Por Karina Miñano
Te lo voy a contar con la condición de que no me interrumpas hasta que termine. No, no me mires así. Es importante que me escuches, sin juzgarme y sobre todo con el alma abierta. Te contaré lo que pasó aquel día si prometes estar callado.
Gracias.
Primero debo empezar diciendo que si no te he dicho nada antes es por miedo a que me llames loco. Sí, ya sé que eres mi amigo, mi mejor amigo. Y aún así, hay cosas que entre los amigos no se cuentan.
Lo segundo, es que aquello fue real. No fue un sueño, ni un juego malvado de mi imaginación. ¿Por qué ahora? Me preguntarás más tarde y prefiero responderte por anticipado. Lo hago porque veo que el miedo inunda nuestros hogares. Me siento en la obligación de contar mi historia. Además, tu insistencia de tantos años me ha ayudado a tomar esta decisión. No es justo que se infunda temor y que mucha gente muera por miedo, al miedo. Es perverso, es inhumano. Esta pandemia nos está enseñando infinidad de cosas y entre ellas lo fácil que es mentir e instaurar una sociedad envuelta en pánico y terror.
Cuando termine de relatar esta historia piensa lo que quieras, mas no me lo digas. Es lo último que te pido. Tengo sesenta y siete años. No estoy loco, ni senil, ni tampoco sufro de alguna enfermedad física ni mental, gracias a la providencia. El día en que pasó aquello yo acababa de cumplir los veinte años, ¿recuerdas? Lo celebramos metiéndonos de cabeza en el lago congelado. ¡Éramos tan jóvenes y audaces! No nos preocupábamos por nada. Lo nuestro era solo diversión. Lo que sucedió después hizo que pusiera en una balanza mis valores, y me esforcé bastante por aprender a conocer a la gente. A pesar de mi juventud, envejecí rápido.
Todo sigue tan claro en mi memoria, como si hubiera pasado ayer. Se lo conté a mi mujer una noche, y ella es la única que lo sabe. Y ahora tú. Esto es lo que pasó:
Llegamos a los Alpes suizos a esquiar, al cantón del Valais. Hicimos el viaje en auto, todos juntos, Alberto, que en paz descanse, Mario, su mujer, su novia en aquel tiempo, Juan, tú y yo. Vamos hombre, no pongas esa cara. Mi memoria siempre fue más lúcida que la tuya. Bueno, sigo. El primer día llegué a la parte más alta de la montaña cuando ustedes ya habían bajado esquiando. Al descender lo hice con bastante rapidez sin darme cuenta de que la mujer que estaba frente a mí había perdido velocidad. No podía detenerme. Me estrellé contra ella. Caímos, rodamos unos metros desviándonos de la ruta. La escuché gritar en mi oído, creí que me volvía sordo. Fue todo tan veloz y, por esas cosas de la vida, no nos partimos el cuello. Me levanté con miedo de tener una pierna o un brazo roto. Un frío raro caló en mis huesos a pesar de que estaba bien abrigado, y no noté el profundo corte en mi dedo gordo de la mano, colgaba. Me percaté de ello cuando regresé a la cabaña. Los busqué, pero no estaban por ningún lado. Me fijé en mi ropa, la tenía toda manchada de sangre congelada. Corrí a la posta médica y la enfermera del lugar manipuló mi dedo de tal forma que mi pulgar se desprendió de la mano. Ella dio un grito y el doctor le dijo que debía intervenir de prisa. No pude reaccionar, y, de pronto, ya estaba sobre la mesa de operaciones. El médico me dijo que debía ser fuerte ya que sentiría un dolor intenso. La verdad es que no sentí nada. El frío había entumecido mi cuerpo, no era capaz de percibir dolor físico. De golpe, algo subió a través de mi mano y llegó al corazón. Fue una sensación de corriente eléctrica. Y lo que recuerdo después, es que estaba arriba de mi cuerpo mirando la operación.
