Sakura

La policía destrozó la puerta del vecino del primer piso.

Escuché los golpes desde el cuarto. Subían por el hueco de la escalera, secos, metálicos, y hacían temblar el edificio entero. Cada embestida retumbaba hasta mi piso como si no estuvieran forzando sólo una puerta.

Tuvieron que echarla abajo para que los paramédicos pudieran entrar. 

El hombre, de cuarenta y ocho años, fuerte, deportista, había sufrido un ictus. El mismo que en verano llevaba camisetas ceñidas bajo las que se adivinaban los músculos. Por eso costaba imaginarlo así: quebrado de pronto por algo invisible. Como si el cuerpo, de un momento a otro, dejara de obedecerle.

Pasaron varios días antes de que volviera a verlo. Nos cruzamos en el portón de entrada. Me contó que no era la primera vez que sufría un derrame cerebral. Dijo también que una amiga, al extrañarse de que no respondiera al teléfono, había decidido no esperar. Gracias a ese gesto mínimo que separa en ocasiones la vida de la muerte, llegaron la ambulancia y los paramédicos.

Pensé entonces en esta forma de seguir atados unos a otros: una llamada, una ausencia, una sospecha. Llevar el móvil encima como quien lleva un hilo tendido hacia los demás. A veces parece una carga; otras, una forma de amparo. Todo sucede deprisa. En ocasiones, la vida depende de que alguien advierta a tiempo una mínima alteración en la costumbre.

¿Alguna vez has tenido la sensación de que no hay tiempo que perder?  Quizá por eso, en los países nórdicos, cuando sale el sol, la gente deja lo que está haciendo para darle cara. Como si fueran sacerdotes de un dios solar, rezando para que los rayos sagrados bendigan la piel. Saben que la luz puede durar poco o que al día siguiente puede llover. Nacen con la conciencia de que hay cosas que no esperan.

El incidente con el vecino ocurrió en los días en que la ciudad se cubrió de un velo rosado. Florecieron los cerezos, como en Japón en donde el sakura dura apenas unos días. Aparece y cae con una belleza inseparable de su final. Los pétalos cubren el suelo y lo vuelven más hermoso justo porque ya están perdiéndose.

La intensidad de lo breve, lo que llaman en el país del sol naciente el mono no aware. La tristeza suave que dejan las cosas al pasar.

Vi caer los primeros pétalos cerca de la estación de metro de mi casa. Al detenerme, constaté que ya varios se habían posado sobre mi chaqueta, como escarcha de nieve color rosa.  A mi alrededor, la gente caminaba deprisa. Algunos se detenían unos segundos, sacaban el móvil, tomaban varias fotos y sin mirar más seguían su camino.

Yo no había salido por eso. Después de semanas, por fin tenía una tarde libre y no sabía qué hacer con ella. En la inquietud de cuerpo y mente, quedarme en casa, de pronto, parecía más difícil que salir.

Las flores cubrían las ramas casi por completo. El árbol parecía transformado, como si durante unos días le hubiera sido concedido el exceso. Algo tan bello en medio de un pavimento vulgar, de paso hacia una estación de metro saturada de pasajeros.

Pensé en lo poco que durarían las flores. Pensé en aquel hombre que por un instante pudo morir.

Esa tarde un niño corrió detrás de una ráfaga de pétalos. Quiso atraparlos antes de que tocaran el suelo, pero no lo logró. Aun así, siguió su camino, repleto de risas para volver a intentar atrapar, aunque fuera solo uno. Hay cosas que intentamos retener: una conversación, una tarde, la infancia, el primer amor, pinceladas de felicidad guardadas en los rincones de la memoria. Pero no todo permanece.

Como los pétalos del sakura.

Un pétalo cayó sobre mi brazo y esta vez no lo aparté. Se quedó allí hasta que la luz empezó a bajar. El suelo estaba cubierto de flores. Los árboles seguían siendo hermosos, pero ya comenzaban a perderse. Antes de irme, levanté la vista una vez más hacia las ramas y me coloqué debajo de ellas. Como lo había hecho el niño.

No pensé en cuánto faltaba para que desaparecieran. Pensé en que habían estado allí.

Y en que yo, por esta vez, también lo estaba.  


Texto e imagen: Mayte Calderón Grobet


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