 1929 con el objetivo de guiar el tráfico marino del lago Mälaren, entre Estocolmo y Uppsala hacia el Mar Báltico. Lo curioso del caso es que este pequeño coloso es uno de los últimos que funcionan con el impulso de gas. 

Lo que «el coleccionista» no me contó fue que, para poder acercarse a él, había que penetrar en los vericuetos de una arboleda espesa, cubierta de abedules, alisos, fresnos y avellanos. Algunos con ramas torcidas impidiendo el paso.  Como esto se convirtió en una aventura, llevábamos a cuestas las bicicletas para no tropezar con piedras o troncos caídos que bloqueaban el paso. Mis ojos no dejaban de mirar hacia el suelo, mi mente estaba en alerta constante y mis sentidos aspiraban el olor a verde. De vez en cuando mi ánimo bajaba cuando me acordaba de las garrapatas escondidas en la hierba alta, al acecho de mi sangre.  

Pensé en «Los Cinco», disfruté el esfuerzo de la travesía en ascenso. La luz del ocaso se filtraba transparente en la espesura. Las hojas de los fresnos me parecieron volverse de oro. El suelo me mostró cientos de perlas azules y rubies dulces colgando a ras de tierra. Todo era ferozmente intenso. Me sentí viva. Fue cuando descubrí la hermosura del bosque.  Sobre la palma de mi mano exploré la textura de diminutas fresas salvajes, y de un bocado, explotaron en mi boca. Aspiré su fragancia, la cual ha quedado oculta en mi memoria. No podría describirla, pero sé que es única.  

Me había quedado atrapada en la tierra de las moras azules.

Distingo a lo lejos una estructura de metal y un letrero que dice: “No traspasar”. Demasiado tarde, «el coleccionista» ha traspasado. Se encuentra debajo del faro. Justo detrás de él, dos personas se acercan. Siento el peligro. Al mismo tiempo, la punzante emoción de ir a rescatar a mi amigo. 

Lector: ¿recuerdas lo que te dije? 

A las aventuras hay que ir a buscarlas.


Escucha Aventura en el bosque en la voz de Mayte


Texto: Mayte Calderón Grobet

Foto: Olof Sanner


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