Escamas negras

Por Patricia Cardona Roca

La sangre abandonaba su cuerpo a la velocidad de un glaciar en un fluir hipnótico.  Milímetro a milímetro la vida se alejaba de él. Yo me recosté a su lado para observar cómo su néctar se contoneaba entre las baldosas turquesa, que él había elegido, de la cocina. Ahora por fin me parecían bellas gracias al contraste. Tenía razón, me han acabado gustando. Su humor danzaba un adagio separándose en ángulos de noventa grados para unirse de nuevo tres mosaicos después. Me recordaba al caleidoscopio que me hizo mi abuelo.

Apagué las luces de la cocina para dejar que los neones del bar de alterne cambiaran la iluminación de la escena. Me empecé a aburrir. Como siempre. Me metí en la ducha para sentir algo. Al salir estaba más pálido que aquel verano en Fire Island. Saqué mi cámara Kodak desechable y le hice un plano cenital subida a la encimera. Una cuando los neones estaban encendidos y otra cuando estaban apagados. No creo que nadie me vaya a pagar por publicarlas pero tal vez sus padres quieran tener un recuerdo. Me gustaría verlo retratado por Vermeer, no tanto por Freud. 

La harina que había comprado para hacer tarta de manzana la esparcí alrededor de su figura como si fuera cocaína. Puse una manzana verde en su mano izquierda, la derecha la tenía detrás de la espalda, cayó sobre ella en un intento fallido de no caer con todo su peso contra el suelo. Siempre fue un poco patoso, cosa que me hacía reír mientras le amé. Ahora, esta posición imposible, en la que sólo un cadáver parece estar cómodo, me arranca una carcajada. Saco el iPhone y me hago un selfie mientras hago el amago de darle un mordisco a la manzana. Me sale fatal y la borro. Pongo su vinilo preferido de Louis Armstrong. Mientras suena Basin Street Blues me pongo su falda predilecta, me pinto los labios de negro y salgo a la calle solo con eso. Descalza, con una falda de tubo hecha de escamas negras, con mis pechos al descubierto dejo que la lluvia abrillante mi cabello y me cubra las lágrimas. 

Así empezaba la autobiografía de Susan Bacuzzi que me estaba leyendo aquella noche mientras sorbía un té irlandés. Susan escribió toda su obra en la cárcel de Bedford Hills en Nueva York. Nunca cuenta si mató o no a sus tres maridos, sólo describe las escenas en una composición de colores, recuerdos y emociones. Oí un ruido en la cocina y me giré, vi a mi marido con sus pantalones de chándal de los domingos preparándose unas tostadas. Me dio un pinchazo en el pecho. Miré las baldosas verdes que él había elegido y me ardió el estómago. Se encendieron las luces del bingo que nos acaban de abrir en frente, noté palpitaciones en mis sienes y unas gotas frías recorrieron mi espalda. Recé para que esta vez me saliese mejor que a Susan. 


© Patricia Cardona Roca

Foto: Nöele Mauri

IG https://www.instagram.com/noellemauri/


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