Hacia el sol

Corría sin mirar a los costados con las pupilas devoradas por el pánico y la desesperación tallada en la cara. Todo a su alrededor se reducía al ardor en sus pulmones y el martilleo constante de sus pies contra la arena. El aire raspaba su garganta; su respiración, un jadeo que luchaba contra el calor implacable. En el horizonte, espejismos que titilaban como burlas. Sus piernas, llenas de hematomas, se negaban a detenerse. Lo acompañaba una nube de arena que se pegaba a su sudor. No le importaba la brasa del calor debajo de sus pies descalzos y rajados. Los ojos, hundidos y rojizos, se mantenían clavados hacia el frente. 

El sudor descendía por su rostro y trazaba líneas en una piel que había olvidado cómo era estar limpia. Su cabeza, inclinada hacia adelante, parecía querer ocultarse del sol que no perdonaba. Sus labios partidos se entreabrían para tomar aire, mientras el polvo y el calor convertían cada bocanada en una punzada. Recordó la mirada aterrorizada de su hija el día que se lo llevaron. Esa mirada y la esperanza de cambiarla por una de felicidad era lo que lo había mantenido vivo en los peores días. Su mandíbula se tensó; el recuerdo de su familia lo empujaba tanto como el terror a lo que dejaba atrás. 

El terreno cambiaba cada cientos de metros. Del concreto ardiente pasó a un manto de arena que se colaba entre las grietas de sus piel. Los granos le quemaban y mordían las heridas de las plantas de los pies, y aun así no dejó que el ritmo cediera. Había aprendido a moverse pese al dolor. Era la única manera de resistir cuando el encierro lo redujo a un trozo de carne frágil bajo las botas de los guardias.

¡Corre!

La orden no necesitaba voz; gritaba dentro de su cabeza y se mezclaba con imágenes vividas: la marcha de los soldados al acercarse a su celda, la garganta cerrada. A veces no había palabras, solo la mirada vacía de los carceleros antes de descargar el castigo. Recordó el sabor de la sangre en su boca, cómo el calor espeso de su propia carne escurría por su barbilla y sus dientes apretados para no darles el lujo de escuchar su llanto.

Esos recuerdos, todavía frescos, se diluyeron cuando tropezó con una roca y cayó de rodillas. Las manos se hundieron en la tierra, le pareció más suave que el suelo del calabozo donde había pasado los últimos catorce meses. Su pecho subía y bajaba en un esfuerzo por equilibrar su respiración. Permaneció así unos segundos mientras la arena le quemaba sus palmas sudadas, aunque no tanto como el cemento al que había estado atado en noches de castigo y miedo a caer dormido. Los recuerdos se agolparon de nuevo: el pan mohoso que había mordido con desespero, el agua turbia que no apagaba la sed, los alaridos de hombres que nunca volvió a ver. Su mente regresó a su madre. Los días en su hogar cuando era niño, el aroma a sopa caliente en toda la casa. Algo tan simple, tan fuera de su alcance ahora. Sus rodillas temblaron al levantarse.

¡Corre!

El sol era un cuchillo sobre su cabeza. Los objetos se deformaban en vibraciones líquidas, como si el suelo y el aire estuvieran hechos de agua hirviendo. En la distancia, un árbol proyectaba una sombra delgada, casi irrelevante. Él no confiaba en su vista; el encierro le había robado la certeza de distinguir lo real. Nada podía ser verdadero después de tantos meses entre paredes que olían a metal y angustia.

«…el encierro lo redujo a un trozo de carne frágil bajo las botas de los guardias.»

No escuchó sus pasos crujir en la arena. Había perdido la capacidad de medir el tiempo. Los días en la cárcel habían sido iguales entre sí, interminables. Al principio, pensó que el tormento sería breve. ¡Qué equivocado estaba! Después de los golpes, de cada humillación, sus esperanzas se hacían más delgadas. Lo único que quedaba era el hambre, el cansancio y el deseo de un fin.

¡Corre!

El calor le dio en el rostro cuando una corriente levantó la arena y llenó sus pulmones. Bajó la velocidad al toser; notó su nariz seca por dentro y el aire caliente intentó ahogarlo. Detrás de él las paredes de su celda parecían extender las manos para alcanzarlo. La imagen de los guardias volvía a su mente, las sonrisas crueles, los insultos: «Eres un muerto que camina». Casi sonrió al pensar en las caras de esos custodios si lo hubieran visto correr.  

El sudor cubría sus lágrimas, y el sol las evaporaba antes de que llegaran a su cuello. Pensó en su esposa, en el encuentro. La imaginó a lo lejos, lo alentaba a correr más rápido, con los brazos abiertos. «Vamos a estar bien», la escuchó decir en su mente, y esas palabras se convirtieron en su faro. El sol no perdona al que corre. Su piel le ardía, pero esa sensación no era nueva. Había sobrevivido al frío de las noches sin ropa, a la humedad que le atornillaba los huesos. Sobreviviría ahora.

¡Corre!

Corría, a pesar del ardor en todo su cuerpo. Corría para dejar atrás el cansancio, los castigos, el miedo, las celdas, los gritos, las marcas de una culpa que nunca fue suya. Sobre todo corría para abandonar los recuerdos en el camino. No permitiría que lo alcanzaran. 

Corrió.


Texto: Karina Miñano

Foto: generada con AI


Escucha Hacia el sol de Karina en la voz de Anabel

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