Postal para un desconocido

Ciudad de México, septiembre de 1930

Esta ciudad no huele a café, ni a verde selva. La ciudad de México es algarabía, con sus avenidas como la de Reforma. Es palacio y castillo como el de Chapultepec, en donde habitaron Maximiliano y Carlota y en donde unos jóvenes héroes defendieron la bandera mexicana durante la invasión gringa. 

Aquí huele a azufre, a calor de gente. Huele a todo menos a infancia. 

Los olores de mi infancia los tengo escondidos. No quiero que la nostalgia acaricie mis pensamientos e invada las noches, cuando me veo enroscada entre sábanas para intentar conciliar el sueño. 

La ciudad de México es sin duda mágica, pero aquí no habitan brujos, sino chamanes. A esta metrópoli la protege la Virgen de Guadalupe y la vigilan dos volcanes, los veo mientras recorro calles de casas hechas con tezontle rojo, la piedra que se extrae de uno de los volcanes, el Popocatépetl, montaña nevada que vive enojada pues echa humo un día sí y otro no.  

Me gusta recorrer sus mercados ya que mis ojos se llenan de añoranza por lo verde. Cuando mi mirada se posa sobre lechugas esponjadas, cuando mis dedos se deslizan por la piel rugosa de la chirimoya, o cuando el sabor de guayaba estalla en mi boca, es aquí cuando me pongo a llorar porque me acuerdo de la selva. Recuerdo Chiapas y mi infancia. 

Estoy muy lejos de la tierra que me vio nacer, pero muy cerca de lo que me he propuesto realizar. Si las mujeres conociéramos nuestra formidable capacidad para el cambio, guiadas por el instinto cavernícola de supervivencia, nos sentiríamos las dueñas del mundo. 

Hay días que yo me siento irrompible. 

Me llamo Ana y esta es la historia que escribo para ti, papá. 

Estos últimos años de mi vida son los que te pueden interesar. Eso sí, me han advertido que escriba como si no fuera a leerlo nadie. Y yo sonrío, pues qué más quisiera yo que me leyeras, pero sé que eso no sucederá.  

Estas líneas deben de semejar el diario que no he escrito. El relato de vida destinado a la única persona en la tierra que no me conoce. Este eres tú. 

Qué extraño es el destino, ¿no crees? Si no fuera porque tú te fuiste, yo no estaría aquí. No habría dejado Chiapas. Pero te fuiste sin permiso, papá. Las personas como tú no tendrían derecho a desaparecer así, tan de repente. 

Estoy sola. Esperando.   

Pero tú, nunca llegas. 


Texto, audio e imagen: Mayte Calderón Grobet


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