Han pasado más de dieciséis años y aún tengo la marca del tubo de escape de su Derbi Variant plateada en la pierna derecha. Bajábamos las cuestas de nuestro pueblo de playa a toda velocidad, sin casco, con un miedo adictivo, gritando, molestando a los vecinos. Libres. «Juanmi me la ha trucado y coge 80km/h» me decía con orgullo. Yo me agarraba con fuerza para apretujarme contra él y oler su colonia hasta que hacerme la valiente me parecía más sexy, entonces, me soltaba, me ponía de pie sobre los estribos y gritaba aún más alto.
En cuanto llegábamos al paseo marítimo David frenaba lo más en seco que lo permitían los frenos de serie. Nos comíamos las bocas con una torpeza enternecedora. No dejaba que me tocase los pechos por mucho que insistiese. Luego me despelotaba por completo y corría hacia el mar. Me encantaba provocarle. Él se dejaba los calzoncillos puestos. Yo temía más el tener que dar la explicación a mi padre de porqué tenía la ropa interior mojada, que de mostrarme en bolas a las dos de la mañana a cualquiera que se asomase a los balcones. David corría detrás de mí. Jamás dejaba que me tocase en el agua. «Mirar y no tocar» le decía con una sonrisa que era más una invitación que una prohibición.
Una noche empapados de agua salada y de cerveza barata dejé que me tocase las tetas. El movimiento era descoordinado. Yo no sabía lo que sentía. Más extrañeza que otra cosa. Bajó su boca hasta colocarla en uno de mis pezones. Me chupó. Me quedé estupefacta. No sabía que los chicos chuparan pezones una vez pasado el año de vida. Yo no disfrutaba y tampoco me parecía que él lo hiciera. «Le preguntaré a Pili» pensé, ella se lee la Nuevo Vale y ha besado a dos chicos más que yo.
En aquel entonces llevábamos listas con nombres e índices de picardía: una raya, besos en la boca; dos rayas lo anterior más besos en el cuello; tres lo anterior más me ha tocado el culo, cuatro las tetas; cinco “ahí delante”. Esa era toda nuestra imaginación combinada con nuestros límites.
Juanmi I
Jorge II
David IIIII
Luego añadimos asteriscos para denotar lo que nosotras hacíamos. Usando el mismo criterio, cambiando tetas por pito. Fíjate tú.
David tocaba el bajo en un grupo que imitaba a The Cure. Me sentía afortunada de poder pasar ratos con él. Era el más guapo del grupo. Salíamos una semana sí, otra no, luego dos sí, un mes no, dos meses sí, otro no…y así fueron pasando los años y los índices de picardía enriqueciéndose hasta ese punto en el que es más obsceno contarlo que disfrutarlo.
Ayer volví a hacer mi lista. Dividí a mis amantes en tres categorías: Insulso, OK y vale su peso en oro (por supuesto no conté a ninguno con el que no me hubiera acostado). David, durante el trascurso de los años, pasó de insulso a valer su peso en rodio. El oro se quedaba corto. Ese salto lo dio una primavera, como no. Teníamos ya treinta años, llevábamos casi dos sin vernos porque después de contraer matrimonio con Juanmi me había propuesto serle fiel. Yo había oído rumores de que David trabajaba muchas horas extras. «Seguro que su matrimonio no funciona» pensé. Tenía que verlo. Fui a su consulta dermatológica para que me revisase el lunar de la espalda. Ese que tan bien conocía. Me dijo que estaba tan bello como siempre. Que lo único que tenía que hacer era cubrírmelo para no provocar accidentes ni desmayos. Me lo besó. Un torrente de deseo desbocado me recorrió desde el bajo vientre hasta la nuca. Salí apresurada no sin antes darle un beso en la mejilla. Al salir me dijo: «me estoy divorciando». Apreté el paso. Me arrepentí y me senté en la terraza de un bar frente a la consulta. Al cabo de media hora apareció frente a mí. Nos miramos a los ojos. Sentí como si toda la plaza pudiera escuchar mi corazón retumbar. Lo sentía en mis pechos, estómago, vulva. Dejé un billete de cinco euros sobre la mesa para un café que no me pude beber. Sin mediar palabra regresamos a la consulta. Conocía esa camilla como si la hubiera parido. Hicimos el amor como nunca. Nos amamos de verdad. No fue solo follar como bestias. Hundimos nuestras miradas, enredamos nuestras almas, tejimos un nuevo código de saliva, labios, tacto, vello y escalofríos del coxis a la garganta. Sentada a horcajadas lo inmovilicé poniendo mis rodillas sobre sus antebrazos, clavé mis pupilas en las suyas, lo humedecí, y antes de deslizarme sobre él, al mero roce de su cumbre me corrí del puro deseo. Lo amaba. Durante las contracciones engullí su masculinidad con tanta lentitud que las corrientes eléctricas nos torturaban. Las sacudidas eran incontrolables. Estaba duro como un mástil. Tomó el control y se condujo por caminos que nadie había recorrido en mi cuerpo. Todas mis primeras veces fueron siempre con él. Agotados y felices nos miramos. Juntamos nuestros labios en el infinito. Me puse su bata de doctor y le traje un vaso de agua. «Mi matrimonio no funciona» me dijo. La explosión de carcajadas casi nos tira de la camilla. «El mío funcionaba hasta hace tres horas» le dije yo. Ahí fue cuando nos tuvimos que sujetar a la lámpara con lupa para no empotrarnos contra el suelo. Después de ese encuentro decidimos tomarnos un tiempo para arreglar las cosas en nuestros respectivos hogares.
En todo esto estaba pensando yo mientras el cura decía: «siempre recordaremos a David tocando el bajo en las fiestas del pueblo» a lo que yo añadí de manera inaudible «torpemente» y sonreí para mis adentros. Entre mis brazos dormía nuestro primer y único hijo. Un látigo de dolor se apoderó de mi garganta. «No sé ni cómo ni cuándo contarle que mi marido no es su padre». Unas lágrimas de mar, cerveza y velocidad patinaron entre mis cuerdas vocales.
© texto y foto : Patricia Cardona Roca