Ya te he pedido que no me mires así. Este vino está bueno, mejor que el del año pasado. ¿Puedo continuar?, gracias.
¿En dónde estaba?, ah sí. Vi cada costura que le hicieron a mi dedo para pegarlo a mi mano. La mujer era una profesional con muy poca experiencia y estoy seguro de que era la primera vez que asistía en una operación. Observé sus ojos enormes, llorosos, estaba asustada. Me acerqué a ella y la escuché murmurar “lo he matado”. No comprendía bien qué pasaba, por qué podía escucharlos y por qué me veía tirado sobre una camilla. Una sensación extraña llenó mi alma, y me senté sobre algo al lado de una persona y desde allí mirábamos mi operación. No supe por cuánto tiempo. El reloj de la sala estaba borroso. Se suponía que esa cirugía era algo simple. Sin embargo, el galeno y la enfermera estaban preocupados. Desde allá arriba observaba mi cuerpo prácticamente inerte y a mi brazo colgar. Luego oí una voz que hablaba dentro de mi cabeza, era esa persona a mi lado, sin rostro. Me dijo que debíamos irnos. No supe adónde. Lo que recuerdo con más claridad es que no podía volverme hacia atrás. Un parpadeo y estaba en un campo verde. Esa persona seguía a mi lado y no podía verla. Había un árbol muy alto. A su alrededor, hermosas flores silvestres de formas únicas. Eran tan bellas, de colores ajenos a este mundo. A la derecha, en frente, la hierba era alta y yo estaba allí parado. Después percibí que estaba solo. La persona que ne acompañaba ya no estaba. Todo era tan pacifico. Entonce se abrió un camino largo frente a mí. Sabía que no debía mirar hacia atrás. Solo, hacia adelante. Una especie de nube blanca me envolvió y en mi mente apareció un video de mi vida. Pude ver mi historia desde mi nacimiento. Algunos recuerdos me hacían sentir bien y otros mal.
En aquella época estaba solo y no podía discutirlo con nadie. Trabajaba duro y quería tener mucho dinero, muchas mujeres, ser admirado, dar fiestas y gastar en los mejores licores y ropa. Explorar el mundo, viajar. Pero estando allí, parado en medio de esa belleza, me hizo pensar que tenía que hacer algo mejor con mi vida. Fue muy pacifico. Fue real, en mi mente, pero real.
Por favor, no me mires así y cierra la boca. No, no estoy loco. Lo sabes mejor que yo.
Nunca supe quién fue esa persona que percibí a mi lado. Hablé con ella en una conversación mental y te juro que no negocié mi vida. Comprendí que estaba muerto. Dentro de mi cabeza algo me decía que debía seguir hacia adelante. De inmediato, vi un brazo sin cuerpo, borroso, de manos fuertes, más grandes que la mías y me alcanzó. “No es tu momento, tienes que hacer muchas cosas todavía” escuché, en eso la mano de ese brazo me jaló. Y volví. Luego, unos días más tarde el doctor dijo que mi cuerpo libró una guerra antes de morir. Le respondí que no quería volver, que donde estaba era muy hermoso. Estuve muerto por veinte minutos.
Durante las semanas que estuve en el hospital viví en una paz infinita. El médico fue muy cuidadoso y siempre venía a comprobar que estuviera bien. Me hablaba con cariño y hasta con pena. Seguro pensó que me estaba volviendo loco. Han pasado tantos años mi amigo, imagínate, ya tengo cuarenta y cinco de casado. Y eso que pasó es algo que he mantenido en privado. Me tomó tiempo procesarlo y después de ello mi vida cambió. No soy perfecto. Tengo que aprender más, y la vida se transforma siempre, me lleva a diferentes direcciones. Y no tengo miedo de morir porque sé que será muy pacifico y muy hermoso. Hay veces en que no puedo esperar más.
©2021 Karina Miñano
Foto: Elia Pellegrini