Había evitado este momento con la misma destreza con la que se esquivan los espejos en los ascensores, las sombras en los escaparates, las ventanas por la noche. Está ahí, frente al espejo del baño, desnudo y quieto, con los brazos colgando a los costados como si no le pertenecieran.
El reflejo lo recibe sin compasión. Se mira y siente un peso en el pecho, una punzada helada en la boca del estómago. El hombre que ve no es el que recuerda. Antes, su cuerpo tenía otra tensión. Sus brazos cargaban sin esfuerzo, su espalda no se encorvaba después de un largo día; podía ver sus pies. Ahora, la piel le empieza a colgar bajo sus pectorales, su cintura ha perdido definición, su frente ha crecido hacia atrás y sus ojos llevan una tristeza densa, de esas que se instalan sin permiso.
No se reconoce. Se aferra a la imagen del hombre que fue, el que entraba en cualquier habitación con la confianza de ser visto, el que sentía la admiración de ella en cada roce. ¿Cuándo dejó de ser suficiente? ¿En qué momento se convirtió en la opción descartable? Desde que ella se fue, su reflejo se ha convertido en una amenaza. Ella, que decía amarlo, que le sonreía en la penumbra de la madrugada, que trazaba líneas invisibles sobre su pecho como si fueran promesas. Ahora, su risa pertenece a otro. A alguien más joven, que aún camina con la seguridad que da un abdomen plano y una frondosa cabellera.
El pensamiento lo atraviesa como un bisturí. Aprieta los puños y los dientes. Un ardor lo quema por dentro. Su piel se humedece, su pulso se acelera y sus ojos brillan. No se permite llorar. Quiere mirar hacia otro lado, pero el espejo no lo deja.
Da un paso adelante. Su imagen lo imita. Algo es distinto. La piel se tensa apenas un poco, los hombros se alzan, los años se repliegan en la ilusión de un instante. No es un cambio evidente, es apenas un susurro en el reflejo. Un truco de la luz, tal vez.
El pensamiento lo atraviesa como un bisturí. Aprieta los puños y los dientes.
El aire en la habitación se espesa. Hay un fulgor extraño en el vidrio. Su imagen, la otra, la que parece apenas diferente, lo observa con una expresión que no debería tener. Y en ese instante, la voz. No un sonido, sino una idea que se enreda en su pensamiento. No sabe si proviene del espejo, de su imagen reflejada o de él mismo.
«Aún puedes volver.»
Se estremece. Su reflejo sonríe, se da cuenta de que no es su sonrisa.
«Solo mírate de verdad.»
Y lo hace. Se observa como antes lo hacía ella, en busca de lo que todavía puede recuperar. Quiere creerlo. Quiere que sea real. Quiere que lo imposible suceda. De pronto, la idea brota como un veneno: quiere que ella lo vea así, guapo, fuerte, rejuvenecido, que se arrepienta, que entienda lo que ha perdido. Que su ausencia le duela como una herida que arde y sangra.
Extiende la mano. Su palma roza la frialdad del espejo. Algo cede, como si el vidrio no fuera sólido, sino algo maleable. La habitación se llena de una luz extraña. Su reflejo, o lo que queda de él, lo espera.
«Nada es gratis en este juego», le habla la voz en su cabeza.
Parpadea. Sus ojos son más jóvenes, la piel más tersa, puede ver sus músculos tonificados. Hay algo más que ve y que no se atreve a preguntar. La sonrisa en el espejo se ensancha, y en ese gesto se esconde la respuesta que teme. Lo siente en la piel, en los huesos, en un rincón de su mente donde aún resuena la advertencia no pronunciada. A pesar de ello no retira su mano del espejo.
Un escalofrío le recorre la espalda. Es un precio muy alto. Lo sabe. El aire se le queda atrapado en los pulmones, la garganta se cierra, y un temblor lo sacude. Sabe que no está bien, que envejecer es lo normal. El nuevo amante no escapará de ello, solo debe esperar a que suceda. Resignado, decide apartar la mano, pero ya es tarde. El vidrio lo ha atrapado. Mira a su alrededor a través del espejo y, con horror, ve lo que más le duele perder, suspendido en un vacío sin nombre.
Y entonces, todo cambia.
Texto: Karina Miñano
Foto: Getty images
Escucha El otro que mira en la voz de Karina