Me levanto antes de que suene el despertador. Siempre lo apago antes de que suene. No sé por qué sigo poniéndolo. Me ducho. Me tomo un café bien cargado a sorbos pequeños. Despacio. Disfruto más de mi café cuando mi marido se queda en la cama. Ayer se tomó dos copas de vino para cenar, con eso tengo asegurado el silencio matinal. Me lavo los dientes. Me doy un enjuague bucal de eucalipto. Me hago un moño bajo y me suelto dos mechones a los lados.
Antes de ponerme el pintalabios beso a mi marido. En la frente. Me pregunta si quiero que me acompañe y le digo que no, que prefiero ir sola. Me pongo los tacones más altos que tengo. Una falda negra, larga, con mucho vuelo, sobria. Una camisa negra con volantes. Una gabardina negra. Salgo sin hacer ruido.
Llego al notario. Mi hermana y mi cuñado están ya presentes. También vestidos de negro. El notario va de gris con una corbata verde horrible. Tras firmar los documentos e interrumpir el silencio con amabilidad protocolaria mi hermana y mi cuñado salen por la puerta de la notaría. Entro de nuevo en el despacho del notario. Se mete bajo mi falda. Me agarro con fuerza a la mesa para no caerme de placer. Se acerca a mi boca, lo rechazo con una sonrisa y mis dedos en sus labios que engulle hambriento. Me despido. Me pregunta si quiero que me acompañe y le digo que en estos momentos prefiero estar sola.
Mario atiende a nuestra cita puntual, a la una y media en la Plaza Mayor. Mario me inyecta una frescura que no puedo encontrar en ningún otro lugar. Su juventud es contagiosa. Su falta de miedo también. Ascendemos a su Peugeot Cabriolet amarillo de 1959. Me quito los zapatos, dejo que el aire me despeine, saco los pies por la ventana. Él sabe de mi marido, del notario pero sobre todo sabe de mí. De cómo lanzarme por los aires para hacerme reír.
(© 2020 Patricia Cardona Roca)