Invitada junio 2022: Luisa Varela Tychsen

La cuneta

«Pero ¡seré gilipollas!». Tirada en la cuneta de la A-3 de camino a Madrid mirando a los coches que pasaban a 150 KM/hora; solo se me ocurría reprocharme lo idiota que había sido al ser tan tajantemente claro con el trol que me llevaba de pasajero. Ni siquiera habíamos llegado a Arganda del Rey (ni siquiera hasta Perales) cuando mi aguante se fulminó y brotaron de mi boca palabras sinceras que no eran más que un eco del mismo mensaje que llevaba días y semanas y meses comunicando pero que hasta ese momento el trol no había captado. O bien a lo mejor sí lo había captado, y simplemente esperó el momento en que yo estaba enteramente a su merced para hacerme comprender que aún tenía poder para hacerme la vida difícil.

Intentaba alejar mi maleta del bordillo del asfalto y calculaba la distancia hasta la última gasolinera que habíamos pasado; cuando me asusté por la ráfaga fuertísima de viento que dejó atrás el paso de un camión de mercancías. Di gracias a los ingenieros de obras públicas porque había un trecho de mala hierba entre los coches y la valla que separaba la carretera del campo lindante. En otras carreteras ya me habrían atropellado. Mientras arrastraba la maleta pensaba que tardaría unos cuarenta minutos andando bajo el sol de la tarde para llegar a la salida. Suerte entonces, supuse, porque dentro de lo que cabía podría haber sido bastante peor. Podrían haber sido horas, o el camión me podría haber arrastrado, o podría estar lloviendo. Caminaba pensando en el último accidente mortal que había visto un día de lluvias bárbaras; y en la imagen grabada en mi mente de un hombre con sangre por todo el cráneo ambulando confuso con las manos extendidas. Di gracias de que ese no era mi contexto.

Mi contexto era que un trol me había acosado en el trabajo. No era mi jefe, pero llevaba años en la empresa. Al poco de empezar como secretaria de dirección; él consiguió mi número de teléfono y mi dirección en recursos humanos. Entonces comenzó a llamarme a todas horas, pero después de unos días le bloqueé el número. Entonces empezó a plantarse en el portal de mi casa tan a menudo que el portero pensó que era mi novio. Le expliqué al portero que ese trol me hacía el trabajo difícil porque se ponía a pie de mi mesa e impedía que contestara el teléfono ni que atendiera a nadie más (que como ayudante del director era más bien el propósito de mi rol). El portero me contestó que no era de su incumbencia. Los del trabajo me comenzaron a atosigar casi tanto como el mismo trol diciendo que yo era muy dura con él y preguntando por qué razón no quería salir con él si era un tío muy majo y de buen corazón. A la vez mi jefe me llamaba la atención por estar coqueteando durante las horas que me pagaba y no estar a lo que tenía que estar. Yo tampoco lo entendía ya que nunca hice jamás nada que le pudiera dar aliento; al no ser que su comprensión de una mera sonrisa en los primeros días de estancia en el despacho le indujera…  Dejaba de sonreír y me ponía seria para todo en cuanto olía que se acercaba, pero nada. Le dije claramente que no me interesaba, pero nada. Le decía que él a mí no me conocía, y eso le daba igual. Me vi forzada a intentar empujarle a un lado para poder atender a la gente que se acercaba con razones legítimas. Los demás en el trabajo comenzaron a preguntarme por él si no estaba en algún momento, y cuando explicaba que daba gracias por tener un suspiro de su persecución incesante me llamaban la atención por exagerar.

Total, que por fin después de meses sin comer al mediodía, para poder hacer entrevistas en otras empresas; tenía la esperanza inagotable de que iba a ser mi última semana. Sin embargo; fue necesario organizar unas reuniones en Tarancón con noche en hotel. Después de un día larguísimo de reuniones tuve que lidiar para entrar en mi habitación empujando al trol borracho a la vez que tiraba de la puerta; y entonces empezó a alternar entre llamarme zorra calientapollas y lesbiana frustrada y asquerosa. Al rato llamaron de recepción para comunicar quejas por las voces en el pasillo. Dije que se ocuparan ellos que no era la habitación de él y no le iba a dejar entrar; pero supongo que el trol se cansaría solo, porque después de una hora se fue o no lo oí más. Di gracias de que no había logrado entrar en la habitación. Al día siguiente lo cierto es que no sé si entre él y los demás lo planificaron o lo improvisaron para que yo me viera obligada a volver en su coche; o si fue casualidad que nadie más pudo esperar treinta minutos para que yo recogiera todo el material. Si yo quería volver con mi jefe, pero él tenía prisa para recoger a sus hijos. Hubiera vuelto con cualquier otro, pero cuando salí sólo quedaba el trol. Así acabé en la cuneta.

Entonces pensé en lo indefensa que estaba por no tener un carnet de conducir, por no haber organizado mejor mi escape, por no haber dejado antes el trabajo, aunque no tuviera paro…  Hacía mucho calor, pero di gracias que aún era primavera. Sobre todo, durante el camino a la gasolinera; pensaba que nunca más volvería a esa oficina de trabajo. Sudando, con heridas en los pies porque mi calzado no era adecuado para la caminata, con los brazos destrozados por arrastrar la maleta, con un núcleo negro en el alma de rencor hacia mí misma por haberme dejado caer en esa circunstancia, con rabia pensando en lo que me iba a costar un taxi hasta una estación de cercanías, pero dando gracias porque había llegado; pisé el asfalto de la gasolinera.

Texto: Luisa Varela Tychsen

Photo by Jakson Martins on Pexels.com

Linda Luisa Varela Tychsen es una española de madre danesa nacida en Chicago; que ha vivido también en el Reino Unido y los Países Bajos (donde actualmente reside con dos perros).  Su primer libro Spanish angst es una comedia sobre el panorama laboral en España, y el segundo The torchbearer’s exorcism trata la superación de relaciones nocivas.

Hace 10 meses dejé Amsterdam, una ciudad multicultural donde pasa de todo, en especial eventos culturales y en casi todos los idiomas. Nieuwegein, donde ahora vivo, es una ciudad pequeña, hay de todo y domina el neerlandés. Por eso fue una agradable sorpresa encontrar a Luisa Varela que además de escribir en inglés también lo hace en castellano. Espero que les guste La cuneta.

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