Secreto infantil

Por Ruth Iturriaga de Segall

Traigo a la memoria un recuerdo de un pasado infantil.
De mis primaveras de infancia son uno de los momentos
de mayor alegría que recuerdo, de mi amiguita.
Me dejo llevar por la mesura de satisfacerme
por el simple hecho de hacerlo.
Tenía una mirada dulce, que brotaba de la fuente viva.
Entre el misterio de la vida, hubo una realidad de fantasía, de lenguaje pueril.

No los detuvo el ímpetu cándido y tembloroso de sus primeros años.
La sombra era su refugio.
Eran infantes de siete y cinco años.
¡Carta, carta para la, de los rizos dorados!
Todos se reían, se burlaban.
Sensible, lloraba, mi amiguita Rosa.
¡Están enamorados, esos mocosos!
Ja, ja y ja
Deme la carta, es mía.
No, tengo que leerla primero, la bruja y fea, de su hermana mayor.

¡Fue el momento oficial y ceremonial!
Reaccionaba con maripositas en su guatita*.
Ella, sonrojada de vergüenza.
Se quedaba muy entristecida hasta no poder más.

Idealizo su primera carta por correo local.
Era una niña que solo quería saber
lo que él le escribía por primera vez.
Aún recuerdo la letra que me mostró.
«Te quiero,
Un beso,
Max.»

Eran felices corriendo, saltando,
y jugando las letras que debían aprender.
Hacían figuras de arena, pelotas y muñecas de papel.

Decían: «No entendemos el lenguaje de los mayores».
No sabéis lo que hacéis.
¡Los niños no saben de amar!

Sueños de verano.

Soñaban que galopaban. 

Se miraban con alegría. 

Se les grabó en la memoria,

idealizando, el primer encuentro. 

En un verano en la casona del litoral.


¡Secreto de niña! 

En la claridad pasaban las horas tiernas de un sueño infantil. 

Las gaviotas volaban alegres alrededor, su escondite. 

Bajo la arena blanca se juntaban sus manitos. 

Se cruzaban sombras de esperanzas perdidas.


¿Recuerdas? 

¿No te recuerdas? 

¡Los castillos de arena en la playa! 

Tempranito comiendo choritos** frescos. 

Bajo el frondoso oleaje del mar tranquilo, 

blanca arenilla brillaba; el sol saliente por la mañana. 

Sus rostros sonrientes de bondad y afecto. 


¿Recuerdas? 

¿Tú no recuerdas acaso el momento? 

Horas matinales y el brillo de sus pupilas. 

El beso en la mejilla. 

Entreabierta y perfumada de mar, 

el susurro argentino en las brisas cariñosas, 

duraron como una alusión. 

Que el tiempo con alevosía no se esfumaba.


¡Ay! ¡Grabadas en la memoria! 

¿Recuerdas? 

Ambos, si lo recuerdo. 

¡Somos inocentes! 

Decían con miedo y terror. 

Un castigo moral. 


Sentían un crepúsculo horroroso. 

De una inmensa incredulidad. 

En la mano un cristo de sanación. 

Fui testigo de tanta maldad, 

tristezas inmensas e incomprensión. 

De lo profundo del alma, agitado pensamiento, 

de una historia infantil de saber lo que es querer. 

¡Tendían sus alas para comprender lo que era el amor! 

¿Qué es amor? 

Eran infantes de siete y cinco años.


Solo se recordaba:

un recuerdo de un beso en la mejilla.

Un recuerdo de su letra pueril.

Cuán hermoso es querer sin saber qué es querer.

Solo jugar, saltar y soñar.


Un reproche de ella, tan alta, solo demostraba terror.

Su ceguera, su instinto de conservación de moral, 

de religión y del decir.


Su hermana pensó solo en el razonamiento, 

la preocupación y su invención de moral.

Solo eran niños que querían jugar.


Escribo estos versos volviendo a cantar con un espíritu libre,

los recuerdos de mi infancia.

Es una ofrenda con el aire fresco que

alguna vez tendremos alas,

induciendo la audacia o el abatimiento también llamado humano,

también llamado amor humano pueril



*  guatita: estómago. **  chroritos: mejillones.

Ruth Iturriaga de Segall

Enero 2021

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