Éramos muchos: mis tíos, mis primos, mis abuelos, nosotros. No sé cómo, pero todos entrábamos en aquella camioneta destartalada. Mi abuela preparaba las cosas la noche anterior. Mis tíos y primos llegaban un día antes para la cena y, luego, cada uno se acomodaba como podía para caber en la mesa y también para dormir. En cada cama dormían dos personas. Nosotros, los más pequeños, ocupábamos poco espacio —según una de mis tías—, y por eso éramos tres en cada cama. No tengo idea de como, pero, así incómodos, lográbamos quedarnos dormidos.
Yo soñaba con la piscina de arena que cavaría al día siguiente y que se llenaría con el agua del mar. Nos levantábamos muy temprano, y la abuela ya tenía la canasta en la puerta, con una olla inmensa envuelta en toallas para mantenerla caliente. El aroma del clásico arroz con pollo de los domingos inundaba la casa entera. Platos, vasos, gaseosas, cervezas, pelotas, palas, baldes, frutas… cada uno de nosotros debía cargar algo, además de nuestras toallas y ropa.
—¡Todos al auto! —gritaba mi tío desde la puerta.
Mi abuela siempre era la última en subir. Ella y su hermano iban adelante, y sobre sus faldas, una de mis tías. Atrás, cinco personas, y cada una llevaba a otra más sentada sobre sus piernas. Nosotros, los chicos, íbamos en la maletera abierta, junto con el almuerzo, la sandía, las bebidas y los juguetes. Todos conversaban, se reían a carcajadas, y mi tío ponía la música muy alta.
Y así nos íbamos, cada domingo, siempre rumbo al sur.
Texto: Karina Miñano
Foto: El último que cierre la puerta on wordpress
Escucha Domingos rumbo al sur en la voz de Karina