Estaba en la puerta de salida, segura del rojo de su lápiz labial y a punto de quitar el cerrojo, cuando notó sus manos y las venas que parecían explotar. Había olvidado ponerse la crema de manos; en su bolso llevaba lo necesario: el carmín, los polvos sueltos, la máscara de pestañas, pero no encontraba lo que necesitaba. Al regresar al cuarto de baño la loción yacía sobre el lavabo. Mientras la esparcía con suaves movimientos se detuvo a mirarse. Acercó su rostro serio al espejo con los ojos fijos en las comisuras de sus labios y en la profundidad de las líneas de la sonrisa. Sus dedos recorrieron el surco desde la nariz hasta la boca. Un calor repentino la hizo bufar. Entre sus cosméticos encontró la base que prometía disimular las arrugas. Después de ponérsela con golpes de yemas, cortos y delicados, se lavó las manos, las untó con más crema y se dijo: «Ahora sí».
De pronto recordó que no llevaba brillo. La noche anterior había leído en una revista de moda que las jóvenes de hoy en día llevan brillo en la sonrisa como arma de batalla. Volvió al baño con la mirada en su teléfono móvil. Debería haber salido ya. Faltaba poco tiempo para su cita en el bar con Felipe. Quería deslumbrarlo. Hacía tiempo que no salía con nadie. Para Felipe ella se veía igual que en la secundaria y todavía era la mujer más bonita que había conocido. Le dio su teléfono apuntado en un pedazo de papel. Y ella se olvidó de él hasta el día en que cambió de bolso y encontró su número.
Desde que la despidieron se refugió en álbumes de fotos donde se la veía fuerte, joven y con mucha energía. Cerraba los ojos para recordarse y terminaba llorando con un sabor ácido en la lengua. Esa sensación de no saber dónde meterse mientras escuchaba su despido la carcomía por dentro. No, ella no se expondría a que todos la notaran. Aguantó las ganas de suplicar, y sin aspavientos puso los 30 años de servicio en su bolso.
Esa noche se había puesto un vestido rojo con escote en V, tacones altos y negros, había acariciado la piel de sus piernas con aceite de almendras y su cabello castaño se ondulaba con suavidad. ¿Y si quiere pasar la noche aquí?, se preguntó.
Y de nuevo estaba a punto de salir cuando una duda la hizo regresar. Aproximó el pecho a su reflejo y al mirar su canalillo corrió a su habitación a buscar un pañuelo que hiciera juego con el vestido y sus zapatos. Faltaban menos de 10 minutos para su cita. Debía apurarse y lo más sensato era cambiarse de ropa: unos pantalones negros y una blusa blanca de cuello alto. Con el abrigo en el brazo y a medio camino se detuvo frente al espejo del recibidor antes de salir.
En el taxi buscó su móvil para enviar un mensaje a Felipe. Con el apuro y las idas y vueltas lo había dejado olvidado sobre la cama. Iba a decirle al taxista que regresara cuando un accidente frente a ellos hizo que se detuvieran. Ella se miró en el cristal y por un instante se le cruzó la idea de que así era mejor.

Texto: Karina Miñano
Foto: IA Nano Banana