Fragmento de vida

El niño no dejaba de chillar. Qué pena me daba la madre, lo balanceaba con movimientos fuertes y desesperados. Ocultaba las noches sin descanso. El antiguo oficio de ser madre. Me levanté de un salto; con suavidad le quité al bebé mientras ella suspiraba. 

Qué criatura tan perfecta. Fue un momento memorable. El pequeño me sedujo de inmediato, sus ojos arremetían mi mirada con el fulgor de un mar azul intenso. Sus piernas tenían unos pliegues de carne rosada y delicada. Qué hermoso era, cuánto pelo de rizos artísticos, qué pies más largos y delicados, qué bien olía. 

Le susurré al oído todos aquellos cumplidos despacito. Sentí bienestar. Me pareció que todos mis sentidos se volvían más atentos. Tenía entre mis brazos un fragmento perfecto de vida. Un abrazo de responsabilidad me cubrió de inmediato. Supe que habría que protegerlo de todas las sombras malvadas al acecho en los rincones de la casa. 

El debió de notarlo y se calmó. 

Con toda la delicadeza de mis labios lo besé, pactando así el roce de un hada madrina. 


Texto y foto: Mayte Calderón Grobet


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