Parce que moi je rêve, moi je ne le suis pas.
Me recuerdo como el hermano de Léolo y como Léolo a la vez. Porque sueño, yo no lo estoy. Así me convertía en Léolo. Soñaba. Escapaba de la realidad que me agobiaba con la cara metida en un libro, con los dedos haciendo sombras chinescas, sintiendo el sol en mi rostro como si fuera un foco de teatro.
Volaba sobre ciudades de fruta y flor, respiraba debajo del agua, hablaba en el lenguaje secreto de las estrellas de mar, hacía triple saltos mortales y caía con pies de lagarto, escalaba montañas de algodón de azúcar-miel. Nunca viajaba sola, siempre llevaba a mi perro y a mi oveja conmigo. Con los que además compartía el sueño nocturno. De esta manera me distanciaba de las locuras de mi casa. Esta niña está en la inopia. ¿Qué haces, chiflada? frases que sonaban de fondo y que fingía no oír. Eso alentaba más a mi familia a continuar con las coces verbales. Esta niña no se entera de nada. Se va a quedar pallá. En algún momento tendría que escapar de todo eso. Me puse a construir músculos y apariencias como Fernand. Me apalearon. Seguí entrenando y ensayando caras coraza en el espejo. Me apalearon de nuevo. Continué. Léolo me rescataba llevándome en pijama sobre la almohada para visitar una noche verde volcán con dunas aladas. Me dieron más dentro. Ahora en la imaginación ganaba todas las batallas que en el mundo real perdía. Cuando despertaba la cama estaba mojada. Léolo me convencía de que la balsa de los sueños se había desbordado. Fernand empezó a llorar a escondidas de todos. Menos de Léolo. Fernand siguió entrenando. Ahora era un verdadero megalito con patas. Léolo estaba muy orgulloso de mí. Me animó a salir al mundo real pues me veía preparada. Poco impresionó mi apariencia externa a mis opresores. Tan grandota y tan idiota. A cada carcajada ajena un crujido en la piedra, una grieta. Gotas de desprecios. Erosión acelerada. Coz. Codazo. Caricia. Beso. Paliza. Manoseo. Violación. Ya no sueño. Ya no sueño. Ya no sueño.
Nota: Léolo fue la última película del director Jean-Claude Lauzon.
Texto: © Patricia Cardona Roca