Me llamo Rocío, soy periodista recién graduada. Conseguí mi primer trabajo en una empresa de comunicación hace ya un año. Estoy en el departamento que genera contenido para la Intranet. El verbo generar es un engrandecimiento de lo que en realidad hago que es, más que nada, pegar las noticias que me manda mi jefa, María del Carmen. Las noticias son sobre todo los onboarding de nuevos compañeros. De los offboarding no se habla, queda feo, a no ser que el que se vaya sea un CxO y no queda más remedio que desearle una felicidad infinita más allá de la que retratan los anuncios del coche de moda.
Cada uno de mis compañeros de trabajo procesa el edulcoramiento impuesto en nuestra Intranet a su manera. Roberto acaba de empezar y está súper ilusionado, como yo el primer mes. Raquel es la más eficiente de todas, termina su jornada dos horas antes que todos los demás. Me pregunto cuál es su secreto porque no comete errores, yo creo que en el fondo detesta su trabajo y se lo quita de encima lo antes posible. Rebeca es la alegría de la huerta no sé qué sería de nosotros sin ella. Y Rubén, el Santo Job de la oficina, lleva casi veinte años, echa horas y lo lleva con una resignación… ¿o debería decir aceptación?, casi de admirar.
Al principio me hizo mucha gracia que todos tuviéramos un nombre que empezara por R y que además ¡fuéramos todos sagitario! Parecía una señal. Se lo contaba a todos mis amigos con mucha ilusión. Me fui dando cuenta de que cada equipo estaba formado por personas cuyo nombre comenzaba con la misma inicial. ¡Mira qué cachondos los de recursos humanos! Está claro que hay tantas solicitudes que Lucía y Luís se pueden permitir estos juegos y su jefe José María parece estar de acuerdo con la broma. Seguro que se desternillan en su oficinita.
Hablo mucho con Julián, el que hace el mantenimiento de la Web junto con Jacinta y Julieta.
Cuando voy a recoger material de oficina me atiende Muriel o Mauro. En la cafetería Carlos o Catalina. Y así suma y sigue. Todos los jefes tienen nombres compuestos. Por las mañanas, cuando entro en la oficina me siento como si me metiese en un videojuego.
Un día estaba en el aseo con Rebeca y le dije que quería solicitar el puesto de jefa de equipo cuando María del Carmen se retirase en dos años. Se encogió, me hizo bajar la volumen con una señal y me dijo en voz queda que nadie con nombre simple puede ascender a jefe. Una idea ridícula ¿no? Pero sí ahí estaba frente a mí. También me dijo que José María se tuvo que cambiar de nombre para acceder a ser jefe de recursos humanos: «toda la empresa lo admiró, casi todos lo apoyamos, pensábamos que iba a crear un cambio para todos. Al principio hablaba con todos nosotros y sentíamos una esperanza que… ahora me hace sentir como una idiota, a mí y a todos». Esa fue la única vez que vi a Rebeca seria.
—¿Por qué no se va la gente de esta empresa? —le pregunté. Me contestó moviendo la cabeza de lado a lado. Se colocó la sonrisa sobre sus tristes labios y salió del aseo a hacer la vida laboral de los demás más llevadera.
Cuando llegué a mi puesto de trabajo observé a mis compañeros, yo no quería acabar como ninguno de ellos. Un correo de mi jefa me sacó de mis pensamientos y vi una oportunidad.
«Os presentamos a Quentin Rogelio nuestro nuevo director de ventas. Como ya sabéis nos ha costado varios meses encontrar al candidato perfecto y Quentin Rogelio no solo cumple, sino que excede todos los requisitos.
Quentin Rogelio es un apasionado del sector de las comunicaciones, convencido de que el lenguaje NLP es el complemento perfecto a la visión estratégica de negocio, máxime en una industria en constante evolución. Lleva más de 20 años en el sector desarrollando productos, ejecutando proyectos y liderando equipos multidisciplinares. Más de 60 empresas avalan su trayectoria como consultor independiente.
Quentin Rogelio está casado con Angélica Mónica y tienen tres hijos. Los fines de semana les encanta ir al campo y pasar tiempo en la naturaleza con amigos íntimos. Entre el tiempo que le deja el trabajo y la familia va al gimnasio, fuma crack y apuesta en peleas de gallos. Le encanta la sangre.»
Mi ordenador se apaga a los cinco minutos de darle a publicar. Mucho ha tardado. Seguro que es Sebastián el de sistemas. Guillermo, el más joven de los guardas de seguridad aparece en la puerta. Yo ya tengo bolso listo y el abrigo en la mano. Por fin. Libertad.
© Patricia Cardona
Foto: Noëlle Mauri
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