Los sentidos
De pequeño, lo que más recordaba Juanito era la firmeza de la mano de la tata Asunción. Era una mano callosa, llena de asperezas e imperfecciones, pero impregnada a su vez de una fortaleza que lo hacía sentir protegido de todos los peligros que le acechaban.
El nacimiento de Juanito fue tan inesperado como milagroso. Su madre, Mercedes, ya pasaba de la cuarentena y su padre, Juan, era siete años mayor que su madre. Dentro de esa pareja, ya no anhelaban que unas risas infantiles poblaran las dependencias de la casa, pero un buen día Doña Mercedes le confesó con voz trémula a su esposo que creía que estaba embarazada.
Don Juan, tras tamaña noticia, no escatimó a partir de ese momento en gastos médicos y en caprichos para su esposa. Era su futuro heredero, el que, si nada se torcía, dirigiría algún día las empresas de su padre, llevando el apellido de la familia, Márquez, a lo más alto.
Habían pasado apenas unas pocas semanas de ese anuncio cuando Doña Mercedes se levantó un día con una extraña tos y descubrió que unas manchas rosáceas se extendían a lo largo de su pecho. Alarmada, llamó a su médico y el diagnóstico de rubéola cayó como una losa sobre los atemorizados padres.
Doña Mercedes pasó varios días entre la vida y la muerte, con unas fiebres altísimas. La tata Asunción se encomendó a San Antonio de Padua, santo protector de los embarazos, del que era muy devota. Nunca se supo a ciencia cierta si fueron dichas plegarias las que surtieron efecto, pero Doña Mercedes empezó a mejorar al cuarto día, aunque, muy debilitada, se pasó el resto del embarazo en la cama.
Juanito llegó al mundo un cinco de mayo. Era un niño rubio, sonrosado, tan guapo que parecía un ángel. Aparentemente, todo había salido bien y los emocionados padres hicieron una gran fiesta de bautizo para presentarlo a sus amigos y familiares.
Fue al cabo de muy poco tiempo cuando la tata Asunción se dio cuenta de que algo no andaba bien. El niño solo giraba la cabeza si la oía, pero no reaccionaba como se esperaba cuando se acercaba en silencio. Finalmente, y después de llevarlo a varios especialistas, les comunicaron que Juanito tenía menos de un diez por ciento de visión, lo que le permitiría discernir únicamente algunos destellos en forma de grises.
Don Juan no quiso aceptar la realidad y se encerró cada vez más en su trabajo, mientras que Doña Mercedes y la tata Asunción sobreprotegían a Juanito.
El niño empezaba, no obstante, a desarrollar sus otros sentidos. Descubrió que la tata olía a lejía, pero a veces le llegaba un penetrante aroma a moho. Juanito sabía entonces que había pasado el fin de semana en su pueblo, probablemente trabajando en la huerta, como cuando él salía al jardín, se apoyaba entre los árboles y jugaba a coger la tierra entre las manos, con mucho cuidado de no caerse. Cuando la tata venía de su casa, su aliento presentaba, además, un fuerte olor a ajo y Juanito intentaba, en las dos primeras horas, no acercarse a ella en demasía. Salvo que tuviera que bajar unas escaleras y necesitara agarrarse a esa recia mano que tanta seguridad le daba.
Su madre, Mercedes, por lo general, desprendía una fragancia similar a las rosas con las que un día se pinchó involuntariamente. Sin embargo, alguna que otra vez, cuando Juanito apoyaba la cabeza contra el torso de su madre, percibía un cierto tufillo similar al acre y extendía sus dedos para notar que se deslizaban unas pequeñas gotas entre el hueco de sus pechos. En esos momentos, su madre decía:
—Anda, chiquitín, échate a un ladito, que nos estamos asfixiando de calor.
A su padre también lo tenía localizado: cuando llegaba don Juan, la estancia se quedaba impregnada de su olor a tabaco. Pero lo que más le intimidaba a Juanito era la voz grave y seca de su padre; siempre parecía que hablaba dando órdenes. En cambio, su madre tenía una voz dulce y cristalina que resultaba como un bálsamo a las orejas de Juanito cuando sus padres discutían.
