Le olían las manos a lejía. Cuando anunciaban una parada nueva en el bus se acariciaba el pelo tres veces. «Antes me daba golpes, no sé porqué. Por lo menos ahora me acaricio». Había estado ahorrando cinco años sin comprarse zapatos nuevos y comiendo muchos garbanzos para poder pagarse la dentadura postiza que lleva ahora. «Siempre quise tener los dientes como Carmen Sevilla.
Qué guapa era esa mujer. Qué humilde con todo lo que tenía y llegó a ser. Elegante. Y esa gracia y desparpajo». Sonríe para enseñarme sus dientes nuevos. Se la ve radiante. Me dice que se acaba de comer un pepito de lomo, hacía más de cinco años que no se comía uno. «Es que de verdad, no podía». Se resbaló en las escaleras de su trabajo y se rompió los dos incisivos. «¡Un dolor! No lo sabes tú bien. ¡Y cómo sangra la boca! Lo escandalosa que es la sangre, hija». Me dice que los señores no la tenían asegurada pero que le dieron trescientos euros y que ella estaba muy agradecida. «Tuvieron su poderío pero se mal vinieron y los hijos, ¡hay los hijos!, ¡qué no hace una por sus hijos! Estaban acostumbrados a todo y los señores no se atrevieron a decir que las cosas no iban. La señora se inventó que se había hecho yogui, que había dejado el trabajo porque ella quería ser libre y empezó a vender joyas, bolsos, abrigos de piel… al final no le quedó más remedio que hacerse yogui de verdad». Se le escapa una risotada y pide perdón, me dice que no la malinterprete. «Fue a un centro del barrio, de los que paga el ayuntamiento, y allí iba a yoga gratis. Algo que nadie, nunca, se habría imaginado. Si sentía vergüenza y humillación lo escondía muy bien. Todo por los hijos. Esa casa era cara de mantener, te lo digo, hija, yo que veía las facturas. No, no, fisgaba, es que estaban ahí y las veía, por Dios. El señor pasó de tener una mujer bandera a una yogui en casa. Se le veía desconcertado pero, claro, el dinero es el dinero y las apariencias son importantes». Me pide que la sujete porque el chófer este es un cafre y en la siguiente curva ella siempre se asusta. Cuando pasamos la curva se santigua. Me señala unas flores que hay en un banco. «En ese banco conocí a mi marido, en paz descanse. Le llevo flores allí al lugar donde nos empezamos a enamorar que es mucho más bonito que el nicho». Se gira hacia la ventana para que no la vea llorar, estornuda con falsedad y se suena los mocos. «Tengo un poco de alergia». Nos quedamos en silencio. «El señor un día me sorprendió. Empezó a hablar y a hablar y yo no sabía que pasaba, era como si de repente me viera y supiera que existía. Me dio las gracias por todos los años de servicio. No es por decir pero es que soy, era, muy buena. Me dijo que nadie llevaba las camisas tan bien planchadas como él en el banco. Eso ya lo sabía yo, tengo mucho arte para planchar. Me gusta. Me relaja. Mi madre —que era planchadora profesional— me decía que hay que ir bien planchada siempre. El señor me dijo que yo había contribuido a sus ascensos en el banco. Yo, yo que apenas sé leer o escribir. Me puse a llorar como una tonta. Hizo como que no me veía llorar y se giró a coger algo de un cajón. Era un regalo. Me puse roja como un tomate. Era algo cuadrado envuelto en papel verde. Yo pensé que no sea un libro, por favor que no sea un libro. Era un libro. Era Carmen Sevilla, La Novia de España. Bueno, bueno, bueno. La alegría que me dio. Me puse a llorar otra vez, tenía un día tonto, yo no soy de llorar. Y no sé qué me pasó, hija, mira que yo no soy de abrazar a hombres que no sean familia, pues no sé qué me pasó que le di un abrazo como si fuera mi mismito padre. Mi padre, que en paz descanse, me dijo que yo era una niña muy lista y que iba a llegar lejos. El señor me recordó a él en ese mismito momento. No me atreví a decirle que yo le pedía a la Julia, la hija de la frutera, que me leyera el ¡Hola! Porque yo tardo muchísimo. Pero muchísimo. Es que comprábamos la revista entre varias, es una revista muy cara, y la dejábamos allí. Y Julia con nueve años leía ya casi como una política. Bueno, hija, ya llega mi parada. Muchas gracias por escucharme. Hoy día la gente no tiene educación. Ya queda poca gente como tú, hermosa. ¿Cómo te llamas?» Susan, le dije. «Yo Rosa, encantada, Susan. Pues otro día cuando me veas me dices ¡Rosa, buenos días!». Ayudé a Rosa a bajar del bus. Rompí a llorar. Me pregunto cuándo perdí mi inocencia, si fue una decisión. Rosa ha despertado una parte de mí que tenía olvidada. Y pienso en todas las oportunidades que he desperdiciado
Texto: © Patricia Cardona Roca
Foto: Noëlle Mauri