Por Karina Miñano
Lo primero que notó cuando entró al edificio fue la enorme lámpara que colgaba del techo. Era azul con cabeza de hongo, ocupaba el centro de la recepción; la habían colocado tan baja que no se podía ver con claridad el fondo del lugar. Lo único que se veía era el piso justo debajo de la bombilla, alumbrado con tanta potencia que parecía desaparecer en la brillantez de la luz.
No vio a nadie. No había gente que entraba o salía como por lo general pasa en ese tipo de edificios. Tampoco había sillas, ni mesas, ni siquiera una alfombra que indicara el camino. La lámpara ocupaba todo el ambiente y por su tremendo tamaño oscurecía el otro lado del salón. Afuera, un sol intenso calentaba la cabeza de los peatones en la calle. Él se quedó parado en la puerta, con los ojos anclados en el gigantesco armatoste que se tambaleaba de izquierda a derecha, en movimientos lentos y chirriantes. Su gorra parecía que iba a caer en cualquier momento de tan levantada que tenía la cabeza. Debido a la oscuridad del resto de la recepción no se dio cuenta de la mujer que caminaba a su encuentro. Por su mente pasó la idea de que esa luz estaba allí a propósito, para cubrirlo y al mismo tiempo destacarlo del resto, “¿mas, qué resto?”, se preguntó en silencio, si no había nadie excepto él. Pensaba en ello cuando también se le ocurrió que esa cabeza de hongo le caería encima al siguiente paso. Con seguridad era una broma de mal gusto del decorador. La lámpara no le parecía bonita, más bien ridícula, grande y fea.
Aterrado con la posibilidad de que en un instante se derrumbará sobre él dio un paso cauteloso sin dejar de mirar hacia arriba. Su gorra azul se aferraba ya a una hebra de su cabello, esa sí se caería de un momento a otro. Debía seguir derecho hasta llegar a la recepcionista y anunciar su llegada, pero primero debía pasar por debajo de esa lámpara que lo intimidaba sin compasión. La correa de su maletín se resbaló de su hombro al brazo y antes de que continuara al piso, de un movimiento mecánico la atrapó casi en el aire sin bajar la mirada. La luz se hacía a cada paso más clara y brillante conforme arribaba al centro del lugar. Los pasos de la mujer que se le acercaba se hicieron por fin sonoros; entonces bajó los ojos por apenas un par de segundos, los suficientes para confirmar que no estaba solo, y con la misma rapidez los volvió a subir para no perder la lámpara de vista. Cuando por fin estuvo a poca distancia de esa mujer, no fue capaz de reconocer sus facciones, la luz todavía tintineaba en su mirada, no podía enfocar. Tardó unos segundos más antes de que viera con nitidez el rostro de la mujer, pálido, incoloro, transparente con los labios tan rojos como la sangre y el cabello cobre naranja sujetado por un moño. Ella tenía una sonrisa casi perfecta que enmarcaba el esplendor de sus dientes. Le dio la bienvenida a su primer día de trabajo. Y juntos caminaron debajo de la lámpara azul que de derecha a izquierda chirriaba con suavidad.
©2022 texto: Karina Miñano
Foto: Syed Hussaini