Dirigió su mirada hacia la ventana que valiente resistía los golpes de una lluvia espesa. Las luces navideñas iluminaban la oscuridad de la calle. En su sala, de pie frente a ella, él hablaba. Ella sostenía su respiración. ¿Cuántas veces lo pensó de vuelta? ¿Cuántas veces juntó las frases que le diría? Muchas, muchas veces. Al principio despertaba con los ojos hinchados y pegajosos. Se levantaba rota y se iba a dormir llena de venditas que se desprendían de sus heridas, agrietaban su piel y la hacían sangrar. Hasta que empezaron a sanar. Los sueños en los que él le pedía perdón se fueron diluyendo.
Las luces de un auto la hicieron apartar la vista del cristal y se fijó en él, en su rostro templado, en sus ojos bañados por una eterna súplica y en sus manos abiertas y temblorosas. Hasta ayer ella hubiera corrido a sus labios. ¿Por qué no lo hago? se preguntó. No podía mirarlo más. Se dio media vuelta, en busca de algo, cualquier cosa para sujetarlo entre las manos y evitar llevarlas hacia él. Fue entonces que sus brazos la rodearon por la cintura. El estómago parecía querer salirse por la boca. ¿Dónde? ¿Dónde están las mariposas? ¿Dónde está el suspiro?
Su respiración en la oreja, en su cuello, en su cabello. Ella inmóvil. Él le aseguraba que todo sería diferente, que la amaba como nadie. No había nada nuevo en sus palabras. La voz era la misma. Ya no había apuro. Ella lo sintió estremecerse cuando la abrazó, y reconoció el olor a madera de su perfume. El ruido de los autos volvió a colarse por la ventana.
Él la giró hacia sí. Se miraron. Ella no dijo nada. Él lo dijo todo. Le dio un beso suave en los labios y la volvió a abrazar. Seguro de sí. Seguro de que todo volvería a ser como antes. Ella notó la mochila que esperaba en el suelo.
Lo vio sonreír. Le dijo qué tenía una sorpresa. Corrió a la mochila y sacó una botella de champán. ¡Qué confiado está!
—¿Celebrar? —preguntó de pronto ella, con esa voz que parecía despertar de una mudez voluntaria.
—Claro —dijo él, mientras su tono se volvía festivo y sus ojos hacían juego con su sonrisa.
—¿Hasta cuándo?
—¿Qué quieres decir?
—¿Hasta cuándo me volverás a amar antes de volver a irte?
Su sonrisa se aflojó, apartó sus ojos de los de ella y solo por un instante pareció considerar la pregunta.
—No me iré, nunca más.
Un brindis pasó por su memoria.
Él la abrazó de nuevo. La besó en los ojos y en la frente.
—Nada nos separará esta vez—le susurró.
Sus oídos recordaron lo ya dicho.
Él fue a la cocina, conocía bien el camino. En esa casa nada había cambiado. Tomó dos copas de champán, las puso sobre la mesa. La botella fue descorchada con un sonido de fiesta. Sirvió un poco en cada copa.
—Brindemos por nosotros, por el amor que nos tenemos. Y esta vez —la miró fijo a los ojos— para toda la vida. Te lo juro—prometió él.
Hace dos años las mismas copas chocaron en el aire.

Texto: Karina Miñano
Imagen: Nano Banana
Una respuesta
Relato intimo y desgarrador. Con palabras que cantan una despedida de un amor largo y de vida. Palabras necesarias para sanar en estas Navidades.
Hermoso.