Miguel del Mar, pescador la Caleta,
lugar paradisiaco, Maitencillo.
Era un joven de postura al piélago,
hijo del pequeño desembarcadero del lugar.
Ahora, lo veo mayor generoso con el mar.
Pensativo parado o sentado en el borde
del cantil oyendo el soneto suave del mar.
¡Oh aguas marinas, despiertas en él,
la conciencia profunda en estos días de esplendor!
Nació en mí, mis recuerdos con un profundo cariño,
un caudal de sentimiento fraterno, donde mi esencia absorbió.
La vida de un verano enternecedor.
¡Qué inenarrable vida se desbordó en energía!
¡Qué inenarrable caleta desbordó historia del último adiós!
En aquel momento, leda, en aquel momento solemne,
que a la orilla del mar, la barca sencilla de las notas dulces.
Allá, floreció en mi risueña, el recuerdo del último adiós.
Quizá, dura, es la vida del pescador,
de Miguel del Mar pescador, mecido nido.
Quizá, suave es la vida del pescador,
dándole vueltas al ritmo espacial,
lo que concede el momento, el encanto mágico del mar.
De lo que concede el momento, un silencio de paz.
La mar consciente lleva azahar de serenatas nocturnas.
Silenciosos mensajeros del mar,
donde nace el espíritu en plenitud
hasta el retorno en el atardecer.
Pareciera un cuerpo de roca y de alma de vitral.
Él sueña, por ese mar laureado.
A sembrarse en el brío lucero,
emergiendo el cuerpo del alba,
bajo el jardín azul del vaivén
y verdosa de su álgido cabello.
Miguel del Mar tiene un hogar sin fronteras, ni distancias.
Su hogar es el mar.
Enmudecido de tanto misterio del jardín marino
siente rodar las olas y callar.
Su amor al mar no se olvida, se graba en la esencia de su ser.
Avezado pescador, alzando sin esfuerzo su red.
Avezado de lugares sureños, paradisiacos,
de tardes de alegría y soledad.
Él nos habla de aquellos días de esplendor.
Como buen mortal recuerda y solo tu voz resiste,
tu acento es, como clamor de verdad.
Gente pescadora que al clarear el alba
entre bancos a la mar se arroja
del sol ocaso al final vislumbre.
Reluciente en la cima,
a lo lejos, el faro de luz de ternura y de profundidad.
Desde el Mirador desnudo, abandonado y solitario
con su suave majestad aborda,
donde choca con fervor la espuma.
Ellos no se descorazonan, por las adversidades del mar,
cuyo perfil desaparece la bruma,
van llegando con su cántico lento, los pescadores.
Adiestrado en el ímprobo deber de su ardoroso afán,
viendo a él y sus pescadores,
con su pecho ensamblado, fornido y de vigorosa figura, donde el amor los espera.
Pasaron dieciocho años.
Lo grabé en mi corazón.
Como un relámpago de luz.
Pescador de sentimientos.
No solo es su vida, es pescar.
Como hijo del mar lleva a la mar,
el alma, el cuerpo en cenizas;
evocando la memoria del ser en partida
de mar adentro cumpliendo el sueño
de Marcelo Segall.
Me sentí de nuevo embriagada de ser tuya.
Un beso de bienvenida en la Caleta.
Un abrazo sutil puro de vehemencia.
Y de sentirme embrujada de amor.
¡Miguel del Mar, Mi guía en la mar!
¿Quién fuera, sino Miguel del Mar?
Que nos llevó a esa hora al encuentro con su voz interior.
El fondo de la mar removió mi resplandeciente corazón.
Le hablé al mar, como a mí misma.
Como hablaba contigo en esas noches, en esos confines.
En que la noche de aquel entonces no acabó mi historia.
Mar adentro, mar adentro para llegar a mi mar paradisíaco.
En la mar sentí tu presencia como la primera vez que te vi.
Soñé que estabas conmigo.