Mi Vagina

Por Patricia Cardona Roca

Mi vagina se ha relajado. Ya no va por ahí ni husmeando ni mandando. Por un lado me alivia y por otro siento que no sé qué hacer con mi día a día. Ella siempre sabía, ella me dictaba cuándo y cuánto depilarme, qué camisa ponerme, qué pantalones y hasta qué calcetines. No menciono la ropa interior porque es obvio que era su territorio. Jamás tomaba yo la decisión, bueno, excepto cuando estaba enferma, me quedaba en casa y nadie venía a visitarme. Pero si por ella hubiera sido, ni esas. Menuda lucha. Decretaba a quién acercarme y a quién no y por supuesto en qué momentos. 

La batalla comenzó con mi más tierna menstruación. Llegó sin avisar. A pesar de que oyera cientos de veces en boca de familiares y vecinos eso de “ya es casi una mujercita” y sintiera una revulsión incontrolable no me lo creía, no me lo quería creer, yo era una niña. ¡Qué les importaba a ellos que me creciera el pecho o el vello bajo las axilas y en la vulva! Pero con los años me di cuenta de que sí les importaba. La menstruación de una niña cambia a toda la familia. Les recuerda lo que podrían haber hecho y no hicieron, lo que hicieron y se arrepintieron, sus primeros amores, sus primeros besos, sus primeras caricias. Proyectan prejuicios y expectativas de lo que es ser una mujer, una señorita. Secretamente vuelcan sus esperanzas para que tú vivas lo que ellos no se atrevieron a vivir. Te conviertes en un vientre procreador de nietos, primos, sobrinos. A la vez te recuerdan que no hagas tonterías, que te portes bien y tú sabes que hablan de que no te quedes embarazada del primero de turno. Y te lo sueltan así cuando nunca has tenido una educación sexual sana. Te entran ganas de huir lejos de todos los que quieren decidir sobre tu vida, tu vagina, tu vientre. Yo contaba los días hasta mi independencia. 

Las hemorragias mensuales se instalaron en mi vida sin pedir permiso. El periodo me dominaba, me cambiaba los planes, era caprichoso y a veces muy doloroso. Costó mucho llegar a un entendimiento con él. Fueron años de negociaciones. Se serenó con la píldora anticonceptiva pero en cuanto la abandoné se desquitó. Años de hinchazones, contracciones, de manchas en la ropa y vergüenza.  Años de alianzas con otras mujeres. Conocidas y extrañas nos prestamos ayuda, tampones, compresas e incluso un paquete de pañuelos si nos vemos tristes. Nos hermanamos. No conozco a ninguna mujer que fuera capaz de negar un tampón o una compresa tan siquiera a su peor enemiga, ni a la asesina de sus padres, ¡mira qué te digo! Sangrar sin protección es como evacuarse encima. Es un tormento, una sensación de impotencia espantosa. Yo no veía el día en que esto acabase. No comprendía todo lo bueno que me brindaba la fertilidad. Hasta que empezó a despedirse lentamente y ansié que no me abandonaran la lubricación suplementaria en los días de la ovulación, el aumento de mis pechos y hacer el amor hasta el agotamiento. 

Hemos pasado muchos años juntas y a la hora del alejamiento ya están esperando esos mismos familiares (los que quedan vivos, claro), farmacéuticas, influencers, conferenciantes motivacionales, charlatanes, youtubers, vendedores de incienso, de dietas, de aceites, de hierbas, entrenadores personales, líderes espirituales y hasta jardineros, mira tú, para bombardearte y decirte qué hacer y cómo en la siguiente fase de tu vida. Ay mira. Que me dejen en paz en este momento tan íntimo, de introspección, tan personal y ya me compraré helado de chocolate cuando yo quiera. 



© Patricia Cardona Roca

Foto: Nöele Mauri

IG https://www.instagram.com/noellemauri/


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