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Diálogo con el mar

  • Mayte Calderón Grobet
  • mayo 25, 2025

Noches blancas caídas sobre el mar Báltico. Playas casi inexistentes tragadas por la formación de rocas matizadas de gris y verde. Paisajes saturados de pinos retorcidos y bosques vírgenes. Otras playas de arena fina, aguas transparentes. Agua insípida al gusto, en contraste a la de mares lejanos saturada de sal que, al lamer la piel, deja una cortina blanca. 

Acantilados impresionantes al lado de pueblos pintorescos. Bosques y más bosques. 

Casas pintadas de color rojo cobrizo en donde la quietud asusta el ansia. Niños dorados por el sol de un verano intenso, el mismo sol que pinta cielos luminosos al atardecer, para después esconderse en la garganta del Báltico. Recuerdos de búsquedas interminables con los amigos de la infancia para capturar cangrejos al ocaso, con prisas para alargar lo más posible los días y las noches antes de volver al colegio. 

Así crecí todos los veranos de mi infancia en Suecia.

Mientras mi padre conducía su Volvo 244 color naranja hacia la costa, mi hermano y yo planeábamos las escapadas a la playa y las salidas en bote de remo. Ignorantes de otros mundos y mares. Felices de poseer el Báltico. 

Esta era mi relación más estrecha con el mar hasta que conocí el Mediterráneo español. 

Sucumbí al encanto de las aguas que rodean Cabo de Palos. Entre algas pardas existe todo un cementerio submarino en donde duermen pecios que despiertan la curiosidad de hombres vestidos de neopreno y tanques de oxígeno sobre la espalda. Reconozco que son capítulos de historia enterrados para la posteridad. Vidas que quedaron suspendidas bajo la fría piel del mar, y que bien valen la pena explorar. 

Pero yo no soy hombre de neopreno. Prefiero la máscara, un par de aletas y un pulmón acoplado al esnórquel. Gracias al buceo de superficie, he conocido la libertad que siento cuando sumerjo el cuerpo aguantando la respiración en un reto que me mantiene ocupado durante horas. He seguido peces incoloros que se confunden con el suelo arenoso poblado de Posidonia salvaje que con sus enormes tallos parecen bailar al vaivén de un vals oceánico. También he negociado espacio con un pulpo terco que no dejaba de seguirme. 

—Cierra los ojos y escucha, porque el mar te puede hablar —esto te lo digo yo a ti porque sé que es verdad. Entiendo que hay algo de locura en mis palabras; pero te aseguro que escucho la voz del mar cada vez que camino por sus playas. ¿Sabías que algunos pescadores dicen que la mar es hembra? Yo así lo percibo cuando escucho la voz de las olas. Su lenguaje me llega cada vez que la marejada me roza los tobillos para después salpicar mis piernas con espuma. Conmigo la mar es suave y comprensiva. No es una mujer de mala suerte, como se pensaba hace más de cien años.  

He seguido peces incoloros que se confunden con el suelo arenoso poblado de Posidonia salvaje…

De niño creía en una criatura nórdica llamada näcken, un ser fabuloso que habita en las aguas tranquilas y estancadas de lagos, ríos y pantanos. Es un espíritu cambiante ya que puede adoptar la figura de una mujer o también ser un bello joven virtuoso del violín. Había que andarse con cuidado porque era fácil sentirse atraído por su música y acabar ahogado en el fondo del lago. Así que aprendí a nadar para defenderme de este ser mitológico al que nunca llegué a ver. 

— Me siento triste —susurró un día la mar.

—Triste, ¿por qué? —le contesté mientras me calzaba las aletas a su orilla y ella me acariciaba la piel. 

—Mira el horizonte y los verás. Acorazados de hierro, arrojando miles de veces sus escorias a mis aguas —volvió a murmurar. 

Antes de ponerme la máscara fijé mi vista para poder distinguir dos cargueros parados, enfilados y esperando turno para entrar en el puerto. Así que eran ellos, los culpables de que el mar se tragara tantos escombros y desechos. 

—Amiga mía, vomita todo lo que puedas a la playa que, aunque me tarde toda la vida, te prometo limpiar tus arenas —sonó mi voz entre las olas. 

Miré a la lejanía, decidido a proteger la Posidonia, planta esencial que, con sus praderas, es refugio de numerosos peces, crustáceos y moluscos. Los mismos que salen a mi encuentro cada vez que retengo la respiración y bajo a visitarlos. 

—¡Estos son mis bosques marinos! —grité a contraviento. 

Y de un chapuzón me entregué al frío abrazo del Mediterráneo.


Texto y foto: Mayte Calderón Grobet


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