—Estáis malcriando al niño con tanta pamplina —bramaba Don Juan.
—Juan, el niño tiene un problema y tenemos que protegerlo —le respondía con voz resuelta su esposa.
Juanito no entendía en qué consistía el problema exactamente. En alguna ocasión se cayó en alguno de los escalones, pero aprendió a agarrarse e ir palpando los bordes con las manos cuando no estaban los adultos delante.
Había oído que era ciego, pero no sabía en qué podía impactarle, ya que él era feliz la mayor parte del tiempo. Distinguía perfectamente las estancias de la casa a través de cómo olían y por la sensación de frío o calor que le transmitían, aunque su lugar favorito era el jardín. Nada igualaba a estar tumbado sobre la hierba cuando empezaba el buen tiempo y notar la fuerza del sol sobre sus pantorrillas. Pero también disfrutaba del aroma de la lluvia justo antes de que hubiera tormenta y de la mansedumbre del sonido de los copos de nieve cayendo sobre los árboles.
Ese estado de dicha se complementaba con los abrazos cálidos y los besos de los labios de su madre y los achuchones de la tata. No necesitaba nada más, o eso pensaba, cuando, al cumplir los seis años, su padre lo llamó con voz firme.
—Juanito, como sabes, aquí no podemos atenderte como deberíamos, ya que tu ceguera te hace limitado para este mundo.
—Papá, no entiendo —Juanito era un niño y su padre hablaba endiabladamente engolado.
—Te hemos buscado una escuela adaptada —explicó su padre—. Te enseñarán a leer a través del tacto y adquirirás herramientas para poder defenderte cuando nosotros no estemos.
A Juanito se le escapó una lágrima, pero su padre fue inflexible. Partiría en el siguiente curso escolar y estaría hasta completar el bachillerato.
Pasaron así varios años y, cuando Juanito regresó del internado, era ya un hombretón espigado, con una incipiente barba trigueña. Descubrió que los olores de su familia perduraban, aunque estaban tamizados por los efectos de la vejez.
Se asustó al verificar que el aliento de la tata, ya muy mayor, denotaba un grave problema estomacal. Su madre, en cambio, aún conservaba algunas notas agradables de frescura, mientras que su padre desprendía un olor rancio, como falto de oxígeno.
No quiso preocuparlos. No de momento. Y, dejando con calma su bastón en el suelo, se acercó a ellos y los abrazó para sentir que había vuelto a casa.
Foto: Ana Isabel Blanco Freire
Ana Isabel Blanco Freire
Nació en Vigo pero lleva casi media vida en Madrid, por lo que se define como «madrileira». Ingeniera de Telecomunicaciones, ejerce como funcionaria del Cuerpo Superior de
Tecnologías de la Administración General del estado. Lectora y escritora autodidacta desde edades
tempranas, ha realizado cursos de escritura creativa y participado esporádicamente en concursos de
cuentos y relatos cortos. También es aficionada al teatro, donde ha colaborado en la edición de guiones
para la representación de obras cortas.
- Pilar Pérez
Conocí a Ana en la universidad y, más adelante, tuve el placer de compartir con ella una etapa profesional
en el mundo de la telefonía móvil. Ya entonces destacaba por su talento como ingeniera y por su sólida
vocación científica, cualidades que siempre he admirado en ella.
Sin embargo, a medida que nuestra relación profesional fue dando paso a la amistad, tuve la oportunidad
de descubrir otras facetas de Ana que me sorprendieron y enriquecieron aún más la imagen que tenía de
ella: su sensibilidad hacia las letras, su talento como escritora y su pasión por el arte escénico como actriz.
Ana es, sin duda, una persona que combina de manera extraordinaria el rigor científico con la creatividad
artística, demostrando que la curiosidad, el talento y la sensibilidad no conocen fronteras entre disciplinas.