Buen Corazón

Mientras esperaba a que su jefa le devolviera la llamada, escribió rápidamente algunas de las palabras que salían en las noticias, luego usó su teléfono móvil para buscar la traducción. Hace más de un año que vive en este país y no entiende el idioma, tampoco habla inglés.

Supo que, desde ese mismo instante, los negocios no esenciales debían permanecer cerrados por, al menos, quince días. Quería confirmarlo con su jefa, pero ella no le devolvía la llamada, tampoco sus mensajes. Kulap, su compañera de piso, no estaba con ella para traducir el mensaje del primer ministro. Había ido a visitar a sus padres, a más de once horas de vuelo desde aquí. Anong estaba sola en ese pequeño departamento. Usaba el traductor del teléfono para enterarse de las cosas y leía las opiniones de su grupo de connacionales a través de una red social. Luego se enteró que los quince días se extendieron, que su trabajo seguirá cerrado por un par de meses más, que su compañera de piso no podrá regresar porque su madre cayó enferma y Kulap está en cuarentena. Además, el arrendador le envió un mensaje de texto para recordarle que irá a recolectar el alquiler a las tres de la tarde del día treinta. Contó el dinero que tenía y lo que Kulap dejó sobre la mesa antes de ir a visitar a sus padres. Hizo cálculos, el alquiler estaba seguro y le alcanzaba para la comida de algunos días. Antes su jefa le había respondido diciéndole que no había trabajo, que el local estaría cerrado hasta junio por lo menos. Anong necesita ayuda. Sin ingresos no podrá pagar el siguiente mes de alquiler. Le ha pedido a su jefa que interceda por ella ante el propietario de la casa. Pero a la dueña del local, donde hacía la manicura sesenta y cinco horas a la semana, parece no importarle. Angustiada pidió apoyo a su grupo online, mas solo ha recibido críticas por no haber aprendido el idioma a tiempo.

Escribió una carta al dueño de la casa, usando el traductor, y la puso dentro de un sobre con el dinero del alquiler, le explicaba que no podrá pagarle el siguiente mes porque no tiene la parte de Kulap, que no sabe cuándo regresará y que ella solo gana por comisión por el trabajo que realiza. Pero el propietario no le respondió, por lo tanto, se animó a enviarle un mensaje por teléfono y a los diez minutos recibió respuesta. El arrendador pedía que le escribiera de forma apropiada o en inglés. Entonces Anong le respondió con tres palabras, no tengo dinero. Confiaba en que él comprendería la situación. Cuando leyó la respuesta en su traductor sintió que la casa se hacía grande, que el viento frío se colaba por las paredes y que la oscuridad de la calle le penetraba el corazón. No es mi problema, si no puedes pagar, te vas. No pudo dormir recordando esas palabras. A la mañana siguiente sus ojos estaban rojos e hinchados. La casa que habitaba le pareció enorme, y añoró la tierra de sus padres. Se levantó de prisa y corrió a contar el dinero en efectivo que le sobraba, no era mucho, y en su cuenta de banco tenía cincuenta euros de su último pago. Pidió ayuda a su jefa otra vez, pero esta le dijo que ya no necesitaba de sus servicios y que cuando las cosas mejoren la contrataría de nuevo. Le rogó por ayuda, la que sea. Su todavía jefa le prometió algo de dinero, y le advirtió que no la volviera a llamar.

El alquiler le cuesta mil euros al mes por un departamento de veinticuatro metros cuadrados en las afueras de la ciudad. Su ahora exjefa le ha enviado 300 euros. Ha vuelto a pedir ayuda a su comunidad en línea. Ha vuelto a escribir al dueño de su casa. También le ha escrito a Kulap. Pero hasta ahora no recibe respuesta. Faltan casi diez días para fin de mes. Mañana Anong tocará las puertas de sus vecinos tal vez pueda limpiar o hacer otros trabajos, confía en el buen corazón.


(© 2020 Karina Miñano Peña)

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