Por Karina Miñano
Sin duda, todos hemos sufrido alguna vez la picazón de zancudos o mosquitos como también se les llama. No hay verano que termine sin que yo haya sido picada una, dos, y más veces por esos fastidiosos insectos. No sé si soy demasiado dulce o si estos pequeños demonios alados han decidido que soy su blanco favorito. Cada vez que me pican, mi piel se convierte en un lienzo de moretones como si estuviera destinada a llevar un registro visible de sus ataques.
Cuando me veo rodeada por una nube de mosquitos, me pregunto por qué me eligen. Tal vez soy la reina de las picaduras y no lo sé. Desearía que fuera una bendición en lugar de una maldición, pero no es así. Esas picaduras son incómodas, me duelen, y los cardenales que me dejan son un mapa de mis apasionados encuentros con ellos. Y no hablo solo de las piernas, sino también de los brazos, el cuello, las manos y hasta la cabeza.
Y claro, me intriga saber por qué me prefieren y no a las otras personas que están a mi lado en el momento de la arremetida. Investigando un poco, descubrí que esos insectos tienen una inclinación por las mujeres debido a varios factores. Uno de ellos es el tipo de sangre y el pH de nuestra piel. Parece que las mujeres tenemos un pH un poco más ácido en la piel que los hombres, y esto es como un imán para los zancudos. Además, ciertos tipos de sangre, como el tipo O, los atraen más. Así que, si eres una mujer con sangre tipo O, eres un objetivo delicioso para ellos.
Hace poco, cansada del calor sofocante del verano y de esconder las contusiones con ropa larga, decidí aventurarme al aire libre en shorts. Los moretones de picaduras anteriores se notaban con claridad en mis piernas, pero no me importaba. Lo que no imaginaba era que aquel atrevimiento me llevaría a vivir una experiencia bastante peculiar.
Caminaba por el parque cuando una mujer se acercó a mí con una expresión de profunda preocupación en su rostro. Miró los moretones en mis piernas y rápidamente sacó su teléfono con la intención de darme los números de organizaciones que podrían ayudarme. Me quedé perpleja sin entender por qué estaba actuando de esa manera.
Cuando me di cuenta de lo que pasaba, intenté explicarle que eran picaduras de zancudos, que tan solo tenía una reacción exagerada a ellas y que no era víctima de abuso doméstico ni de ningún tipo de violencia. Pero ella no me creía. Parecía decidida a protegerme a toda costa sin importar cuánto intentara convencerla de que todo estaba bien.
Fue un momento extraño y hasta un poco cómico. Me sentía atrapada en una especie de malentendido descabellado. La mujer seguía insistiendo en que me ayudaría, mientras yo trataba de mantener la compostura y explicarle la verdad sobre mis magulladuras.
Finalmente, después de mucho esfuerzo y paciencia, la mujer dejó todos los números escritos en un papel, me tomó la mano, la abrió, colocó la nota y la cerró, en tanto me miraba preocupada. Me dijo que no dudara en llamar si alguna vez necesitaba ayuda. Agradecí su amabilidad casi balbuceando y la vi alejarse hasta que desapareció de mi vista.
Permanecí allí sosteniendo el papel y repasé lo que acababa de suceder. No pude evitar reírme de la absurda situación en la que me había encontrado. El picor de mis amigos, los zancudos, me hizo protagonista de algo que parecía sacado de una comedia surrealista.
Así que mientras me rascaba una picazón persistente en la pierna y observaba los moretones que adornaban mi piel, me di cuenta de que a veces, la realidad puede ser más extraña que la ficción. Y que en ocasiones, incluso los zancudos me pueden llevar a situaciones como esta, dentro de mi vida cotidiana.
Texto y foto: Karina Miñano
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