Cada día le cuesta más despedirse de las sábanas pero aún así intenta seguir con su rutina. En la ducha se queda con los ojos cerrados sintiendo el agua, hoy se tropieza al salir y se le enreda el pelo en el secador, otra vez.
Se pone las gafas para mirar el móvil, no hay mensajes, luego la camiseta, no le entra por tener las gafas puestas, se medio quita la camiseta, se quita las gafas, se pone la camiseta, el jersey y ¡por fin las gafas! Ya no se molesta en ponerse los vaqueros, no quiere, además, enfrentarse al aumento de peso.
Hoy ha avisado de que se conectaría diez minutos tarde al café virtual de por las mañanas. Han sido veinte. Se ha conectado. Ha preparado su café indonesio, las galletas de arroz, la mermelada de naranja y jengibre, la mantequilla, las vitaminas, los probióticos y el concentrado de arándanos para la infección de orina. Nadie al otro lado. Ha vuelto a enviar un mensaje de WhatsApp a su grupo de café virtual, antes real. Solían reunirse en una cafetería de toldo azul, con una barista iraní, siempre con una sonrisa y sus habituales entrando y saliendo y saludando. Ya hace cuatro semanas que no es así. Sin darse cuenta empieza a rascarse el eczema que le ha salido detrás de la oreja derecha. Ha comprobado que su micro y cámara estén en funcionamiento. Hoy ella necesita más que nunca ese café
con sus amigos. Ayer le llegó una mala noticia y no quiere llorar sola.